Ela

Por Ángel Soto H.

El cuerpo desnudo de Marcel aplasta a Ana Laura con sus jadeos insoportables y ajenos. Ella, recostada con los ojos cerrados permite que él la penetre de forma salvaje, no le da respiro. A Marcel no le importa nada más que satisfacer su propio placer. El cuarto se pierde en una semioscuridad deprimente, los escasos y apolillados muebles no alcanzan a escapar a esa depresión. Hace calor. Las ventanas permanecen cerradas impidiendo que el aire fresco del exterior penetre como único salvador de la angustia en la que ella subsiste, mientras él, sobre la cama, la lastima sin darse cuenta. Ana Laura no ve ni siente nada esa noche, los ojos cerrados obligan a su mente a perpetuarse distante, muy lejos de ahí, a recordar el pasado: a Alberto y su violencia, los golpes que él le propinaba sintiéndose con el derecho de esposo celoso y enfermo. Recuerda los cuatro años de matrimonio angustiante, su ira descargada contra ella, a diario, a todas horas, en todos lados. Ahora, eso ha quedado atrás, Alberto es un recuerdo  que inunda su mente con frecuencia.

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1

Esta noche, Ana Laura se siente la mujer más desdichada en el mundo. Se descubre ajena en medio de un alboroto incesante: las copas chocando con cada brindis, las carcajadas que se confunden con el aire frío de la tarde que muere en esos momentos, el mariachi que no para de tocar canciones melancólicas y el bullicio de los niños que juegan en una enorme masa inflable. Todo ello la aturde un poco, enfundada en un vestido que apenas le vino para ocultar los cuatro meses de embarazo, oye todo sin escuchar nada, confundida, un poco aturdida.

El día que a lo largo de su vida tanto había esperado, llegó por fin. Su imagen, de pie frente al altar al lado de un hombre que apenas conoce, que apenas la conoce. Sintiéndose ajena a todo y a todos, no se reconoce. Ahora, observa a Marcel en una mesa lejana, riendo y bebiendo hasta el cansancio acompañado de otro gringo que al igual que él, apenas conoce el idioma.

Ana Laura no alcanza a escuchar lo que en momentos cuchichean, pero aunque así fuera, tampoco lo comprendería, ella no habla el idioma de su ahora esposo: “Can you see that girl?” pregunta Marcel a su amigo, “Oh yes, she’s beautiful”, responde el otro lanzando una mirada lasciva a cualquier extraña que pasa frente a ellos. Pareciera que en medio de esa diversión Marcel apenas se da cuenta en dónde está, del momento, de la existencia de  su esposa.

A lo lejos, Ana Laura observa angustiada que, para él, todo mundo está presente menos ella, no entiende qué es lo que pasa ni por qué aceptó casarse nuevamente, no se da cuenta de que su inseguridad y sus apegos, producto de su triste y lejana infancia, la llevaron a entregársele sin siquiera amarlo. Ni siquiera recuerda claramente esa noche calurosa cuatro meses atrás, la noche en que concibieron a Ela.

Ana Laura va de un lado a otro con los pies empapados y sucios, atendiendo a todos mientras Marcel no para de beber, pasa frente a él infinidad de veces sin siquiera captar su atención, ella lo ve de reojo, nota su indiferencia. ¿De quién se habrá enamorado? ¿por qué lo ve siempre a través del humo? Ese humo que se eleva de los cigarros que los invitados fuman en exceso.

Marcel y Ana Laura se conocieron en medio de tradiciones, de danzas y el sonido del huetl huetl retumbando sobre las columnas de la catedral metropolitana. Un gringo atraído por la danza prehispánica, por las tradiciones de un país diferente al suyo, atrapó la atención de Ana Laura sin remedio.

Se dejó envolver por la imagen seductora de Marcel, por la atracción física, puramente carnal, que siempre ha tenido por los extranjeros, fuertes y hermosos a sus ojos; por la inseguridad que la caracteriza y por las heridas que le dejaron los golpes y la separación de Alberto.

No se dio cuenta cómo fue que después de tan poco tiempo se encontraba una noche debajo del gringo, desnuda, en un lugar desconocido al que no pertenecía y del que no sabía nada.

Se dio cuenta de que ella no existía para Marcel, él siempre con sus palabras totalmente incoherentes con sus acciones. Se sentía ajena y perdida, sabía que no podía esperar nada de él, que lo peor que podía desear era terminar a su lado, como ahora ocurría.

De esa noche, sólo le quedó la ilusión de concebir un ser que crecería dentro de ella, se entregó a Marcel sin meditarlo siquiera, sólo dejándose llevar por sus vacíos, por sentirse amada, aunque esa noche no lo haya sido en realidad. Ana Laura perdió la sensación en su cuerpo maltratado y débil, incapaz de dar vida a un ser sin correr el riesgo de sucumbir. Sintió anestesiadas sus emociones, su vida, su ego deteriorado después de tantos años de golpes y maltratos. Se entregó a un hombre que ni siquiera conocía, del que no sabía nada, sólo eso sabía… Nada.

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2

La televisión apenas capta alguna imagen con dificultad, ciento veinte canales y ninguno se ve, con excepción de esas imágenes borrosas. Ana Laura permanece sentada frente al televisor inmersa en un viejo sillón. El cuarto es frío y pestilente, detrás de ella algo se mueve envuelto en una pesada manta; Ana Laura voltea y se incorpora, toma a Ela entre sus brazos, la arrulla tiernamente con una mirada amorosa, la pequeña parece darse cuenta de aquel amor maternal, sonríe a su madre y agita las manitas para tocarle el rostro. En ese momento escucha un nombre conocido, voltea al televisor y lo ve: Marcel es buscado y perseguido por las autoridades de un mundo sin autoridad. Los ojos de Ana Laura se abren de par en par henchidos de terror, él es un asesino perseguido y dueño a la vez de ese mundo decadente, nadie está a salvo. Los ojos de Marcel parecen encontrarse con los suyos, la mira desde el televisor con una sonrisa maléfica. Ana Laura cubre nuevamente a Ela y sale con prisa del cuartucho, corre lo más rápido que puede en medio de un valle desértico hasta encontrarse ante una enorme masa de hierro, una bodega de desperdicios industriales. Se esconde en medio de hierros oxidados que huelen a humedad. Entonces observa a alguien acercarse, un grupo de niños harapientos y armados con cualquier cantidad de fierros retorcidos que buscan algo desde la lejanía, presiente que la buscan a ella, pero… ¿Para qué?

Voltea y la ve. Una pequeña de ocho años está frente a ella. Ana Laura se recuerda y se reconoce en esa pequeña niña, ella le sonríe intentando no asustarla, pero Ana Laura está aterrada. La pequeña se lleva un dedo a los labios.

―Shhh, no hagas ruido…

―¿Quién eres tú?― pregunta Ana Laura en medio de su asombro.

―No te preocupes, ellos las buscan pero no las encontrarán mientras yo esté aquí.

Ana Laura asiente conmovida.

―Cuida mucho de ella, por las dos― dice la pequeña incorporándose.

―Pero… ¿A dónde vas?― pregunta Ana Laura.

―Eso no tiene importancia por ahora, lo que realmente importa es a dónde irás tú, nunca olvides eso.

Luego, se aleja despacio con una sonrisa en los labios, se dirige al encuentro del grupo de harapientos. Ana Laura observa cómo se abalanzan sobre la pequeña, un golpe certero la hace caer como un costal endeble ante su mirada aterrada rogando porque Ela no comience a llorar. Al primer golpe siguieron los demás, el sonido de los tubos oxidados quebrando los pequeños huesos salvajemente hacen eco en las vigas que sostienen la estructura donde Ana Laura permanece escondida. Cierra los ojos con asco, escucha los golpes por espacio de varios minutos con lágrimas cayendo por su rostro tembloroso. Después, el silencio.

El grupo de asesinos se ha ido, lo único que Ana Laura logra ver al abrir los ojos es un cuerpecito destrozado en medio del valle desierto y a los buitres que comienzan a volar en círculos sobre la sangre y el montón de huesos rotos a los que ha quedado reducida la pequeña, el viento también vuelve esparciendo el olor a muerte por el valle.

***

Ana Laura despierta de un sobresalto, se da cuenta de que el derrame no ha parado, que se desangra poco a poco y sin remedio. Ha perdido a Ela y con ella se le va la vida, ha perdido a Marcel y con él se le van las ilusiones. Recuerda la manera en que él la vio desangrar hasta el punto de morir sin darle la menor importancia, la abandonó en medio de sangre y lágrimas, la dejó al borde del abismo. Fiel a sus principios, huyó sin remordimientos aunque ella, poco a poco, moría.

Se incorpora con dificultad, con la respiración agitada siente cómo el sudor resbala por sus sienes. Aún está débil, la pérdida de sangre la ha empotrado en esa cama desde hace diez días, no ha podido levantarse, andar. Esa noche se levanta con esfuerzo, se acerca despacio al espejo frente a su cama, parecería  tenerle miedo a esa imagen horrorosa reflejada frente a ella. Observa su rostro hinchado, sus cabellos desaliñados que le caen en desorden sobre los hombros, su piel maltratada, los labios semiabiertos dejando escapar un hálito de nostalgia que humedece el espejo por momentos. Lleva sus manos a ese rostro miserable, lo acaricia con las yemas de los dedos, observa sus ojos tristes, siente la sangre de nuevo salir a torrentes de sus fosas nasales, siente el dolor que la ha acompañado desde hace mucho tiempo, siente también correr las lágrimas que comienzan a caer de sus ojos inundando sus dedos aún sobre la cara.

Frente al espejo, Ana Laura llora desconsolada. Ha regresado del sueño. Ha perdido a Ela y de Marcel no sabe nada. Siente los ríos salados que caen de sus ojos hinchados mojándole el rostro y aquellas palabras en su mente:

Lo importante es a dónde irás tú, nunca olvides eso.

Angel Soto H. (Ciudad de México, 1974). Ha colaborado en la revista Trilogía periodística y en Grupo Dimas Ediciones.

Email: jeanlhou@hotmail.com

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