El sexo codiciado (o la codicia del sexo)

Por Daniel Silva B

El Decamerón negro, del arqueólogo alemán Leo Frobenius, extiende un vínculo con El Decamerón de Bocaccio y con relatos de la tradición africana. Dicha trilogía conforma una propuesta escénica de la compañía “Mulato teatro” titulada Cuentos eróticos africanos, cuya breve temporada obliga a cazarla antes de que parta del Teatro Bar El Vicio, donde permanecerá todos los martes de septiembre.

Centrada en tres historias ─“La leyenda de las amazonas”, “Nsani” y “Las hijas del juez”─, cuatro mujeres se dan cita, a ritmo de música africana, para relatar, como preámbulo, el origen del universo, de los dos primeros habitantes de éste ―quizá Adán y Eva, nunca se menciona el nombre―, la expansión de la humanidad, así como la división de sexos establecida por un riachuelo y cuya tregua sólo puede firmarse con el placer. Tras este punto de partida, continúa la historia de tres hermanos, dos obreros y otro cuyo talento sólo es desarrollado en plena noche y del cual se vale para atraer al sexo femenino. La obra concluye con un hombre que llega a sustituir al juez de un pueblo. Su tarea, además de repartir equidad entre los habitantes, consiste en apostar con las hijas de este último su resistencia al sexo. Tres historias que parecen más y que se abren al espectador como una mujer que ofrece sus encantos.

En Cuentos eróticos africanos el sexo “fuerte” brilla por su ausencia. En presencia, mas no en espíritu. El único hombre en el escenario, Arim Quinto, es un músico. Quienes asumen el riesgo de emular (o experimentar) el goce viril son las mismas actrices ―cuatro―, cuya tarea parece difícil. En esta proeza no hay burla, ni parodia, ni siquiera un desdén o un alegato feminista. Por el contrario: al encarnar al hombre, emanan la virilidad sexual y sensual que el espectador se adentra en la ilusión escénica. Como buenas Sherezadas, Cecilia de los Santos, Amada Domínguez, Marina Vera, Talia Loaria y Marisol Castillo ─esta última, directora escénica junto con Jesús Jiménez─ transportan al público a tierras africanas mediante un relato oral y escénico; llevan el arte corporal más allá de un desnudo artístico y la palabra hechiza a tal punto que el espectador no se percata de la ausencia de grandes escenarios. Tan sólo una manta que representa un castillo ─¿de Sherezada o de algún rey de los pueblos aludidos?─ y la iluminación que irradia energía, pero también se atenúa al llegar el momento cumbre u orgásmico, bastan para no desviar el interés del público.

El sexo, objeto no sólo de éxtasis o fecundidad, es despojado de su etiqueta de tabú y se impone como un juego representado a través de una lanza y un bule, complementos ambos que jamás se unen, pero se rozan. El sexo, además de juego, tampoco puede rehuir sus múltiples condiciones. Sobre todo de objeto de codicia, de moneda, de intercambio de miradas, besos y también como símbolo de resistencia entre hombre y mujer, sin saber jamás quién se rendirá primero. Y esta última incógnita es otra razón para correr tras estos Cuentos eróticos africanos.

Cuentos eróticos africanos del Decamerón negro de Leo Frobenius.
Cuentos eróticos africanos del Decamerón negro de Leo Frobenius.

Daniel Silva B. (México, DF., 1989). Egresado de la licenciatura en Creación Literaria del Centro de Cultura Casa Lamm. Amante de la buena prosa, enemigo a morir de todas las películas de Marvel y amante de los buenos melodramas.

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