El Brujo

Por Rubén Aguirre Peregrino

Tan pronto se abrieron las puertas de la línea 1 del metro allá por 1969, entraba, junto a miles de  azorados mexicanos, Miguel Mata Morales “El Brujo”; 16 años tenía en la tierra en ese entonces.

Guitarra en funda, voz precisa y destemplada, se subió en Zaragoza y en Moctezuma las manos le punzaban; en Pino Suárez cambió de vagón y cuando pasó por Cuauhtémoc ya estaba en la segunda rola; finalmente en Insurgentes lanzó esa pequeña diatriba a los pasajeros de la que ningún músico subterráneo ha podido librarse hasta hoy; mal necesario sin el que muchos no conseguirían las palabras para pronunciar semejante exhorto.

Aquel pequeño discurso es análogo al que se muestra a continuación, éste ha adquirido miles de variantes y matices a lo largo del tiempo, no obstante, esto no ha impedido que se haya mantenido esencialmente íntegro. Aunque no tenga ningún valor como literatura lo transcribo por razones de interés antropológico:

“Muy buenas tardes (aquí se puede cambiar por “días” o “noches” dependiendo el momento en que se esté realizando la acción o del tipo y cantidad de alcohol y/o estupefacientes que haya consumido el juglar) señores pasajeros, deseándoles de antemano un bonito día y esperando que estas bellas melodías hayan sido de su agrado y que no hayamos agraviado o contaminado auditivamente a alguien. Si alguno de ustedes gusta cooperar para apoyar este trabajo musical, muchas gracias por su generosidad, en un momento paso hasta sus lugares”.

Yo lo conocí en 2005, le decían “El brujo” porque se sabía solamente una rola completa: “La bruja”; integraban su repertorio pedazos de muchas otras, diez como mucho, pero las tocaba hábilmente una tras otra como en un remix.

Tenía yo 16 años, llegué con mi trompeta y tres de mis amigos con quienes estudiaba música en una escuela del INBA; un conocido de ahí nos presentó ante “Los viejos” como sus primos de lado materno; después de algunas admoniciones y un vigorosamente planteado “¡morros, pónganse chingones!”, teníamos su aquiescencia para autoexplotarnos a destajo en ese trabajo peligrosísimo e informal conocido popularmente como el de músico de Metro.

En el primer vagón ya nos estaban extorsionando los vendedores, por nuevos y también por pendejos, al parecer ninguno de nosotros prestó atención a palabra alguna de las que profirieron “Los viejos”.

Estábamos en la primera rola, apenas en “agua de la ciudad, que la nuestra es…” cuando subió el vendedor, nosotros hicimos como si estuviera pintado y le seguimos, cuando se hartó se nos acercó y empezó el interrogatorio: ¿Y ustedes quiénes son? ¿No se saben las reglas? ¿Quién les dio chance? ¿A quién conocen? ¿No compran alegrías?

El vendedor nos recordó que los músicos deben callarse para permitir que el primer comerciante (y ningún otro más) que arribe al vagón ofrezca su producto a los usuarios, no importando si lo que vende no armoniza ni exiguamente con las elevadas melodías que algunos ejecutantes pueden llegar a interpretar; por ejemplo, ha sucedido que los sonidos de Paul Desmond han sido interrumpidos para ofrecer crema para los hongos de la uñas y la guitarra de Clapton ha callado para permitir que se presenten cinco desarmadores de joyero y unas pinzas que no cortan ni la margarina.

Aparte de los usuarios que presenciaron el incidente y que mostraron nulo interés, “El Brujo”, que viajaba en el extremo del tren, había visto y oído todo; cuando nos libramos del vendedor se nos acercó y nos preguntó si queríamos chambear con él, aceptamos sin pensar; tenía ya más de 50 abriles, traía unos bell shaped (como él mismo los llamaba) de franjas multicolores, unos lentes como los de Lennon, una playera de Jefferson Airplane y una chamarra de cuero vieja y gastada. Guitarra en funda.

Desgarbado y de piel pálida, bebía un litro de Tonayán los lunes y los jueves, dos pachitas de Anís Mico los días martes y viernes y el resto de la semana era de Don Pedro. Fumaba un delicado tras otro sin que estar bajo tierra fuera nunca un impedimento.

Es cierto que existían “Los Viejos”, sin embargo, “El brujo” era al mismo tiempo “El Viejo”, fue el primer músico en llegar al metro y el primero en decidirse a hacer carrera dentro. Trabajando con él nos volvimos intocables.

Armábamos unos orquestones que hubieran perturbado el sueño de seis manzanas y que dentro del vagón causaban el asombro (horror) de lo usuarios, o fumábamos un poquito de marihuana para tener un mejor uso de ciertos recursos interpretativos y hasta teatrales; también mandábamos besos a las usuarias y despreciábamos cada moneda de diez y cinco centavos que nos caía enviando la respectiva mentada al dador.

Pasaron un par de años y quedamos trabajando solo él y yo, los demás amigos ya habían conseguido una beca o un mejor empleo, yo me quedé por mi resistencia a los cambios y por mi simpatía por la mediocridad y los personajes que ésta crea; no obstante, eventualmente yo también me fui.

Han pasado más de 25 años, hace quince me mudé al oriente de la ciudad y dejé de frecuentar aquella línea en la que trabajábamos; hace veinte días, en un arranque, mis pies me condujeron hacia allá; ninguna cara conocida, ninguna rola recordada, antes de irme les pregunté a unos vendedores por “El Brujo”, ninguno había oído de él, cuando les conté lo de los bell shaped uno recordó que en una salida de Pantitlán hay un viejo mendigo que pide una caridad porque se ha quedado ciego con unos pantalones igualitos.

Foto: Eneas de Troya.
Foto: Eneas de Troya.

Rubén Aguirre Peregrino, cursó la carrera de Estudios Latinoamericanos en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Correo: froylan.petrus@gmail.com

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