Pájaros en el alambre

Por François Rajoy

El viento de mayo se mete entre las cortinas cobijando el cuerpo semidesnudo de Lluvia. EL DESEO muerde sus labios, alza el resorte de sus pantaletas. Camina cuidadosamente hormigueando sus sienes. No tiene sueño, los ojos se pegan al suelo, puede notar la esquina de su cuarto, el ruido blanco de las lámparas que tartamudean al iluminar la calle. Los pasos de su vecina al llegar a su cuarto. La puerta del baño abrirse sin prisa. El rastrillo pegando cada cinco segundos al lavabo. La mirada sigue inmóvil / la imaginación escapista. Se traslada hasta al baño de su vecina observando boca arriba como las hojas del gillette rosa arrasan con el bosque púbico 3 veces seguidas. Toca su entrepierna para comparar como se sentiría si ella lo hiciera en la mañana o tal vez el miércoles o mejor aún en un mes que estuviese desocupada. La llave del lavabo arroja una catarata al silencio. El ruido del agua rompe la escena que Lluvia había creado con su insomnio. ¡Click! Las luces se han apagado, los ojos siguen abiertos sin lubricar. Los dedos se retiran húmedos y derrotados buscando refugio debajo de la almohada. Mañana hay que comprar leche, un garrafón de agua, tres latas de atún. Enviar las fotos pendientes a la agencia. Pararse temprano.

Las cuerdas se aprietan al brazo de la guitarra escupiendo gemidos melancólicos. Las cabezas de cientos de personas cierran sus ojos para flotar, se recuestan en el pecho sudoroso de la masa que mira hacia una sola dirección. Es un ejército que corre con la boca abierta. El cabello es una extensión de la música que le da sentido a ese desgarrado sonido; se agita buscando la luz del coro, el corazón del bajo, la pelvis de la guitarra, el momento preciso para alcanzar el cielo. Los envases de cerveza viajan como proyectiles al escenario, los puños cerrados intentan imitar el ritmo de la batería. Serpentea el incienso de los solitarios, viaja de la boca a la nariz y de la nariz a la nuca de la nuca a los ojos de Lluvia.

Afuera el silencio camina al ritmo de un perro flaco que busca basura para cenar; es atropellado por un auto que a toda velocidad cruza la avenida aventando gritos etílicos. El concierto no ha terminado, lo llevan en el auto cruzando botellas de cerveza oscura. Yáñez (al volante), Gil (copiloto), Carmen (puerta izquierda), Tonio (puerta derecha) y Lluvia (en medio) salpican sus caras con opiniones gratuitas.

Un buen solo de guitarra debe ejecutarse con las mínimas notas posibles, hay tienes a David Gilmour en la rola “Comfortably numb”. Argumenta Gil mientras se ve por el retrovisor. La guitarra te lleva a la infancia para destruirla de una vez por todas, ya no hay retorno, el mago de Oz no existe. ¡¿Qué personaje del Mago de Oz serías Yáñez?! Pregunta Carmen gritando desde su asiento. Yo creo que Dorothy, me gustan sus zapatos rojos. ¡Qué puto me saliste! Se carcajea Carmen al escuchar la respuesta. Lluvia tratando de acomodarse se empina la botella. Tonio prendido al celular intenta sacar una foto desde su asiento.

Es sábado, último suspiro de la semana ya que el domingo se usa para comer sopa instantánea y ver pelis en la lap hasta que den las 10 u 11 de la noche. El auto sigue su marcha, llega a una zona de apartamentos en las afueras de la ciudad. Los edificios están distribuidos por letras, se estacionan frente al J. A lo lejos una fiesta sigue su destino, los bajos a ritmo de cumbia pueden distinguirse, el viento entre los tendederos del edificio J advierten la presencia de Lluvia que contempla las miles de luces amarillentas al horizonte. Atrás Tonio guarda una tanga negra en su pantalón que encontró tirada en el suelo. Mientras Gil y Yáñez se recargan en un tanque de gas para besarse y tocarse. Carmen finge estar ebria para que la lleven a casa, aunque en realidad está preocupada porque su mamá la regañará por llegar tarde. Llenan el cuadro poco a poco, agregándose al óleo nocturno que Lluvia ha comenzado, se cogen de las manos, el pulso de cada muñeca se conecta formando una cerca que respira al mismo tiempo. El hombro de Gil recibe el peso de Yáñez, a Carmen se le ha ocurrido una excusa más para llegar al mediodía a su casa, Tonio ríe estúpidamente apretando la mano con fuerza a Lluvia. El aguacero está a punto de caer.   

El olor a humedad roza las nalgas de Carmen cuando se limpia la vulva, el cuerpo está a punto de dar el último jalón de la noche. Sólo un chorrito de vino tinto enjuaga a la botella de Concha y Toro guardada en el refrigerador de Lluvia. Yáñez gira la botella mientras explica las reglas. Tonio registra con el celular al objeto que está a punto de apuntar a Carmen saliendo del baño. Lo siento, tendrás que usar lo que besó el diablo. Sonríe Yáñez mirando a Tonio en complicidad.

Tengo que ir al baño, qué frío hace. Con las manos ocupadas (en una mano una cerveza y en la otra un calcetín) Gil malabarea para ponerse el calcetín en su pene, dirigiéndose casi desnudo al baño, Carmen lo sigue con la mirada y las manos pegadas a su pecho ocultando sus económicos senos. A Lluvia la cubre una bruma de humo, está sobre su sofá como un águila observando el juego, esperando su turno para dar o recibir órdenes. Yáñez advierte la ausencia de ropa interior, los pantalones de mezclilla dan el tirón violento al suelo. Gil lo sorprendió por la espalda, lo recuesta en el sofá observándolo felinamente para después lamerle el cuello. El cabello de Yáñez golpea levemente el dedo meñique de Lluvia, el fuego se esparce por su costado hasta tocar sus brazos extendidos al techo, liberándose de su blusa, dejando al descubierto su sostén negro. El sexo cabalga en las piernas desnudas de Carmen; exponen la tanga que recogió Tonio del suelo, sus pies enfrentan la áspera alfombra infestada por colillas de cigarro, corcholatas de cerveza, envolturas de sabritas, la playera de Yáñez, el sostén de Lluvia, la botella de Ron Don Fa goteando sus últimas carcajadas. Brindan con sudor y carne. Intercambian lengüetazos, caricias encima de sus respectivas prendas pegajosas. El índice y el medio jugando a dibujar círculos, a tocarse los arrugados pezones que coquetean con el celular de Tonio. El grano reventado en la pantalla del celular matiza en abstracto la boca abierta y ojos cerrados de Gil, sus manos enganchadas a la cintura de Yáñez. La tensión de las piernas ancladas a la alfombra. El rostro sudoroso y blanco de Lluvia cuando la nariz de Carmen examina su ingle.

BATERÍA BAJA 3%

Tonio baja el celular, sus retinas se adaptan al ocre de la habitación, el frío de las 4 de la mañana empieza a rozar sus codos. Ya no está protegido por el ojo androide, ya no es un video casero el que está observando. Es el cuerpo sin reflector, sin acrobacia, silicona o gesticulaciones sobreactuadas. La lencería olvidada en el aparador. Las rodillas pelándose. Los chasquidos y gemidos primitivos como signos de admiración. Era Lluvia y su axila rizada, el mazo de Gil perdiéndose en la espalda de Yáñez, el acné de Carmen en su barbilla. La piel lúbrica. El perfume agrio y costero de la cópula. La V con encaje azul que decora el pubis de Lluvia está a punto de ondear a media pantorrilla. Tonio es libre, sus manos desnudas desean tocar y besar las piernas de Lluvia. Mete el dedo gordo a su boca. Acaricia con desesperación sus nalgas. Carmen queda completamente desnuda, un suspiro profundo ataca a su esqueleto, siente que algo va a salir expulsado, un río caliente baja por sus muslos, su cuerpo está sensible a todo, el mínimo roce provocaría un arqueo casi olímpico. Tonio se ha bajado los pantalones. Lluvia ya no aguanta, necesita tener algo adentro para alcanzar el calor que Carmen irradia. Gil continúa amasando el cuerpo derrotado de Yáñez que sólo rebota boca abajo sumisamente. Carmen sentada en la alfombra decide acabar sola. Tonio descarga su peso en la cintura de Lluvia, podía sentir la carne ajena abrirse cuando taladraba urgente, rápido.

Yáñez besaba la frente de Gil, se sentían pegajosos, así que decidieron bañarse antes de irse a casa. Carmen (como siempre) salía sin avisar. La tanga desapareció junto con ella. Tonio se le declaró a Lluvia. Lluvia se metió a su cuarto, se quedó dormida. Tonio esperó pegado a su puerta mordiéndose las uñas. La sensación de nadar es la que tienes cuando te vas a dormir cansado y desvelado. Lluvia despertó minutos después de que Tonio se fuera silenciosamente. El mal del marinero la llevaba a la cocina buscando agua de garrafón. Ya no quedaba nada. Olvidó comprarlo.

La gravedad dislocaba el chongo que había hecho después de bañarse. Despedía un perfume a shampoo de hace 15 minutos. El chorro de espuma podía verse transfigurado en sus muslos anhelando rozar sus rodillas. Sólo se concentraba en frotar-enjuagar, cerrar los ojos, escupir el agua, buscar a ciegas el jabón. Sus manos tocaron un rastrillo. ¿Será el momento adecuado para usarlo? Continuó con su ritual higiénico. Las llaves de la regadera se cerraron.

Cuando salió a la sala su rostro se difuminaba con el sol; la nariz y mentón desaparecieron. La espalda era un friso de lunares, un triángulo que se erizaba al sentir el viento de la tarde. El estómago reducía su tamaño al sentirse libre; sin sostén sin blusa. Se bañaba con el sol, cauterizaba sus heridas de guerra (dos visitas al quirófano, una cicatriz cerca de la costilla derecha y un orificio pegado al pecho del tamaño de una canica). A Tonio no le importaron, tal vez le diga que sí.

Hiroshima estalló:

Dos urracas planean, bailan, se fotografían en picada. Los balones caen-granizos en la cabeza. Compré esta guitarra y sólo sé rasguearla. Llevé a mi abuela a escoger su ataúd, ninguno le gustó, le tiene miedo a la oscuridad. Bebía de la canaleta, acababa de escapar, llevaba un lazo atado al cuello, sus costillas se marcaban al ritmo de su agitada respiración. Caminaba sin un peso en el bolsillo, era de burgueses coger el bus, la besó por última vez, su cabello se deformaba en la ventana. Sintió sus ojos siguiéndolo hasta perderse en las calles grises. Bailaron con la luz apagada, sabía que era la última vez que sentirían sus huesos rozar.

—En la mochila hay mixiotes.

Fue la primera vez que fumó opio. Aventó un grito a la oscuridad, sólo los internos del manicomio entendieron su mensaje. Miles de aguijones intentan bajar por la garganta cuando tocó sus piernas por primera vez.

Lluvia cerró el libro que Gil le regaló en su cumpleaños. Leía pegada a la ventana. Una mole de nubes gordas tizna la tarde. La última lectura, las letras convertidas en polillas pegadas al polvo. El aroma a fabuloso de los domingos. Las quesadillas de a 10 pesos. Las llaves en forma de cruz dieron vuelta. La J se veía ya muy pequeña. Se borraba mientras el taxi conducía a la dulce incertidumbre. Rojo. Amarillo. Verde.

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François Rajoy (Zacatlán, Puebla, 1985). Licenciado en Comunicación. Fundador del grupo Me lees y sufres (escritores independientes). Fotógrafo y videógrafo. Conductor de radio en la estación local Zacatlán F.M. con en el programa dedicado al cine “Corte directo”.

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