Globos

Por Rozatl

Salí de la tienda con seis bolsas de globos. Seiscientos globos en total; serán suficientes para esta semana. Al llegar a mi casa dejé que la emoción aumentara, me gusta sentirla. Empecé con mi ritual de todos los días. Abrí una bolsa de globos y los tiré en el piso, me senté y miré ese mar de colores que había frente a mí. Compré dos bolsas de globos multicolores, dos de globos rosados y otras dos de globos blancos y puros. Siempre compraba globos redondos normales, los largos eran muy delgados y había globos industriales, pero eran demasiado grandes y delicados. Pensé en ellos, en lo que había hecho por ellos. Sacrifiqué a mi familia, a mis amigos, todo por ellos. Pero valió la pena. Todos esos globos son míos, me pertenecen, ellos me tienen a mi y yo a ellos; les doy la vida y se la quito. Pensé en el pasado, en las fiestas infantiles a las que mi madre me llevaba para que yo pudiera hacer amigos, pero yo sólo podía ver los globos. Sus colores tan brillantes y atrayentes. Jugaba mucho con ellos y nadie más. Después de verlos desde el sillón me acosté junto a ellos. Agarré uno de la boquilla y con un beso soplé dentro de él. Vi cómo crecía. Se me acababa el aliento cada vez que la besaba, y ella estaba a punto de explotar pero me gustaba dejarla así por un rato en lo que me encargaba de las demás. Continué besándolas a todas, dándoles vida. Cuando acabé con las cien, las volví a mirar, acostadas todas en el suelo. Las miré por última vez. Su redondez, su suavidad, no hay mujer que tenga esa firmeza que ellas tienen. Y su gracia, ¡pero que gráciles son! No son delgadas pero se mueven con el viento, bailan una danza tan sensual que me hipnotiza, no puedo dejar de mirarlas cada vez que bailan para mi. Mi cuerpo se calentó mientras las miré moverse. Sentí mi corazón latir cada vez más rápido. Mi sangre empezó a correr más rápido por todo mi cuerpo. Comencé a sudar mientras las veía. Me acosté al lado de ellas y rodé para reventarlas de placer. Sus gritos se escucharon en todo el departamento. Gritaban tan fuerte que hicieron zumbar mis oídos. Cuando acabé de rodar, vi que algunas sobrevivieron. La excitación hacía que me moviera torpemente pero pude alcanzar un cuchillo y pude matarlas una por una. Mi excitación aumentaba con cada asesinato. Vi cómo explotaban de placer, todo gracias a mí. Yo soy el que provoca esos gritos, esa explosión. Cuando al fin llegué a la última, los dos reventamos, gritamos, gozamos. Descansé un rato junto a sus cadáveres, aún agitado por la orgía que acababa de ocurrir en mi casa. La felicidad que me provocaron hacía valer todos mis esfuerzos, le daba sentido a mi vida. Miré el reloj, eran las nueve de la noche, ya era tarde. Los toqué ya desinflados, sin vida. El látex es fuerte pero una vez que se revienta deja mucho desorden. Recogí pedazo por pedazo, los puse en una bolsa de plástico y los tiré en el contenedor de basura. Entré a mi casa y vi las otras cinco bolsas, rápidamente las guardé en un cajón con llave. Son demasiado tentadoras y tenía que ir a trabajar como guardia del edificio vecino. Lo que sea por ellas.

globos

Rozatl (Ciudad de México, 1989). Tesista de Lengua y Literaturas Hispánicas. Hasta la fecha no he colaborado en ninguna revista o proyecto pero ahora que puedo, intento tocar tantas puertas como sea posible.

stefgoan@gmail.com

stefy_nrvn@hotmail.com.

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