Ramón Martínez Ocaranza: una superpoesía antipoética. Parte I

Por Iván Cruz Osorio

El tan llevado y tan traído tema de la trascendencia, de la relevancia de un autor y su obra en la literatura, nos ha llevado desde aquellos escritores que se amparan tras un muro de premios, distinciones, publicaciones en finos y relevantes sellos editoriales, así como apariciones en célebres y múltiples antologías de su tiempo, hasta los que toman el apasionado camino de la escritura como la única meta de su ser y dejan en segundo plano los medios en que su obra se publicará, difundirá o será galardonada. El medio actual, en consonancia con la cultura capitalista del éxito instantáneo de premiar logros y exigir cada vez más, ha permeado en la literatura, reclamando de los escritores la obtención de premios y distinciones para una engañosa posteridad asegurada. Al paso del tiempo, y en sintonía con lo que poetas como Ezra Pound y los imaginistas comentaban, la trascendencia de una obra no es asunto nuestro. Ni del autor ni de sus pares, ni siquiera de los lectores de su época.

Ramón Martínez Ocaranza (1915-1982) encarna a estos autores que dejaron su trascendencia en las manos del tiempo. Se desempeñó como secretario del poeta chileno Pablo Neruda y fue su amigo cercano, igual que de autores mexicanos como Efraín Huerta, José Revueltas, Enrique González Rojo Arthur. Martínez Ocaranza caminó un sendero alejado de los grandes corredores de la literatura nacional y se concentró en su labor docente en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, en la lucha social y de militante crítico del Partido Comunista, y en la poesía. Todo en los límites del Estado de Michoacán, cuando ser y permanecer en la provincia significaba para los escritores vivir en el limbo.

Martínez Ocaranza elabora una obra poética que se puede dividir en dos momentos. El primero abarca desde su primer libro Al pan pan y al vino vino (1943) hasta Alegoría de México (1959). En este recorrido se puede reconocer, a grandes rasgos, una poesía comprometida, pero no por ello panfletaria, asume, eso sí, una postura crítica ante la iniquidad de su tiempo, ante la pobreza, ante la injusticia. Su forma es clásica, hay un profundo conocimiento del verso medido, del soneto y del endecasílabo en concreto, también se pueden encontrar dísticos y en ocasiones el verso libre. Una poesía dentro de la tradición, pero no por ello carente de un estilo propio; es notable el uso del habla popular y del vituperio para reforzar la indignación.

Post data

Esta poesía, señoras y señores,

no la dictó el lenguaje de las flores.

La dictó el corazón despedazado

por tantas injusticias que ha palpado.

Hay tanto hijo de puta en el planeta,

que no puedo callar, siendo poeta.

Éste es, por hoy, señores, mi destino:

llamarle pan al pan y al vino, vino.

Allá… los que no entienden el lenguaje

del calzón blanco y no del fino traje.

El segundo momento de la obra del poeta abarca lo que considero su periodo más oscuramente luminoso y que reúne cuatro libros notables para su obra y la lírica nacional: Otoño encarcelado (1968), Elegía de los triángulos (1974), Elegías en la muerte de Pablo Neruda (1977) y Patología del ser (1981). Otoño encarcelado reúne el rigor de las formas clásicas de su primera obra, principalmente el soneto, sin embargo a diferencia de los libros anteriores, Martínez Ocaranza condensa una amargura tóxica, madura que contagia sin escapatoria posible al lector. La denuncia de su anterior etapa deviene en ansiedad por la existencia, por el ser, por el tiempo.

Poemas salomónicos

6

Yo que di por perdido lo ganado,

como di por ganado lo perdido,

ruedo sobre mi círculo de olvido,

como si fuera círculo olvidado.

Lo que yo tuve, todo fue prestado,

y por prestado, ya me lo han pedido.

Yo no debí jamás haber nacido;

porque hasta de nacer me han acusado.

Que ya nadie recuerde mi osadía,

de haber perdido lo que más quería,

como un caracol sobre la arena.

Mi vida se redujo a pocas cosas:

a ver el mar y a cultivar las rosas.

Y por tan pocas cosas, tanta pena.

Cabe señalar que Martínez Ocaranza escribió este libro tras ser encarcelado, junto con su esposa Ofelia Cervantes Villalón, en octubre de 1966. Esto debido a su participación en los movimientos universitarios de 1963 y 1966. El poeta fue recluido en la Penitenciaría del Estado y sólo una activa y numerosa presión de escritores y la comunidad lograron su liberación en diciembre del mismo año. La amargura y desesperanza de Otoño encarcelado provienen de esa experiencia y provocaría, a partir de este volumen, un cambio radical en la obra de Ramón.

Ramón Martínez Ocaranza. Foto tomada de Malpaís Ediciones.
Ramón Martínez Ocaranza. Foto tomada de Malpaís Ediciones.

Para el poemario Elegía de los triángulos ocurre una metamorfosis asombrosa, ya no existe esa callada desesperación del libro anterior, hay una rabiosa manera de expresar el dolor, la muerte, la existencia, una forma endiablada de elaborar genealogías, génesis del hombre para derruirlas. Martínez Ocaranza nos advierte en el prólogo: “Todo ciclo poético engendra nuevos ciclos poéticos, así como toda creación lleva su propia destrucción”. El poeta lleva lo anterior hasta las últimas consecuencias; retoma la mitología tarasca y la asociación libre del surrealismo; como temas utiliza la toma de la Universidad Michoacana en 1968 por parte del ejército, el miedo que permeaba en el ambiente nacional. En este sentido cabe resaltar la utilización de elementos del arte visual como el cubismo para construir montajes, imágenes delirantes acompañadas de una violencia verbal reveladora:

De las esquinas de los círculos

Los metales

quebraron las esquinas de los círculos

para que las culebras

se llenaran de amor.

 

Pero los trenes

caminan por el aire

cuando mejor sería llenar el tiempo

de lirios

y

relojes.

 

Hay una fecha oscura

en mi memoria

con duros

testimonios.

El mar penetra límites de piedra.

 

La convicción del ser asesinado.

Estaba en la taberna.

Llegaron las gorgonas desatadas.

En una barca se mató la vida.

 

Y cuando mi destino

perfeccionó los signos de la muerte.

Con este libro, Martínez Ocaranza inicia a condensar diversos referentes culturales, el Antiguo Testamento, la cosmovisión náhuatl y tarasca, el uso del cubismo encarnado en las imágenes de los círculos, cuadrados, triángulos, la paleta de colores, van conformando un montaje casi fílmico de una lamentación, de una pérdida. La elegía de la existencia: “El hombre es/ la estatua/ de/ su/ llanto”.

Elegía de los triángulos inaugura de forma radical una veta muy utilizada en la poesía mexicana reciente; el diálogo y apropiación de versos, ideas, poéticas, de diversos autores y tradiciones. Pero un diálogo minado, difícil de percibir, porque no hay presunción o pose, existe un honesto trabajo intelectual por caminar junto a las grandes obras; Ramón, en el prólogo de este libro, sentencia: “Se es original, en la medida en que se asimilan las grandes originalidades. Dice André Gide que no es malo tener influencias. Lo que es malo ―dice― es tener malas influencias. Lo anterior para concebir una superpoesía antipoética que viene desde El libro de Job hasta los Cantares de Ezra Pound”.

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