Hacer el amor con la lengua

Por Daniel Silva B.

La representación del acto sexual a través del lenguaje es un conflicto que el escritor enfrenta al verter un goce indecible en palabras. ¿Cómo no caer en lo vulgar o en lo pornográfico? Jamila Medina (Cuba, 1981) asume el riesgo de (re)tomar el erotismo en Ratas en la alta noche, una serie de cuentos publicada por Malpaís ediciones.

Los relatos, con aparente unión o hermandad novelística, presentan a una narradora cuyo nombre real se omite. Su anonimato lo compensa con múltiples personalidades anhelantes y deseosas que comulgan con “marionetas”, producto de su delirio, que salen de un clóset vasto de amantes que usa conforme se lo exigen su  estado de ánimo o su necesidad de posesión. La saciedad se conjuga con el ambiente y las circunstancias en que se presenta el momento. Casualidad o búsqueda es lo de menos. El deleite se consuma lo mismo en la soledad de un cuarto de casa que en el glacial polo norte. Pequeños fragmentos narrados en un presente inmediato con tal de eternizar breves lapsos de éxtasis.

Si bien las historias difieren una de la otra, el registro lingüístico permanece inmune al cambio. La promisoria seducción que percibe el lector se transforma, en el trayecto, en un tedio incapaz de corregir. Cierto: es de agradecer el riesgo de la autora (¿narradora?) al jugar, no sólo con su tema, sino también al reconstruir palabras y dotar de verbo a sustantivos inmunes a ejercer acción en una oración. Pero hasta la innovación, así como referencias que rayan en excesos intelectuales, denigran un texto cuya brevedad no le permite darse tal lujo.

El orden de los cuentos no es un aspecto que resalte. Si el lenguaje y las tramas de cada relato ―si es que existen en la mayoría― se asemejan, la estructura en general muestra altas y bajas que perjudican el conjunto. Los desvaríos de la(s) narradora(s) deben, sí, mostrar locura, mas el desorden ―consciente o no― en que se dispone cada pieza debe ocultarse ante la vista del lector, invitarlo a una ilusión digna de esas “marionetas” que son manipuladas dentro del microcosmos expuesto. Salvo ciertos pasajes que rozan el lesbianismo, el resto de los “amantes” no muestran autonomía ni distinción, lo que menoscaba ritmo y verosimilitud.

Si en líneas anteriores se aludió a referencias un tanto pretenciosas ―mitología griega, canciones de corte alternativo, filmes como El último tango en París― que abruman el conjunto, son pocas de ellas las que sobreviven al objetivo de la autora. Y cuando embonan en dos o tres textos, se obtiene un ligero roce entre lo didáctico y lo juguetón que logra armonizar la temática inicial del libro.

A pesar de su disparidad, Ratas en la alta noche exige su lugar como referente literario y erótico contemporáneo al (de)mostrar que el sexo no debe vulgarizarse como la música “actual” y, como incentivo, nos invita a no cristalizar el lenguaje; a desentrañarlo y disfrutar de sus ilimitados usos, como si nos halláramos frente a un amante en una reconfortante alcoba.

LIBRO JAMILA 2

Jamila Medina. Ratas en la alta noche. Malpaís ediciones. México, 2011. 182 pp.

Daniel Silva B. (México, DF., 1989). Egresado de la licenciatura en Creación Literaria del Centro de Cultura Casa Lamm. Amante de la buena prosa, enemigo a morir de todas las películas de Marvel y amante de los buenos melodramas.

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