De la lucha a la filosofía

Por Alberto Villalobos Manjarrez

Cuando el filósofo estoico Séneca refiere un episodio de la vida de Demetrio el cínico, lo hace para mostrar una actitud determinada ante la muerte. Se sabe que este filósofo cínico, durante el siglo I d.C., asistió a Trásea Peto ―personaje con influencia en el senado romano― durante su suicidio. Demetrio fue el único que permaneció con Trásea Peto hasta el final; su familia y amigos se habían retirado de la sala. La muerte y la inmortalidad del alma fueron la materia de su diálogo hasta que el veneno hizo efecto. Una singular figura emerge entonces en esta conversación: el atleta.

En el diálogo se dice que el buen atleta no es aquél que conoce todos los movimientos existentes en su ámbito, sino el que conoce los necesarios y es capaz de realizar los más efectivos. El atleta aquí mencionado es el luchador. Por eso, en Sobre los Beneficios, Séneca escribe: “El gran luchador no es, dice, quien conoce a fondo todas las figuras y todas las llaves que apenas se usan sobre el terreno, sino quien entrenó bien y concienzudamente en una o dos de ellas y acecha su empleo con atención”. Es ésta una reflexión para la hora suprema, para el final de los días, en el que las palabras del moribundo se sostienen en la imagen de la destreza, la habilidad y la fuerza necesarias para cualquier embate por parte de otro: el contrincante o la muerte misma. No obstante, la imagen del luchador, del atleta, no se circunscribe únicamente al ámbito de la lucha, sino que se presenta como un modelo, como un ejemplo, para hacer frente a cualquier tipo de situación en la que, de nuestra parte, sea necesario un combate. Para esto es necesario cierto saber, cierta habilidad, que se encuentra justamente en el hecho de poder utilizar a nuestro favor una serie de técnicas, quizá sólo unas pocas, pero que demuestren su efectividad. Es en la vida, en el modo de conducirnos, en el modo de hacer frente a los infortunios, donde también habría que mostrar tal estrategia.

Dentro del estoicismo, el emperador Marco Aurelio es afín a esta perspectiva. La figura que prevalece es la del atleta de la espiritualidad antigua. El filósofo escribe en sus Meditaciones: “El arte de vivir se asemeja más a la lucha que a la danza en lo que se refiere a estar firmemente dispuesto a hacer frente a los accidentes incluso imprevistos”. Se presenta aquí cierta disputa entre la danza y la lucha. La primera gira sobre sí misma; la segunda se mantiene a la espera del otro ―el contrincante, el enemigo, el infortunio, la muerte―, en guardia, con firmeza, pero con la posibilidad de modificar su posición en cualquier momento si la situación así lo precisa. Todo lo que pueda acechar a este luchador antiguo proviene del exterior; por eso es preciso un entrenamiento, una preparación, incluso una modificación de la forma de vida, para permanecer de pie y no ser derribado ―aunque, por otra parte, se podría echar mano de la lucha en piso, si uno ha caído.

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Además del entrenamiento, las renuncias, las abstinencias y el coraje físico que implica la preparación para la lucha, el filósofo estoico Epicteto exhorta a volverse invencible. No es en el pancracio ―la forma de atletismo más terrible de la antigüedad, en la que todo tipo de ataque estaba permitido, a excepción de colocar los dedos en los orificios faciales del contrincante― ni en la lucha ―donde se pierde el combate si se cae al suelo con la espalda, la cadera o el hombro― donde habría que lograrlo, sino en el terreno donde se es más fuerte. Si los bienes, el poder, el cuerpo y las relaciones con los otros pueden ser arrebatadas, ¿en qué circunstancias, en qué ámbito, uno va a ser invencible? Es en el terreno del libre albedrío: el control de las representaciones. Este control consiste primeramente, según Epicteto, en aprender a diferenciar lo que depende de nosotros de lo que no. Uno debe mantenerse en guardia y discriminar las representaciones de lo que acontece, para borrar todo padecimiento y lamentación de la existencia, y así progresar.

¿Y en qué consiste este progreso? Epicteto responde: “Si alguno de nosotros se aparta de lo externo y centra el interés en su propio albedrío, en cultivarlo y modelarlo de modo que sea acorde con la naturaleza, elevado, libre, sin impedimentos, sin trabas, leal, respetuoso; si ha aprendido que el que desea o rehúye lo que no depende de él no puede ser ni leal ni libre, sino que por fuerza cambiará y se verá arrastrado a aquello y por fuerza él mismo se subordinará a otros, a los que pueden procurarle o impedirle aquello, y si entonces, al levantarse por la mañana, observa y guarda estos preceptos […], practicando en cualquier materia los principios que le guían, como se aplica el corredor a la carrera y el maestro de canto a cultivar su voz, ese es el que progresa de verdad y el que no ha salido de su casa en vano”. Progreso que hace de la existencia una prueba que precisa de técnicas, entrenamiento y lucha.

Alberto Villalobos Manjarrez. Maestro en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México. Licenciado en Psicología por Centro Eleia. Actividades psicológicas. Ha realizado una estancia de investigación en el departamento de Filosofía de la Universidad Paris-1 Panthéon-Sorbonne. Actualmente es profesor universitario de Psicología y Filosofía.

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