Con La muerte de tu lado

Por Genaro Ruiz de Chávez O

Divago en estos días de copal y aire adelgazado. Un amigo me regaló algunos libros, y entre ellos se encontraba uno bastante peculiar: La Muerte de tu lado de Claudia Adeath y Regnar Kristensen. El libro es un registro fotográfico y testimonial en torno a la Santa Muerte, coeditado por Libros de la meseta de Casa Vecina y Mantarraya ediciones en el 2007.

Desde que el fenómeno adquirió notoriedad en los espacios públicos y en los medios de comunicación, digamos el terrible huracán de la opinión pública, el culto a la Santa Muerte me había parecido rodeado por un halo discordante; como si fuera una rama retorcida del culto mariano con la tergiversación ultra-chira de la “Grimm Reaper”, la que cosecha las almas, como su objeto de veneración. Siniestramente abaratada su figura central y siniestros sus adeptos a los que habríamos de adscribir dentro de las generalizaciones más arbitrarias, como la tribu gigantesca de aquellos regidos por la supervivencia básica y la milagrería violenta. En fin, el culto de la Santa Muerte como la expresión religiosa/psi cotizada de un sector aplastado entre lo banal y lo precario, en concordancia con lo que algunos han venido a definir, al igual que los cultos a San Judas Tadeo y Jesús Malverde, “cultos de crisis”.

Al recorrer el libro de Adeath a death y Kristensen, recordé aquel primero de noviembre en que acompañé a mi novia y a varias de sus compañeras de la universidad a la calle Alfarería en Tepito, con el fin de observar las celebraciones por el cumpleaños de la Niña Blanca. Tundido y tupido, el gentío comenzaba a constreñirse un par de cuadras antes de llegar al que es considerado el altar principal del culto. Yo no tenía el gusto de conocer el Barrio Bravo más que de oídas, así que creo que lo hice en una fecha singularmente afortunada por, digámoslo así, pintoresca.

Foto: Thelmadatter
Foto: Thelmadatter

Primero el olor a multitudes, entre las tremendas humaredas de guarumo panteonero y unos peculiares sprayes de alcohol que tienen la mágica habilidad de limpiar el aura. Harta estatuaria de resina, de todos los tamaños imaginables, decorada galanamente con cadenas, listones y festones. Miles de personas se arremolinaban en Alfarería, y en el epicentro de todo ese río heteróclito de cosas y personas, el altar donde descansa la efigie de la Niña Blanca, ricamente envuelta en holanes y encajes finos. Cigarros, flores, alcohol, dinero (en divisa nacional y extranjera), anillos y cadenas de oro, manzanas… las ofrendas sinceras de los que se trenzan a la vida por alta tensión.

Recuerdas las caras devotas o pazguatas o gandulas, y sobre todo, la voz de una mujer peculiar venida a sacerdotisa ahora sabes que le dicen Doña Queta interpelando con tamaños ovarios a los miles que se habían reunido para celebrar la misa cumpleañera de la Niña Blanca. Recuerdas bien las palabras de Doña Queta a través de un altavoz: «Ustedes saben bien por qué están aquí mis niños, no se hagan pendejos. Están aquí por esta» acto seguido sacó de su pantalón un fajo porcino de billetes «están aquí por la mera feria y porque la Niña se los puede dar, pero también se los puede quitar así de fácil».

Me vino a la cabeza la imagen de una diosa que es un ATM; la deidad como un cajero automático, o el cajero automático como representación de lo divino, tómese como se quiera. Sólo basta con tener crédito suficiente para que las plegarias usuales sean respondidas en un vortex de humo y canciones y algo que tal vez podríamos llamar amor: «Que a mi viejo se le quite lo pedo. Que deje a la putita aquella y que regrese con sus hijos. Que no seas gacha, que’l bisne’ salga bueno». Salimos de ahí cuando terminó la misa. No nos quedamos a esperar a que comenzara el sonidero.

Sigo divagando y pienso en una ciudad que no conozco, Calcuta, y en su diosa tutelar, Kali. Qué delicia se oculta al pronunciar ese nombre, que es como tener un metal precioso en la lengua, verbigracia, la plata, como en el caso metafórico del poeta Kalidasa, el tiempo y la sangre formada por un fono-simbolismo hierático y antiguo.

Un buen amigo mío residió en India durante algunos años y me había platicado sobre lo que uno puede ver en el Kalighat, en el templo de la diosa en el corazón de Calcuta. Miles de creyentes pagando tributo a la escultura negra con la lengua de oro. Mi amigo también me platicó sobre el éxtasis de los asistentes al ser bañados con coágulos bovinos, y sobre el espanto que cientos de miles de turistas han experimentado a lo largo de los siglos al contemplar el baño ritual.

Severo Sarduy escribió en un pequeño texto, Las diosas furiosas y detentoras del saber, que los feligreses no van ahí pidiendo cosas como sucede con nuestra Santa Muerte / ATM, sino que los oferentes realizan el sacrificio para apaciguar la furia divina de Kali; para tenerla tranquila y evitar el desastre cósmico. ¿Qué tan cabrona será su furia para que Shiva, después de un pequeño accidente, decidiera ponerle una cabeza de elefante a su hijo Ganesh con tal de librar todo percance con la diosa negra?

O bien, como lo describió Robert Svoboda, una suerte de Carlos Castañeda de las regiones índicas, Kali, Smashan Tara que es la luz divina en los campos de cremación a orillas del Ganges, Hécate triforme, Mictlancíhuatl, o nuestra Niña Blanca, son imágenes antropomórficas de la madre terrible y bondadosa del universo; y tal como lo hacen los aghori sadus cubiertos con las cenizas de los cuerpos incinerados, o los chakitas con sus solventes místicos y sus cadenas doradas, más vale saber que la muerte está de su lado.

Regresas con la memoria a la calle Alfarería y miras una vez más la figura de la Santa Muerte vestida con holanes y encajes finos. Ese halo de incomprensión transmuta en otra cosa, en un misterio, y murmuras una disculpa acaso cínica, pero ciertamente conciliadora. Ahora la Niña Blanca no es tan terrible como te había parecido antes. Tal vez estás enfrente de un poema y hasta ahora lo notas. Tal vez.

Foto: Itzeloka. http://itzeloka.deviantart.com
Foto: Itzeloka. http://itzeloka.deviantart.com

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