“El arte es la mayor perversión”

Por Daniel Silva B.

Para un espectador, el arte sólo cumple dos funciones: la contemplativa y la decorativa. Es decir, que un cuadro o una escultura de mármol o bronce otorgan el poder de cultura sin entrar en detalles o razones que fundamenten ese poder de quien observa una pintura, un jarrón o cualquier pieza mostrada en una exposición. Sólo hay que desentrañar la Belleza. Es todo. ¿Acaso es admisible esta única postura acerca del Arte? Guillermo Arroyo Jiménez (Ciudad de México, 1986) brinda otras perspectivas en los siete relatos que conforman El libro de las artes, textos que son, más que un ejercicio narrativo, una visión, o varias, que traspasan los límites del simple goce o “sensibilidad” experimentados por un sencillo ser humano.

En un recorrido turístico que emprenden siete personajes ―todos orientales―  por ciudades como Tokio, Viena, México o Hiroshima, se encuentra un paseo aún más importante: el de la introspección que surge durante recorridos casuales y/o fatales. Así pues, nos hallamos ante jóvenes que son secuestrados para crear una ciudad donde se transite volando, hombres maduros que recurren a la eutanasia al sofocarse ante el tedio de la vida o una banda de asesinos que persigue el Poder  que un joven posee en sus manos sin saberlo.

De esta forma, la función “decorativa” de los objetos se rebela contra los límites de las vitrinas y toma por asalto a quien los posee. Una máscara, un sable, un símbolo histórico, hojas de té o hasta el silencio mismo se hermanan, no por su “simple” valor cultural en la tradición oriental. Todos se transforman en aliados o enemigos, a favor o en contra, de quien los utiliza para beneficios personales o colectivos.

Los relatos de Arroyo Jiménez se proyectan del mismo modo que las manifestaciones propuestas: fusiona su narrativa con aforismos y elementos ensayísticos que traslucen la importancia de la literatura más allá de las frases contundentes o las escenas “memorables”. Cada historia transpira una enseñanza, no sólo oriental, sino también universal. En conjunto, el libro promete lo insinuado en su título: un manual de instrucciones cortazarianas, sin el tono impositivo de éstas, que guíen al lector a una apreciación artística libre de tecnicismos o párrafos intrincados. Así, el lector es capaz de compartir y de proyectarse en la experiencia ─y los obstáculos de la misma─ del protagonista del relato en turno y adueñarse de la misma para cumplir una misión: comprender el arte más allá de las imposiciones académicas y encontrar un significado más allá del que dotamos a los objetos, sean ordinarios o extraordinarios.

A pesar de un par de cuentos que reiteran, mas no reinventan, historias y leyendas orientales, El libro de las artes consuma su misión: ampliar el horizonte de los lectores a través de la sencillez y la cotidianeidad; llevarlos a apreciar más allá de las sentencias que rigen la cultura y experimentar un goce que rebase la simple Belleza; y también a asumir los riesgos que el nacimiento de ese arte, ya personal y colectivo, conlleva. Guillermo Arroyo traza una exhibición en grupo de la cual, al concluir el trayecto, nadie puede salir inmune.

libro de las artes
El libro de las artes, Guillermo Arroyo Jiménez, Proyecto Literal, México, 2016. 188 pp.

Daniel Silva (México, D.F., 1989). Egresado de la carrera de Literatura y Creación Literaria del Centro de Cultura Casa Lamm. Odio las películas de Marvel y amo a más no poder los melodramas mexicanos, desde el Indio Fernández hasta Almodóvar.

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