Verse al espejo: lo negativo de los estereotipos de belleza femenina

Por Brenda Pichardo

La violencia simbólica en los medios de comunicación, a través de la publicidad, refuerza estereotipos de género y de belleza, que tienen consecuencias no sólo en nuestra autoestima, sino también en nuestra salud, que es siempre la más afectada. ¿Cuántas veces hemos hecho una dieta express antes de viajar a la playa para entrar en ese mini traje de baño? ¿Cuántas veces nos hemos sentido avergonzadas de esa lonjita que sobresale del pantalón? ¿Cuántas ocasiones hemos sentido enojo, frustración o incluso una secreta tristeza frente al espejo de una tienda de ropa, por ese vestido en el que no entramos o porque no lucimos como la chica del anuncio?

“O ese espejo tiene algo, o este vestido está mal cortado”, me he dicho algunas veces; ninguna de las dos, “he subido de peso, ¡maldita lonja!”.

La disputa frente al espejo es con una misma, parecido al cuento de Blancanieves, en el que la malvada bruja se mira una y otra vez al espejo para la pregunta clave:

Espejito, espejito mágico en la pared dime una cosa, ¿quién es entre todas las damas de este reino la más hermosa?”

bruja

Y es lamentablemente cierto que desde pequeñas somos educadas para asumir naturalmente que debemos ser bonitas. Tanto es el peso que debe tener el cuerpo de una mujer en cuanto se concibe “destinada” para un otro (masculino), como un objeto de deseo, tanto es el peso que nos lacera, nos hiere, que nos hace darle la espalda a ese espejo, a nosotras mismas, a lo que somos, a volvernos ese personaje de Blancanieves que compite por ser la más bella, odiando lo que somos: un cuerpo con defectos, con acné, estrías, cabello reseco; chaparritas, morenas, con celulitis y lonjas, con los dientes chuecos o amarillentos, porque todo lo que no está dentro del estereotipo (mujer blanca, delgada, alta, clase media-alta, heterosexual y bonita: cutis y sonrisa de porcelana) debe ser negado, odiado.

I n d e s e a b l e.

La belleza es relativa, lo que los estereotipos hacen es invisibilizar cuerpas diversas. Sí, c u e r p a s, porque es la mujer quien es desvalorizada por ser fea, por ser diferente. ¿Cuántos comentarios, actitudes de aprobación, incluso memes, hemos escuchado o visto sobre la “pancita” de un hombre? Debe ser feo, fuerte y formal, dice la frase popular.

¿Por qué el cuerpo de una mujer no debe ser indeseable, según los estereotipos de género?

Me encanta el pensamiento de la filósofa Simón de Beauvoir, en alguna página de su libro El Segundo Sexo leí:

El hombre se piensa sin la mujer. Ella no se piensa sin el hombre. Y ella no es otra cosa que lo que el hombre decida que sea; así se la denomina «el sexo», queriendo decir con ello que a los ojos del macho aparece esencialmente como un ser sexuado: para él, ella es sexo; por consiguiente, lo es absolutamente.

No nos vayamos tan lejos, hasta la filosofía de Beauvoir nos hace preguntarnos: ¿para quién queremos ser bonitas y delgadas? ¿Para quién deseamos lucir ese vestido, esos pantalones ajustados, esa blusa de encaje? Que para el hombre seamos «sexo» implica que debemos parecer deseables ante sus ojos, volvernos el objeto de deseo y envidia de las demás mujeres, porque son nuestra competencia (o eso nos han hecho creer), si no: “nadie se va a querer casar contigo”, “nadie te va a querer así de gorda”, “ya se te pasó el tren”, “Solterona”… Y otra pregunta importante: ¿de verdad nuestro destino último es competir entre nosotras por ser la más bonita, la de mejor cuerpo, para ser elegibles ante un macho y que finalmente el matrimonio nos legitime como mujeres?

SororidadMPerez

La realidad es que así sucede, de otra forma, yo no tendría motivo para escribir esto y lo hago porque  si algo he aprendido desde mis encuentros con otras mujeres, con el feminismo y la sororidad, es que la salud pasa desapercibida: en detrimento de nuestra salud, nuestro cuerpo puede lucir en apariencia hermoso, cuando en realidad perdemos de vista que quizá con esas dietas forzadas, que por matarnos de hambre para entrar en ese vestido, en ese jeans ajustado, comemos menos y mal. Comida chatarra para matar ese hueco en el estómago, o ayunos injustificados; ejercicio en exceso y una mala alimentación puede resultar contraproducente. El músculo y las articulaciones se desgastan, y a más ejercicio, mejor alimentación se requiere para el rendimiento y recuperación del agotamiento que deja ejercitarse. Todas esas medidas que tomamos sobre nuestro cuerpo para que “luzca bien” en la mayoría de los casos resulta en negligencia: gastritis, hígado graso, ansiedad, migraña, y vayan ustedes a saber cuántas enfermedades puede traer como consecuencia odiar el propio cuerpo y descuidar la salud.

Si nos produce odio vernos al espejo, descuidar la salud y quizá tristeza por no tener el cuerpo de las chicas que salen en televisión, en las revistas, en los anuncios de ropa, no le veo sentido a competir entre nosotras por alguien, un varón, que nos puede reducir a sexo, a mero físico deseable. Somos muchas mujeres en el mundo, diversas y hermosas, reitero: no le veo sentido a que se nos imponga un estereotipo de belleza ligado al género. Basta de que el control de nuestras cuerpas se vea reflejado en la disputa cotidiana contra el espejo, contra nosotras mismas y entre nosotras, mujeres.

Diversas, feas pero también hermosas.

Brenda Pichardo (Ciudad de México, 1989). Feminista, comunicóloga por la UNAM, pepenadora de letras, bloguera, escribidora, mochilera, amante de los gatos; correr y ver películas es mi ocio.

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