Cuentos a mano de estratega

Por Thania Aguilar

La pluma de Ana García Bergua es versátil. No sólo porque puede saltar de un género a otro con un esfuerzo similar al de quien da vuelta a una hoja, también porque tiene la habilidad de dotar a cada texto de una identidad propia sin dejar de lado su estilo. Los veintidós cuentos de la autora, que Textofilia —en coedición con el extinto Consejo Nacional para la Cultura y las Artes— reúne en La tormenta hindú y otras historias (2015), son el mejor ejemplo de ello. A través de la construcción de personajes tan disímiles —que van desde la pareja de ancianos empeñados en practicar todos los ejercicios de un libro similar al Kamasutra, hasta la pareja de niños obcecados en desentrañar la rareza de su vecino—, esta compilación erige, a fuerza de humor y atmósfera, la obsesión como su centro de gravedad.

Porque la obsesión marca la pauta. Desde la estructura hasta la trama. Son narraciones construidas como cinta de Möbius: puertas que se abren una tras otra para, finalmente, llegar —o regresar— a la primera. Historias redondeadas que terminan donde comenzaron. En ellas, se presenta a los personajes en situaciones que nadie logra explicarse. Por ejemplo, en “No sé qué hago aquí”, don Rodolfo no recuerda por qué está sentado en medio de una fiesta de gala; en “Despertar”, Nora no sabe por qué apareció en medio de la carretera y nadie en su casa parece reconocerla; en “Asuntos generales”, el licenciado Villalobos comenzó a dictar, de un día para otro, mensajes obscenos a su secretaria. Tales situaciones son espirales colgantes, retornos eternos, que giran con el viento sin despejar la incógnita principal: ¿por qué el tío de Nueva York ya no volvió a casa? ¿Quién es Simón Prado? ¿Por qué Pablo no salió del departamento del señor Moreno?

La estructura de las narraciones, sin embargo, sólo es otro recurso que refleja las ideas —perturbadoras y recurrentes— en las cabezas de los personajes: ayuda a transferir sus obsesiones a otro para hacerlas latentes e infinitas. En “El abrazo del oso” vemos, por ejemplo, a un escritor consagrado que no puede sacarse de la mente las historias de Ricardo Gómez, bully profesional de la secundaria; en “No sabes quién soy”, la mujer que Simón Prado odiaba por no recordar su nombre pasa a ser la portada de ese intenso resentimiento; en “La capilla sixtina”, una profesora, gracias a los cuentos de uno de sus alumnos, adquiere una nueva paranoia.

La atmósfera es también un recurso importante en La tormenta hindú y otras historias. Si bien en algunas se construye a partir del entorno —por ejemplo, “La carta”, donde un perro se dedica a evacuar materia fecal en el departamento de su dueña enamorada del vecino muchos años menor que ella—, en otras se fortalece a través de la reiteración del conflicto —un hombre, después de haber recibido un diagnóstico fatal equivocado, no puede dejar de pensar que está a punto de morir—. Y, aun así, los cuentos también están cimentados sobre la actitud humorística que sólo puede aparecer ante el absurdo.

La de García Bergua es una mano adiestrada y caleidoscópica, que sabe erigir a sus personajes desde afuera: atraerlos, de la realidad a la ficción, mediante la tinta. Si el matrimonio Brailovsky, Martín Izunza, Beto y Doña Esperancita, o cualquier otro personaje son tan verosímiles, es porque están diseñados con una precisión que se asoma en los intersticios de las distintas tramas.

Ricardo Piglia decía que el cuento siempre cuenta dos historias: la que se dice y la que permanece oculta debajo de la primera. La de Ana García Bergua es una mano que teje ambas historias con afán de estratega. Es, en consecuencia, una mano que sabe narrar.

La tormenta hindú y otras historias de Ana García Bergua, Textofilia.
La tormenta hindú y otras historias de Ana García Bergua, Textofilia, 2015.

Thania Aguilar (Villahermosa, 1990). Estudió Comunicación en la UNAM. Ha colaborado en publicaciones como Frente Tierra Adentro. Piensa que la vida es una serie de eventos ridículos.

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