Más fuerte que las bombas. ¿A dónde llevan los traumas de guerra?

Más fuerte que las bombas
Más fuerte que las bombas

Por Manuel Hernández-Samperio

Una y otra vez Medio Oriente sigue siendo noticia, los recientes atentados terroristas que dejaron varias decenas de muertos en Turquía son una muestra más de ello. Por lo común las noticias que llegan muestran países “secuestrados” por grupos radicales que buscan imponer tanto la religión como la ideología que debe regir el comportamiento de la gente. Con ello, han venido guerras en busca de democratizar estos países y, en su caso, de “salvar” a sus poblaciones de dichas organizaciones. Hablando de las guerras, podemos fijar un punto de partida para hablar de Más fuerte que las bombas.

Isabelle era una fotógrafa de guerra estadounidense que viajaba constantemente en busca de imágenes que ilustraran lo que se publicaría en su periódico. Al volver del que, según sus palabras, sería el último viaje que haría, sufre un accidente automovilístico. Tras algunos años, la idea de realizar una exposición con parte de su trabajo hace que su familia tenga que enfrentarse a los demonios que no han logrado superar, más aún, aceptar y enfrentar que lo de Isabelle no haya sido precisamente un accidente.

De esta forma veremos que la relación de Gene, el esposo, Jonah, el mayor de sus hijos, y Conrad, el menor, tendrá que superar las barreras que la pérdida pudo haber creado entre ellos. Al mismo tiempo nos vamos sumergiendo en un interesante cuestionamiento de las consecuencias de las guerras, no sólo para la población que las padece o los soldados que las hacen sino para las familias que en apariencia no tienen gran relación con ellas.

Más fuerte que las bombas nos presenta una historia con gran carga emocional, la película está narrada desde diferentes voces, principalmente las de los personajes principales (los cuatro integrantes de la familia); aunque esta herramienta narrativa  parece jugar en contra de la cinta, pues se utilizan tantas historias y aparecen más personajes, que si bien aportan cierta información a la trama, también llegan con problemas propios que van haciendo más extensos los episodios y que posteriormente no llegan a nada.

El exceso de historias y el ritmo empleado convierten la cinta en una historia un tanto lenta; el director comienza por presentarnos a cada uno de los personajes, quienes se encuentran tan aislados entre sí (a pesar de compartir espacios) que por lo mismo tardamos en entender que la historia terminará por centrarse en su convivencia y en cómo enfrentan problemas.

A pesar de esto, la cinta ofrece cosas interesantes, especialmente cuando experimenta, mezclando diferentes formas de narrativa visual y géneros; así la introducción de la madre muerta, que fungirá como el hilo conductor por el resto del filme, se realiza a manera de documental; también se presenta el denominado efecto Rashomon, en un momento de la película en el que aún no se sabe para dónde irá; o un cambio de ritmo y de estilo derivado de la lectura que realiza uno de los personajes.

La fotografía es un elemento que puede destacarse, ya que va cambiando constantemente, se vuelve más oscura cuando alguno de los personajes pasa por crisis o, donde es más evidente, ayuda a determinar cuando una escena es un flashback.

Las actuaciones son buenas: Gabriel Byrne lo hace bien en su papel de padre que busca acercarse a sus hijos; pero, sin duda, es la interpretación de Devin Druid, el hijo menor, en la que recaen buena parte de las acciones y quien logra encarnar de muy buena forma a un joven introvertido, con paso inseguro y quien difícilmente logra ampliar el círculo de amigos como resultado del trauma que le ha significado la pérdida de su madre.

Más fuerte que las bombas es una película de ritmo lento, con una mezcla de voces unidas por un personaje (en ocasiones muy endeblemente) que necesita tiempo para ser digerida. Si bien se centra en el planteamiento sencillo de qué es lo que sucede cuando un miembro de la familia hace falta, se va metiendo en problemas psicológicos que van dando pequeños giros. Si se la mira en conjunto, podemos ver que esa suma de historias (que en ocasiones no terminan de amarrar o cerrarse) es una sutil crítica a la visión que pone las guerras e invasiones como algo necesario, pues plantea depresiones y traumas que las acompañan.

Lee la nota en CinemAlternativo

Manuel Hernández-Samperio, “Costas” (México, D. F., 1989). Licenciado en Ciencias de la comunicación por la UNAM. Ha incursionado en la crítica cinematográfica, la creación literaria, producción de proyectos audiovisuales y algunos programas de radio como CinemAlternativo o Rock N Books. Amante de la cultura mexicana y latinoamericana, el cine, las letras y el rock en español.

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