El símil más pendejo que he oído

Por Fernando Cervantes Radzekov

A Rigo

La mujer es como una pelota de basquetbol. Muchos son los parecidos: su perfecta forma circular; la rugosidad agradable al tacto; el deslumbrante color naranja que irradian. Pero lo que más encanta de ambas son las delicadas líneas negras que dividen su cuerpo: sensualmente curvas, eróticamente estrechas.

No obstante, a pesar de su atractivo, no todos pueden apreciarlas. Muchos son los hombres que piensan que el fin único de ellas es meter canasta, pero lo que realmente encanta es botarlas. Indescriptible es el placer de sus impactos sobre las manos, o el halo dolorido que queda luego de jugar con ellas. Hay otros, en cambio, que gustan más del sonido que emiten, pues mediante ese pulso sincronizan su alma con la de la esfera. E incluso hay quienes disfrutan ver las oscilaciones hipnóticas que poco a poco van expandiendo sus sentidos a horizontes inexplorados.

Sin embargo, al contrario de esos amantes del basquetbol, hay otros que malinterpretan a los balones: creen que por ser perfectos también son indestructibles. De este modo de pensar serán los que abusen de su fuerza, los que jueguen en terrenos inapropiados o los que fallen constantemente sus tiros sin sentir culpa. El resultado de estos desconsiderados será obvio: poncharán el balón. Puede que cuando esto suceda los brutos tomen conciencia y quieran reparar el daño. Mandarán el balón a la vulcanizadora, la grieta será sellada y el balón podrá contener nuevamente aire. Pero nada volverá a ser igual. Al momento podrán jugar con el balón de nuevo, incluso los encestes no serán problema; pero con el paso del tiempo se sentirán las consecuencias de la parchada. Poco a poco, al botar el balón, se sentirán las anomalías: groseros chipotes, penosos hundimientos o cambios de densidad inesperados. Al final el balón volverá a romperse y ya no tendrá reparación.

Pese a todos los problemas, hay quienes sí aprenden correctamente el juego. Por medio del respeto y la consideración serán ellos los que aprovechen al máximo las características elásticas de los balones. El equilibrio les dará la felicidad. Los lazos que formen serán inamovibles y eternos. Serán uno con el balón. En divina comunión, hombre y pelota, ganarán todos los partidos por el resto de su vida.

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Fernando Cervantes Radzekov (San Salvador Atenco, Estado de México, 1989). Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Redactor en LINNE Magazine. Sus cuentos han aparecido en Revista Marabunta y Revista Hysterias. Sufre de trastornos del sueño y otros males de la psique. Su inspiración: una tesis que lo frustra, venlafaxina y mucho café.

lf.cervram@gmail.com

@FernandoCervan3

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