El jazz del Cadejo

Por Sady Colin

A Milton W.

Dicen que si se te aparece es malo, yo no lo creo; todo lo hice por recuperar a mi chavito. Él sí me dolió. Total, las viejas van y vienen, pero los hijos… los hijos son otro pedo. Y así como me ves, ahorita puedo enrollar el churro sin ninguna bronca y pagarles lo que me pidieron, pero hace unos meses tenía las dos manos completamente inútiles y estaba bien endeudado: ese fue el pretexto de la muy cabrona para llevárselo.

Es mujer de cuidado, cuando vivía con ella me di cuenta de que hacía cosas raras, no sé si llamarle brujería, pero mis amigos me decían: “No mames, ¿qué le viste si está bien pinche fea? Seguramente a ti te hizo un amarre, pendejo”. De eso, yo no podría decirte nada. También tenía lo suyo, me apoyó en un momento en que la vida me pateaba, y en verdad se lo agradezco, pero tampoco me podía estar quieto, a mí me gustan las viejas. Y ella se encabronaba, pero no tenía de otra; incluso le dije: “Por mí no hay bronca, si quieres puedes tener un amante”, pero está tan de la chingada que nunca pudo ligarse a otro güey ni con sus magias.

Tenemos años de habernos separado y hasta el momento no le había conocido a otro güey, por eso me jodía a cada rato apareciéndose en las tocadas y en los bares a donde iba a pasar el rato con mis valedores, y se emputaba si me veía con otra mujer.

―¡Soy la madre de tu hijo, imbécil, merezco respeto!― me gritaba enfrente de todos.

―¡Ni madres, yo no te ando paseando ninguna vieja frente a tu casa!

Aquella situación tan incómoda debía tener un final; fue ella quien lo puso.

―Ya sé que nunca se te va a quitar lo pitoalegre; por eso te voy a dar en donde más te duele.

Eso me dijo, antes de subir a un taxi, al terminar nuestra última pelea en la calle. La verdad ya estaba acostumbrado a sus amenazas pero esta vez su voz tenía algo extraño. De todas maneras volví al bar a seguir chupando; a medida que pasaban las cervezas iba notando que mis dedos se entumían, al principio creí que era por lo frío de las botellas y no le di importancia.

Al día siguiente tenía las manos tiesas, engarrotadas. Pensé en cancelar el ensayo de la tarde, pero ya le había quedado mal a esos cuates y ni modo, me arriesgué aunque no pudiera agarrar bien las baquetas.

―No hay pedo, cabrón― me dijeron ―venimos cuando estés mejor.

Lo peor fue cuando me enteré que los hijos de la chingada, a los dos días, me habían cambiado por un bataco nuevo.

Para rejoderla, el pinche médico no le atinaba a mi problema, había sacado un buen de diagnósticos: artritis juvenil, una especie de fibromialgia, tendonitis y más pendejadas; al final sólo me dio medicinas para el dolor y me puso en observación.

Mientras, yo iba perdiendo los trabajos que llegaban a caer, a veces mis amigos me ayudaban con algo de dinero pero a mí me daba rabia causar lástima en secreto. Sólo me consolaban los fines de semana cuando tenía a mi escuincle corriendo por toda la casa, haciendo berrinches y jugando con el gato del vecino.

―Papá, ¿qué te pasó en tus manos?― me preguntaba.

―No sé, hijo, el doctor me va a decir luego― respondí intentando, sin éxito, lavar un plato.

Aquella situación la supo aprovechar mi ex mujer, quien comenzó a visitarme en las tardes para ayudarme a limpiar los cuartos; a veces llevaba de comer o me daba efectivo. Se quedaba a dormir y aprovechábamos para hablar del pasado. Me llegué a sentir agradecido con su presencia y a descartar que mi mal pudiera provenir de ella, y lo notó, incluso me propuso que viviéramos juntos de nuevo, que fuéramos una familia normal, que dejara la música, que consiguiera un trabajo decente, que… que…

La neta, no le dije nada, no quería ser culero con ella después de tantos días apoyándome, pero al final ella misma terminó desengañándose.

―¡Hijo de la chingada! ¿Me puedes decir que es esto?― preguntó mostrándome un sostén de terciopelo y encajes negros.

―Un chichero― respondí.

―¡Y lo dices tan tranquilo, pendejo! ¡Lo encontré en el baño al lado de la toalla!― gritó mientras me lo lanzaban a la cara.

―¡Cálmate, ya no somos nada ni volveremos a estar juntos!

Y se puso bien loca; comenzó a darme de cachetadas y a amenazarme con que me pondría peor, después despertó al niño para llevárselo, dejándome con ganas de matarla.

Al día siguiente mis manos estaban más tiesas y pesadas, tardé media hora en agarrar el celular y otro tanto en leer un mensaje en el que mi exmujer me decía que, dada mi situación de miseria, no dejaría más a mi hijo quedarse conmigo, pues aunque ella, por buena onda, me diera algo de dinero para su comida, ¿quién le aseguraba que no me lo gastaría en viejas? Así me fui quedando solo, incluso el gato dejó de ir… Ella estaba ganando, aun cuando mis amigos me dijeron que conocían a un brujo muy poderoso para revertir todo el mal, no tenía con qué pagarle.

Un día, cuando me sentía más mierda que de costumbre, vi al gato del vecino correr hacia su casa, el animal estaba casi irreconocible, había enflacado hasta volverse pellejudo y tenía el pelaje cenizo. ¡Y sólo se había desaparecido por dos días! Escuché cómo la vecina gritaba que a su “chiquito” se lo había querido ganar el Cadejo e iba a poner sobre aviso a todo el vecindario.

¿Qué es el Cadejo? En Tuxtla y en otros lugares de por aquí, así se le llama a una especie de diablo que se transforma en lo que se le da la gana. En ese tiempo sus pinches apariciones me tenían sin cuidado, yo estaba muy  jodido y sólo quería morirme.

“Si pudiera, te dedicaría una improvisación, pinche Cadejo” pensé burlándome mientras me acababa de un trago la cerveza y arrojaba la lata.

Me fui a recostar; en sueños me pareció ver a un enorme gato entrar en la casa, era feo y confianzudo, saltó hacia mi cama y se recostó pegadito a mí, le iba a dar una patada para espantarlo cuando sentí que golpeé algo más grande. Me levanté y vi a un tipo sentado en el borde izquierdo, vestía saco, corbata y un sombrero le cubría el rostro; fumaba tranquilamente y me miraba con dos ojos rojos y brillantes.

―¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí?

―Vine a escucharte― respondió con una voz espantosa.

Estaba a punto de caer por la impresión, pero él me quemó el brazo con su cigarro para que no perdiera el conocimiento.

―¡No puedo hacerlo! ¿No ves cómo estoy!― protesté.

Entonces, él alargó otra vez el pinche cigarro y me lo puso en la mano izquierda, sentí cabroncísimo y la retiré enseguida, pero también me di cuenta de que tenía un poco más de movilidad.

Prendí las luces y caminé hacia la batería, el tipo me siguió y se sentó enfrente de mí. El sombrero le seguía tapando el rostro y me miraba con impaciencia; comencé a improvisar mientras él encendía otro cigarro. Toqué y toqué, el tipo no daba muestras de aburrimiento ni de entusiasmo, sólo permanecía con una pose mamona observando todos mis movimientos, cuando terminé se levantó y antes de marcharse me hizo una seña de que regresaría.

La noche siguiente llegó muy puntual, esta vez acompañado de dos invitados muy raros, chaparros y prietos como demonios; todos se sentaron a mi alrededor para escucharme. Hice el esfuerzo y nuevamente improvisé algo, aun cuando no me encontraba del todo bien; a medida que le daba a la batería mis manos se iban recuperando, cuando terminé me dejaron dinero y se marcharon. Esa situación se repitió por tres noches más; cuando éstas terminaron, estaba completamente sano y tenía dinero. Además comenzaron a llegar nuevos trabajos, pagué mis deudas y recuperé mi vida, aunque seguía sin poder ver a mi chavito.

―Él puede quedarse conmigo, por la lana no hay bronca; es más, te perdono tus pinches brujerías, sólo te pido verlo.

Pero la muy cabrona  me miraba de arriba abajo pensando en cómo chingarme otra vez.

―Ya no sé si dejarlo contigo, no eres un buen ejemplo para él.

―Por favor entiende: cuando estoy con él no meto a ninguna mujer a mi casa.

―¡Ah, sí! ¿Y el pinche brasier que encontré?

―Era de la Fanny, pero ella tiene un horario para visitarme.

―Sinvergüenza― dijo apretando los dientes y echándome de un empujón a la calle.

Lo peor fue cuando el niño se dio cuenta de mi presencia y comenzó a gritar desde su ventana que no me fuera, con una seña le prometí regresar.

―Ok, ésta va por mi hijo― pensé mientras, nuevamente, improvisaba un solo de batería.

Esta vez el animal llegó convertido en una perra blanca que se transformó en una mujer buenota, vestida de azul, con el rostro tapado por un sombrero de ala ancha y un fino cigarrillo en la boca.

Durante el tiempo que duró mi improvisación tampoco quitó su pose de pocos amigos y al terminar salió de la casa haciendo más ruido que la vez anterior. Aquello se repitió dos noches más llevando a los invitados de antes, pero yo no iba a terminar hasta no ver resultados.

Y como Tuxtla es muy pequeño, el rumor de mis tocadas nocturnas con una audiencia extraña llegó a los oídos de ella. Al cuarto día ya la tenía otra vez golpeando la puerta de mi casa para preguntarme  quiénes eran todas esas gentes, que si eran decentes, que si por eso siempre tenía dinero y que así menos volvería a ver al niño.

―¡No son malas personas, me pagan porque improvise algo de jazz!

―¿Pero quién te va a pagar a ti por esas chingaderas? ¡Seguro trafican drogas y tú estás en el ajo!

Yo, en un arranque de ira y para quitármela de encima le dije que se quedara. Ella entró a la casa y se sentó en el lugar principal del estudio. No hablamos durante el tiempo de espera, yo ni siquiera le ofrecí agua, estaba preocupado de que el Cadejo no llegara o llegara transformado en una vieja despampanante y eso me trajera más pleitos inútiles con mi ex mujer. Pero Él llegó vestido de sombrero y saco, acompañado de sus dos achichincles; la saludaron a ella con una seña y también me hicieron una para comenzar con el show y así comencé a tocar “El jazz del Cadejo”.

¡Fue la improvisación más larga de mi vida! Y durante ese tiempo uno de los acompañantes del Cadejo ―el más gordo, feo y colocho― se le acercó a ella, se sentó a su lado y comenzó a acariciarle las piernas; después los dos ya andaban bien abrazaditos ¡y yo seguí con la música! Pues ni modo de golpear al otro por el favor que me hacía.

Cuando terminé, se levantaron, me hicieron una señal de despedida y se marcharon; el colocho se llevó a mi ex mujer bien agarradita de la cintura, ella sólo me lanzó una mirada de desprecio antes de azotar la puerta.

―¿Preguntas si la había dejado en buenas manos con un valedor con pinta de diablo? Pues ni sé, a mí sólo me bastaba con que se la cogiera bien e hizo un buen trabajo: a los dos días ella llegó a la casa con mi chavito para encargármelo, pues iba a salir por unos días con su nuevo novio. Yo estaba contento de tener a mi escuincle de nuevo. Te digo: el Cadejo es a toda madre, por eso me ves movido metiéndoles presión a ustedes, quiero que este jazz suene más potente ahora con el piano, el sax y los…

Baterista.jpg

Sady Colin (México, D.F, 1985). Politóloga por la UNAM y egresada de SOGEM, con tres cuentos publicados en Editorial Endora y nueve cuentos para niños en Editorial Unidos Por la Lectura, ha hecho labor periodística para la Universidad Obrera de México y la Liga Internacional de Trabajadores con sede en Brasil.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. javier ordaz arias dice:

    Poca madre esta bien chingon.

    Me gusta

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