White Trash Beautiful

Por David Cano

Si se me hubiera dado la oportunidad de elegir quién ser antes de nacer, seguramente hubiera escogido sin más ni más, devenir en un white trash y no en otra cosa. No se puede encontrar mayor grado de beatitud que formar parte de la escoria de la escoria, Dios mismo sabe que en la basura no hay pecado, o al menos no hay registro de ello en los textos apócrifos y mucho menos en las sagradas escrituras. Entonces, seguramente me llamaría Joe, sí, sería “el buen Joe”, quien lleva con orgullo su sempiterno overol de mezclilla sin camisa interior y una malgastada gorra de los Chicago Cubs, además portaría unos dientes que rendirían el mejor homenaje al escorbuto de los bucaneros que robaban el oro de los ladrones de oro. Trabajaría de expendedor de gasolina, en un local de esos a los que arriban los viajeros malos para hacer cálculos respecto a la reserva del tanque. Mientras no llegaran los clientes hablaría con Mary Jane del clima y de las quinielas, temas en los cuales soy más que experto.

Mary Jane es la cajera del mini súper que forma parte de local donde trabajamos.  Toda una lindura americana que cuenta con el poder de decidir a qué usuario darle o no las llaves del único baño en kilómetros. Ella, entre otras de sus tantas gracias, tiene el desenfado de saber que la vida existe en otra parte, eso lo sé por su mirada ajena al mundo, un tipo de contemplación que nos hace recordar a un boxeador cuando despierta dos segundos después de ser noqueado. Ella es un tanto hostil conmigo y para frenar el hilo de la conversación siempre me dice “cierra el pico Joe”, lo cual es una forma incuestionable de declararme su amor, porque en el fondo ella y yo sabemos que el amor nunca será como se formula en la televisión.

Mi vida no es tan complicada, después del trabajo nada más tengo que atravesar unos cuantos kilómetros para llegar a mi casa de remolque, donde tengo lo que se dice una familia tradicional de Nashville, Tenessee; ahí me esperan mi mujer Khristen que siempre huele a cloro, porque han de saber que aquí todos olemos a nuestro trabajo, además de mis cinco hijos, Brandy “el gordo”, la pecosa de Raelyin, los gemelos Anden y Axton y el morenito de Aric, sin olvidar a la abuela Alyce, a quién todos adoramos a pesar de su agrio humor, porque gracias a ella, o más bien a su cheque de pensionada que le da el gobierno cada fin de mes, tenemos una buena barbecue una que otra vez, y ahí es cuando a uno le surgen las ganas de decir “God bless America”.

Ah, por cierto, se me olvidaba decir que tenemos mascota, nuestro perro llamado Cuatro y que el mes que viene se llamará Cinco. Alguna vez tuvimos uno que llegó a llamarse Ocho, pero eran mejores épocas, supongo. Con mi mujer las cosas no van tan bien, pero, a como escucho por las noches, parece ser que nos va mejor que a los vecinos, al menos aquí no se desperdician botellas impactadas en las paredes. Creo que el problema surgió desde su último embarazo, en el cual fumaba más de la cuenta porque estaba hecha un manojo de nervios, cuestión que le costó su empleo en la Waffle House, el cual hasta yo echo de menos, pues siempre olía bastante bien y cuando corríamos con suerte nos traía alguno que otro de esos manjares. Aunque tampoco creo que fuera tan feliz ahí, siempre se quejaba del nigga testarudo de su jefe, aunque a mí me caía bien, cuando llegaba a visitarla por algún inconveniente, me saludaba de lo más amable, ¿cómo va todo, Joe? “Va y corre como el río Cumberland”, le causaba bastante gracia y acto seguido le decía a mi mujer “Khristen, prepárale un buen breakfast a Joe y el jugo de naranja dáselo en un vaso grande”, claro a mi mujer eso no le resultaba nada simpático. Parece que su trabajo actual donde limpia piscinas para los ricos no le sienta mejor, por eso me alegro cuando sus compañeros de oficio vienen una vez al mes a jugar póker y beber cerveza, además de que siempre dejan dos que tres latas.

En todas las familias siempre hay algunos miembros más distinguidos que otros, en el caso de la mía las joyas de la familia somos yo y mi hija Raelyin, la pecosa. Hace poco cumplió sus sweet sixteen y vaya que echamos el remolque por la ventana, de regalo entre todos le dimos una cámara de esas con las que puedes meter las fotos en una computadora. Desde entonces, se la lleva en el baño, porque dice que los estampados de caballos galopantes le dan clase a sus fotos, lo del buen gusto es obvio que lo heredó de mí, para muestra está el poster que adorna toda la sala, donde salgo con dos riquísimas edecanes de la Budweiser en el máximo evento de monster trucks en la nación, pero de ahí a tener nociones de arte, quién sabe, más bien creo que sacó un talento perdido en la familia que algún día tenía que brotar, el caso es que desde que tiene la mentada cámara, dice tener un bisne muy fancy. Al principio todos creíamos que eran de esas fantasías que tienen las chicas de su edad, pero después un día nos invitó a toda la familia al cine sin necesidad de usar de esos cupones de los que siempre juntamos y de ahí para adelante supimos que teníamos una artista en la familia. Aunque ahora la extrañamos en nuestro tradicional ritual de estar recortando cuponeras y encontrando descuentos, los gemelos en eso sí que tienen un talento nato, supongo que al ser dos tan iguales, lo que logra diferenciarlos entre sí, es el hecho de quién es más astuto para encontrar las mejores ofertas o los cupones más cotizados. Por mi parte, he de decir que soy el orgullo de mi madre, en la casa sólo éramos yo, mi madre y mi hermano Pete, mi padre lo mejor que hizo de su vida fue desaparecer después de que yo nací. El caso es que Pete, desde su más temprana infancia, tuvo una fascinación por la adrenalina, lo cual lo llevó a hacer algunos hurtos desde pequeño. Empezó por desaparecer algunas cosas de la casa, pero era fácil saber quién era el ladrón, después de que apareciera con nuevas artículos merodeando por ahí, lo cual le costó unas buenas tundas por parte de mi madre, así que prefirió hacerlo con terceros. Iba bien, hasta que tuvo la estupenda idea de robar un banco con una pistola de juguete, que parecía en realidad una muy buena réplica, sólo por el detalle de que traía una gotera, cuestión que le costó estar en prisión. A veces lo vamos a visitar y mi madre siempre lo regaña; él nos dice de una manera sumamente sincera, que en realidad le gusta estar donde está, que no sabría estar ya en otra parte y que la cárcel no es tan mala, salvo por la ropa que los hacen usar. En ese sentido yo siempre fui el hijo ejemplar.

De mis hijos el más feliz es Brandy, basta con que le des una golosina o algún pastelillo para que su rostro se torne brillante como un rin cromado de una monster truck. El más pequeño, el que salió con más colorcito, todavía es muy pequeño, pero convivimos de lo lindo y me ha hecho eructar más de lo que acostumbro. Una vez que no paraba de chillar y hacer pataletas, eructé por error y comenzó a calmarse y a reír como loco, ahora ya no surte tanto efecto eso de los eructos, pero he descubierto que con la musicalidad que brota de los sobacos, al hacer un pequeño hueco con las manos y mover el brazo de arriba para abajo, se ha logrado calmar de mejor forma; seguro que cuando sepa mover mejor sus bracitos será de lo primero que aprenda de mí.

Puede ser que mi vida les parezca de lo más sencilla, pero también tengo mi lado bohemio; en las noches cuando todo es tranquilidad, hago una fogata y me voy con mi perro Cuatro, toco la armónica mientras él le aúlla a la luna y le cuento historias de muchos tipos, porque han de saber que él es un maestro para escuchar, a veces creo que es algún nahual de los Watauga que vino a cuidar de mí y de mi familia. La clase de relato que más disfruta es el de quién me hubiera gustado ser si tuviera la oportunidad de elegir antes de nacer, y puedo jurar que su favorito fue uno en el cual yo era un mexicano que escribió un cuento donde hablaba de nosotros, porque el muy cabrón no podía dormir debido a un insomnio generado por ausencia de rivotril. Total, en resumidas cuentas esta es mi vida y sé que cuando la muerte venga por mí, los ángeles cantarán una canción de Everlast que me recordará lo feliz que fui con mi amada Khristen y nuestra linda y tradicional familia de Nashville, Tenessee.

Lakeshore trailer park (West Memphis, Arkansas). Foto: Thomas R Machnitzki
Lakeshore trailer park (West Memphis, Arkansas). Foto: Thomas R Machnitzki

David Cano (Saltillo, Coahuila, México,1981) creció en Cd. Obregón, Sonora. Es narrador y a veces poeta, colabora con la revista digital Venimos del desierto de Cd. Obregón, Sonora. Fue coeditor de la revista española Motociclismo Clásico, México (2015) y en la actualidad es corrector de estilo de la revista Babel de la Universidad de Morelia. Ha publicado en diferentes revistas de creación literaria y periódicos tales como: Oficio (Monterrey), Papalotzi (Guadalajara), La Cataficcia (Zacatecas), Playboy México (México), Letra Turbia (Granada, España) Revista Quira y Revista Trinando (Bogotá, Colombia), además de la revista Extrañas noches de Buenos Aires, Argentina. También ha colaborado con periódicos como: Campus MTY (Monterrey N.L.), El Quehacer de México (Nuevo León y Tamaulipas) en el cual fue reportero en la sección cultural. Ha sido antologado en el libro de microrrelatos Cuentos alígeros de la Editorial Hipálage (Andalucía, España) con el cuento “Esa ya no es mi historia”. Ganador del concurso internacional de cuento breve de Latin Heritage Foundation 2011 (Washington, NJ) con el cuento “Siempre se puede dibujar un escaleno en martes”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s