¿Qué es Eso?

It by Stephen King, Viking Press, 1986.
It by Stephen King, Viking Press, 1986.

Por Genaro Ruiz de Chávez Oviedo

Leí Eso (It, 1986) de Stephen King cuando tenía trece o catorce años. Ese, por cierto, fue un periodo particularmente malo en mi vida, pero viendo el panorama, el siempre decadente estado actual de las cosas, cabría preguntarnos qué vida de adolescente no es un hoyo desesperanzador.

Me habían corrido de la escuela en la que había crecido, y en la nueva secundaria no me adaptaba nada bien. Peleaba con los compañeros muy seguido, enseñaba las nalgas lampiñas a la menor provocación, algunas cortadillas con cúter en el antebrazo… Todo un carnaval de gestos bobalicones. Mis calificaciones empeoraban mes con mes a pesar de tomar clases de regularización tres tardes a la semana. Incluso me llevaron con un psiquiatra para revisar si lo que no funcionaba bien era el cableado en mi cabeza. Aquel reverendo hijo de puta me prescribió Ritalin para ver si así me alineaba un poco, pero toda la cosa iba cuesta abajo.

Cuando recuerdo ese año en particular, lo recuerdo con auténtica pesadumbre; supongo que ay, ternurita estaba bastante deprimido, por lo que era común que jugueteara con la idea de suicidarme. Incluso llegué a intentarlo tibiamente. Acumulé todos los medicamentos que encontré en la casa, incluida una bondadosa cantidad del mencionado Ritalin, y me lo pasé todo con un vaso de alcohol etílico. En mi imaginación fantasiosa y lúbrica, la revoltura de efectos sería lo que causaría un fallo fisiológico contundente. No obstante, esa noche Eso estaba ahí.

Una maestra me había prestado la novela unas semanas antes. Esta era la primera edición en español, en cuya portada negra, debajo de la tipografía roja y cruda con ese monosílabo desangrado IT, se veía la ilustración de unas garras verdosas asomándose por la alcantarilla en la que Georgie Denbrough perdería su barco de papel, un brazo y la vida.

Como cualquier niño nacido en los ochentas, ya había visto en el canal 5 la mini-serie de dos capítulos en la que Tim Curry interpretaba a Pennywise el payaso. Aún me llega a la memoria la angustia que sentía al cerrar los ojos mientras me bañaba, e imaginar que la tapa de la coladera se abriera para dar paso a la cabeza de un payaso con dientes de navaja. Una lástima, porque la película no cerraba muy bien, pues toda la tensión acumulada durante la primera parte se desplomaba en la segunda: “¿O sea, Eso es una pinche araña grandota?” era el comentario contundente que condenaba la película como joya del cine palomero de horror.

Cuando comencé a leer por primera vez la novela, ésta me enganchó como no lo había hecho ninguna otra lectura hasta ese momento. Las divergencias con la mini-serie me sorprendían y me llevaban por un mundo mucho más rico en detalles. Disfruté mórbidamente cada una de las 1,500 páginas que tenía esa edición. “Qué gusto tan barato” dirán algunos lectores de cuello parado y que en su juventud venían manejando la colección completa de la Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana. Pero “fuck the critics (and their grand-mothers too), así fue la cosa para mí.

Aquella noche, cuando me pasé esa absurda cantidad de pastillas esperando caer en la somnolencia y morir indoloramente como un pinche pajarito, el efecto fue el contrario. Entré en un estado de frenesí nervioso e híper irritable que me duró un par de días, o tal vez semanas. Esa noche leí como un poseso la mitad del libro, como si fuera una cabra cafeinómana, leyendo con todas las luces prendidas, parándome y sentándome y acostándome y volviéndome a parar y valiéndome absoluta madre todo excepto leer ese libro hasta terminarlo. Cuando acabé, ya había amanecido y ¡yei! no me había muerto.

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Supongo que me identificaba con los chicos del Club de los Perdedores, integrado por Eddie, Mike, Stan, Richie, Ben, Beverly y el gra-gra-gran Bill. Siete niños a la merced de algo que estaba más allá de las formas, ignorados y manipulados por los adultos; atrapados en un pueblo bicicletero WASP que parecía un muestrario de todas las psicopatologías del american dream.

Posteriormente las cosas mejoraron. O al menos se volvieron aceptables. Pero la novela se quedó ahí, incrustada en mi imaginario como si hubiera visto un fuego fatuo.

Diecisiete años después, he releído Eso. En algunas ocasiones había tenido la intención de hacerlo, pero simplemente no lo había hecho. La inminente readaptación fílmica de la novela que saldrá el próximo año, así como una suerte de resonancia nostálgica producida por la serie Stranger Things, hicieron que volviera a asomarme al pueblo de Derry, Maine.

A pesar de algunas apreciaciones recogidas por aquí y por allá, creo que Eso no es un best-seller de “léase y tírese”. Tampoco es una novelilla para ser leída por “la gente que no lee”, ni el guión para un nuevo refrito cinematográfico que le dará ñáñaras a nuevas generaciones de niños que se bañarán aterrados de cerrar los ojos cuando el shampoo entre en ellos.

Creo que Eso es una obra de culto. Es accesible, pero ofrece cierta riqueza interpretativa, y mucho regodeo en pequeños guiños al resto de la obra del autor. No, Stephen King no es un prócer de la literatura universal, pero válganme la perogrullada, es Stephen King, y me parece que ésta novela en particular es la más potente, la más horripilante, que escribió en sus mejores años como escritor, y que irónicamente, parecerían haber sido sus peores años como persona debido su drogadicción.

Eso también es un gran homenaje al niño que fue Stephen King. En primer término, a la infancia llena de anécdotas, a su potencia cruda e ilimitada, y sobre todo, a los miedos que se engendraron en ella. Hay un claro tributo de los monstruos del cine de los años cincuenta, pues ahí se encuentran el Hombre Lobo, la Momia, el Ojo y demás amigos que habitaron las pesadillas de los niños gabachos de aquel entonces. Sólo como un jugueteo, podríamos preguntarnos cómo sería si Eso sucediera en Pachuca y las referencias fueran las películas de Capulina y El Santo. Posiblemente no dejaría de ser terrible.

Pero más allá de esto, King hizo un recorrido introspectivo de horrores más abstractos, aquellos relacionados con la angustia del crecimiento y los fracasos en la edad adulta. Esto lo vemos ejemplificado en la desastrosa edad adulta de los protagonistas que lo han ganado todo —incluidos unos alcoholismos de campeonato—, pero que no han logrado ser auténticamente felices.

Derry, como otras ciudades inventadas por Stephen King, es una ciudad maldita que fue creada por la criatura con fines alimenticios: “Derry era su matadero particular; el pueblo de Derry, su ganado”. Esta es una pequeña ciudad maderera que padece amnesia y ceguera frente a su propia historia. Esta ciudad inexistente es un eco torcido del Paterson cantado por el poeta William Carlos Williams poema constantemente referido en el transcurso de la novela, o bien, como el Gloucester de Charles Olson, que es el resultado de todas las ciudades de todos los tiempos transcurridos por la humanidad: ciudades alegóricas que lo aceptan todo y que son construidas a partir de la óptica de sus habitantes.

Eso tiene una serie de pasajes memorables, como la épica batalla a pedradas en la que los Perdedores se imponen sobre Henry Bowers y su banda, la escalofriante vida y muerte de Patrick Hockstetter, o el alucinante rito de Chüd en el que Bill y Eso se muerden las lenguas para ser proyectados a un espacio metafísico habitado por la Tortuga y los Fuegos Fatuos. Pero también leemos episodios psicológicamente logrados, por ejemplo, el enfrentamiento intensísimo entre Eddie Kaspbrak y su madre sobreprotectora. A pesar de que la novela llega a ser muy esquemática en sus saltos temporales 1958-1985, y que en algunos momentos la traducción del inglés es torpe, el ritmo narrativo adquiere una velocidad vertiginosa, como la bicicleta Silver bajando por Av. Kansas, y concluye en un cataclismo absoluto.

Al releer esta novela del señor King, tal y como sucede en la narración, me volvió a llevar a ese momento particular de mi juventud, algo que me parece absolutamente mágico y que es una de las cualidades de la buena literatura, más allá del género al que se adscriba ésta. Tal vez, la relectura también me hace mirar con otros ojos lo que pasaba en aquellos días culeros en ese año culero en el que me expulsaron de la escuela. Es una lástima ya no tener cabello, y por eso mismo, ya no tener la necesidad de usar shampoo. Es un poco triste ya no sentir miedo al cerrar los ojos mientras me baño, esperando oír voces que salen del drenaje para decirme que allá abajo todos flotan, y cuando yo esté con ellos, también flotaré.

in-your-dreams

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