La guarida

Por Raúl Picazo

La escena es frenética, interesante, humana, la observo realmente sorprendido, borracho como ando creo estar viendo la más grande guarida de yonquis de América Latina… ¡Qué tipos más interesantes!…

Jack Kerouac

Vamos con el Bocho. Nos vemos en la casa del Bocho. A qué hora comienza la fiesta en casa del ¡pinche Bocho! El mes de noviembre del 2015 la banda pacheca se puso pro-activa, se dejó ir con el Bocho todos los días sin motivo aparente. La party estuvo en onda: caguamas, piedras rodantes, marihuana, mezcal, tequila. Risas agónicas en un mundo que nos invitaba a desaparecer. Dieciocho días para ser exactos. La policía no encontró indicios, todo implícito, como siempre. El humo, los alaridos de dolor y placer, las mujeres. La sangre. Todo se nos vino encima.

El Bocho es papada y panza. Moreno, de ojos café claro, con los cuales observó pasar los estúpidos acontecimientos que dos sujetos armaron en su casa. Un ser de cuarenta años que nos abrió las puertas de su hogar para que no corriéramos peligro a la hora de drogarnos.

Su domicilio se encontraba alejado de la urbe, apartado de vecinos que pudieran sobreponer su moral por encima de nuestras ganas de destruirnos. Aunque el ruido más representativo siempre fue el de las botellas que chocaban. Algunos vecinos, los más clavados y chismosos, se asomaban por las ventanas para ver pasar la comitiva que iba por caguamas.

La vivienda yonki comenzaba su actividad a partir de las dieciocho horas. Primero llegaban los estudiantes, después los trabajadores, al último los drogos: aquellos que se pasaban todo el día en la loquera, incluidos los asaltantes, malandros, dealers. Todos estábamos ahí, en medio del cerebro atrofiado de una generación perdida en los excesos.

A la banda la podrías encontrar sentada en tablones, sillas de plástico, de madera, tirados en el piso, en un colchón viejo y sucio, en mecedoras desvencijadas, sobre botes y cubetas. Rolando el toque, la botella. Despicando mota, picando piedra, haciendo líneas de espesor correcto. Bonita fotografía guardo de aquellos días de introducción, donde empujábamos con fuerza las grandes y pesadas puertas de la percepción.

La primera ocasión que vimos a los polis, la patrulla simplemente se detuvo frente a la casa. No hubo intento de nada. Sentimos su presencia por la torreta que iluminó de colores la noche. Por la ventana se podría ver una troca jodida. Nos sacamos de onda porque todo era improbable. El Bocho nos conminó a callar llevándose el índice a la boca. Salió. Saludó al hombre que conducía como si lo hubiera visto en la comida y en cinco minutos estaba adentro. “Ya no hagan tanto desmadre, dice mi sobrino que andan perros los federales”, es lo único que expresó.

La fiesta con las chicas se hubiera puesto buena, pero sólo desató el inicio del fin, la conclusión de una vida desordenada. Nadie esperaba otra cosa que no fuera el toque y la caguama. Pero las mujeres estaban tan locas como los hombres y comenzaron el desmadre.

Los días de fiesta fueron gracias a Joel, el cual conocía a toda esa buena gente. Lo respetaban de alguna forma. A mí me hablaban. No era de sus preferidos, porque siempre los contradecía en sus pinches conversaciones. Aportaba lo que me tocaba, pero constantemente sentí que estaba en el lugar equivocado, que en cualquier momento Mario se levantaría a decirme de nuevo: y tú qué chingados quieres aquí, pinche güerito mamón. Aunque mi amigo y muchos otros eran blanquitos, nunca los trató así. Pinche prieto.

Recuerdo aquella tarde como una tragicomedia, la puesta en marcha de una escena significativa para la trama: el Bocho llegando a su casa con dos mujeres de cadera ancha, desbordaban grasa y sensualidad. Los vimos desde la esquina. Las chavas vestidas con el look punk, con botella en mano, se llamaban Gladis y Ana Bertha. Pasaron a la sala, se acomodaron, y cuando una de ellas nos vio entrar a la casa, dijo como si nada: “¿estos güeros quiénes son?”.

Mario, Josué y el Barnie llegaron justo después de nosotros. Estos vatos eran los únicos que conocía de todos los que se reunían. Los saludé. Venían inquietos, volados. Algo se habían metido. Les gustaba el rivotril mezclado con Tonayan, sustancias poderosas que los ponían en un nivel cósmico e incierto, violento en muchos casos.

Las mujeres saludaban a cada hombre que llegaba a casa con todas las ganas disponibles en su ser, mientras el círculo de perros se hacía cada vez más grande. Por ese motivo Gladis tomó las riendas y mandó a sentar a la perrada. Pidió vasos, los colocó todos sobre la mesa sucia y los sirvió de la botella de tequila que ella y Ana Bertha llevaban. Improvisó unos movimientos sensuales y gritó: “¡Salud, cabrones!”. Al terminar su parte de alcohol, que pareció encender sus bríos, pidió que pusieran una rola y al comenzar los acordes jaló a su amiga para bailar. El Barnie, al ver el show, se acercó a ellas e intentó agarrarle la nalga a Gladis, la cual no lo permitió. Alejándolo con un gesto desdeñoso. Se apartó diciendo entre dientes “pinche puta” y salió posiblemente al baño.

Los ánimos se menguaban, algunos habían dejado de poner atención a las chavas y se atizaban duro. Me destapé una caguama. Cada quién se despachaba, se mataba solito. Mario se levantó y le tendió la mano a Gladis. Cuando Barnie regresó a la “sala” se dio cuenta que le habían quitado su lugar, pero se emputó más porque Gladis bailaba con Mario. El intruso no era el que estaba sobre la mecedora, sino el pendejo de Mario. Desde la altura le dio una patada al intruso que ocupaba su lugar y le dijo: “lárgate, pendejo”. Mario seguía bailando con la morra, pero vio cuando el vato que estaba sobre sobre la mecedera cayó al suelo.

El Guacaras no llegaba con la piedra y la mota se estaba acabando. Se notaba la escasez porque el ánimo comenzaba a menguar, lo percibía cada ocasión que se terminaba una rola, el cuarto se tornaba silencioso hasta que comenzaba la siguiente pista. Parecía que las sustancias eran las únicas que podían poner en movimiento esos cuerpos tatuados, obesos, llenos de sangre espesa. Propuse que iría a comprar mota y que pasaba por caguamas, servía que respiraba aire puro. Le dije a Joel que me acompañara. Caminamos hacía la tienda. La tarde se esfumaba en sus últimos colores y la oscuridad se tragaba todo a su paso. Nos despacharon las chelas y nos vendieron el toque. Todo en un mismo lugar. Rifaban los vatos. Nos sentamos en una banqueta a fumarnos un cigarro, platicamos de la fiestita que ya se había prolongado. Joel comentó que tenía hemorroides, que necesitaba descansar. Le dije que no fuera puto, porque estaba bien chido el desmadre. Me dijo que lo sabía, simplemente quería descansar. Lo repitió dos veces. Desandamos el camino de regreso. A lo lejos, la casa se veía igual que todas, abandonada, con el pasto crecido, si no fuera por la luz del foco que alumbraba la entrada y el humo que salía levemente por algún punto indistinguible del techo de lámina, nadie se hubiera percatado de lo que sucedía.

A unos metros de la casa escuchamos gritos. Luego el estruendo de un vidrio rompiéndose. Seguido de un grito agudo de mi amigo, el cual recibió el golpe de la piedra que rompió el cristal de la ventana. Dentro de la casa se arremolinaba la banda, todo en total confusión. Entré, preguntando qué mierda estaba pasando.

La escena ocurrió de la siguiente manera. Justo cuando terminé la pregunta ¿qué mierda está pasando? El Barnie y el Mario se lanzaron como perros que les han quitado la cadena, dispuestos a atacar. La colisión de dos masas en bruto provocó un sonido seco, el cual cimbró el lugar. Los hombres comenzaron a pelear en el piso. Mientras el Bocho intentaba separarlos, recibía también los golpes. Las mujeres se habían salido y estaban abrazando a Joel. Los luchadores tiraban todo a su paso, hasta que alguien en su loquera fue por una cubeta de agua y se las arrojó. Pero no dejaron de pelearse. “¿Qué se metieron estos pendejos?”, preguntó el Bocho. “¡Están bien pinches putos locos, váyanse a la verga!”, les gritó y los comenzó a patear. Entonces, Mario, en medio de la pateadera que le estaba poniendo el Bocho, gritó con tanta fuerza y horror, que podría jurar que se nos bajó la peda a todos.

Cuando se separaron, el Barnie tenía en su boca un pedazo de carne, la nariz de Mario. Posiblemente un pedazo de labio. La masa sanguinolenta colgaba de su hocico de perro. La sangre le escurría por la comisura de sus labios. Mario se llevó las manos la cara. La sangre le escurría entre sus dedos. Barnie escupió el pedazo de carne y sangre. Mario se quitó su playera y se la puso en la cara. Salió de la casa. Miró a los lados de la calle, intentó decidir sobre un camino, pero se desplomó al instante. La fiesta había concluido y los policías habían llegado.

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