Christopher Okigbo: Guardián de la palabra en la Puerta del Cielo

Por Genaro Ruiz de Chávez Oviedo

Al escuchar el nombre de Christopher Okigbo (Ojoto, Nigeria, 1932-1967), la primera asociación que salta a mi memoria es la del arranque de uno de los poemas emblemáticos de la poesía dub, “If I waz a Top-Natch Poet”, de Linton Kwesi Johnson. El poema comienza así:

If I waz a top-natch poet

like Chris Okigbo

Derek Walcot

or T.S. Eliot

I woodah write a poem

soh dyam deep

dat it bittah-sweet.

 

Like a precious

memori

whe mek yu weep

whe mek yu feel incomplete.

Para Linton Kwesi Johnson, Christopher Okigbo es el “tap-natch” ―válido jamaicano del término “top-notch”―, que encabeza el panteón de poetas de la negritud. La intensidad de su obra bastó para encumbrarlo ahí. Recordemos que “top-notch” refiere, en el lenguaje propio del western, a la práctica en la que los pistoleros marcan el cañón de sus revólveres para indicar la cantidad de muertos que llevan en su haber. Pero Okigbo no dejó detrás un camino de gatilleros caídos, sino de hallazgos estéticos, de identidades desenmascaradas, sincretismos y fulgores que conforman su poesía. Cada una de las marcas en el revólver de Okigbo significó un cimiento para el cuerpo de la literatura africana.

Con una vida breve, truncada a los 35 años por la guerra de independencia de Biafra, Christopher Okigbo legó una figura singular dentro de la poesía moderna del siglo XX; figura imantada cuya fuerza de atracción reside en sus imágenes poéticas y en la búsqueda de una identidad múltiple.

Con Puerta del Cielo (México, 2015) la editorial Mangos de Hacha es la encargada de crear el enlace entre el autor nigeriano y el público lector hispanohablante, con versiones del inglés a cargo de Obioma Ofoego y Laura Petrecca.

Este volumen reúne una muestra importante del trabajo poético del autor, que incluye los libros Puerta del Cielo (1962), Límites (1962), Distancias (1964) y Camino del Trueno (1965-67). Estos conforman el grueso de la obra publicada en vida por Okigbo, que en 1971 fueran incluidos junto con otros materiales rescatados de la destrucción en la antología Laberintos.

Más allá de la evidente influencia de la poesía moderna anglosajona y el teatro clásico, en la poesía de Okigbo podemos encontrar glosas y reflejos de algunos autores latinoamericanos conocidos. Como lo señala el profesor Michael J.C. Echeruo en “Christopher Okigbo y América Latina”, texto que funciona como epílogo a esta edición de Puerta del Cielo:

Creo que los ecos de poetas latinoamericanos en esta traducción serán entendidos (y con razón) por haberle permitido a Okigbo ‘tender su mano y tocar’ un mundo de escritores con el cual solo podía relacionarse a través de una larga distancia temporal y espacial. […] Esta traducción de los poemas de Okigbo, estoy seguro, va a dar testimonio de sus conexiones estilísticas y temáticas con escritores latinoamericanos, especialmente en lo que hace el naturalismo y al neo paganismo que marcaron cierto distanciamiento de Latinoamérica  respecto del viejo Continente.

Durante el periodo en el que Okigbo trabajó en la biblioteca de la Universidad de Nsukka, tuvo la oportunidad de leer y entrar en contacto con autores de todo el mundo. Es necesario mencionar a Bernardo Ortiz de Montellano (Ciudad de México, 1899–1944), cuya obra influyó directamente en algunos de los libros que Okigbo escribió después de 1964. Aquí se abre un vínculo que creo interesante, puesto que acerca dos visiones de mundo radicalmente diferentes bajo cierta vena de la poesía moderna que tiene su origen en Paul Valéry y que habríamos de llamar “poética de la anestesia”. A partir de esta clave de lectura, encontramos un juego de reflejos entre el Segundo Sueño (1933) de Ortiz de Montellano y la obra de Okigbo reunida en Puerta del Cielo, pero sobre todo en el poema “Distancias”, en donde la influencia es más marcada. Baste mencionar el estribillo de Segundo Sueño: “Soy el último testigo de mi cuerpo”, y recordar el “Argumento” de éste ―la inmersión en un sueño anestésico durante una operación quirúrgica― y releer el poema de Okigbo para apreciar los puntos de contacto:

De carne a fantasma sobre la piedra horizontal                 

Yo fui el único testigo de mi regreso…                 

[…]

Minero en mi soledad,                 

Voz encarnada del  sueño,                 

Tú irás

Conmigo como  tu seguidor principal,                 

Otra vez al hormiguero…                  

Yo fui el único testigo de mi regreso.

(Distancias, I)

No obstante, la divergencia entre ambas poéticas es significativa. Donde el viaje lúgubre de Ortiz de Montellano culmina en una prefiguración de la muerte, Christopher Okigbo asume una postura vital sorprendente. El poeta es el vocero de un pueblo: “Yo Okigbo, pregonero junto a mi campana de hierro”; o acaso, como un sacerdote Igbo al servicio del eterno femenino representado en este caso por la Madre Idoto. Los poemas de Okigbo traducen en canto el misterio cifrado en los relámpagos y el tañer de los tambores, al mismo tiempo que son el espacio de confluencia entre la tradición poética moderna y los ríos profundos que nutren la identidad étnica africana. Cadenas de imágenes oníricas y revelaciones solares de vivísima naturaleza, poesía coral y memoria histórica que se encuentran en la voz del pregonero y su campana.

Puerta del Cielo es una publicación cardinal para orientarse en el mapa de la poesía del siglo XX y, aún más allá de eso, simplemente para conocer a Christopher Okigbo, ese tap-natch poet o guardián de la palabra en la Puerta del Cielo.

Puerta del cielo

Christopher Okigbo, Puerta del Cielo, Ed. Mangos de Hacha-CONACULTA DGDP, Traducciones de Laura Petrecca y Obioma Ofoego, México, 2015. 96 pp.

I El Pasaje

Frente a ti, madre Idoto,

estoy desnudo;

frente a tu presencia de agua,

un prodigio

 

apoyado sobre una copaiba

perdido en tu leyenda.

 

Bajo tu poder espero

descalzo,

guardián de la palabra

en la Puerta del cielo;

 

desde las profundidades de mi grito:

presta atención y escucha…

 

 

Aguas turbias del comienzo.

 

Rayos violetas y breves, perforando la penumbra,

anuncian el fuego que se sueña.

 

Arcoíris a lo lejos, arqueado como una boa al ataque,

anuncia la lluvia que se sueña.

 

En el invernadero

la soledad invita,

al pájaro lavandera, para contar

un cuento enramado;

a un pájaro sol, para llorar

a una madre de espuma.

 

Lluvia y sol en un solo combate;

en una pata sostenido,

en silencio en el pasaje,

el joven pájaro en el pasaje.

 

 

Caras silenciosas en la encrucijada:

festividad negra…

 

Caras de negro como una larga

columna negra de hormigas,

 

detrás del campanario,

hacia el jardín caliente

donde los senderos se unen:

festividad negra…

 

Oh Anna frente a los picaportes del panel oval,

escúchanos en la encrucijada frente a las grandes bisagras

 

donde los organistas en su galería

ensayan viejos encantadores fragmentos, solos-

melodías de hojas de naranjo impresas en las páginas,

pálidas por la luz de los años guardada entre cueros:

 

Estamos en los campos de maíz

escuchando entre los músicos del viento,

Oyendo al viento balanceándose sobre

Su fragmento más encantador…

Texto tomado de la versión reseñada, traducción de Laura Petrecca y Obioma Ofoego.

 

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