Encimar experiencias a manera de tumba

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I’m a dog

Por Ugo Henrique

El baile de Marcial

I’m a girl

I’m a boy

I’m a dog

Soy. Soy aquel que no teme a ser juzgado por la sombra del olvido.

Soy aquel que ha traicionado una palabra. La palabra que nunca fue hablada, la palabra que no se pudo ver pero que me tocó a mí.

Quizá no la sientas, ¡pobre de ti!

Yo sí, y la convierto en dolor, amor, placer.

I’m a dog

¡Todos somos hijos de Dios! ¡Yo soy uno especial!

Especial porque tengo el poder de sanarme con placer.

¡Todos somos hijos de Dios! ¡Yo soy uno especial!

Especial porque te hago temblar en el centro de mí.

Te propongo algo: no se lo digas a nadie.

Porque puede que en el camino los testigos nos separen. Puede que en el paraíso mis ladridos no me sanen. Puede que de tu mano mis gustos se vuelvan carne.

I’m a dog

Y que mi lengua de fuera te recuerde que rico era.

 

Las playas se van

Hay variables que afectan y hay variables que no cuentan. Por supuesto que a toda causa, consecuencia. Pero no toda consecuencia abre brecha, hay algunas que simplemente invierten el sentido, modifican la forma, insertan agentes externos. Cuando un suceso no deja más que el resultado inmediato, no logra prevalecer en la experiencia consciente y valorada. Así es fácil decir adiós.

Cuando logra tocar médula, es cuando sabemos que será parte de uno mismo. El olvido es así. No se olvida, se acostumbra. Porque nada humano es digno del olvido: nada.

El miedo nunca se va, por ejemplo. Los miedos son una especie de suerte que nos toca esquivar, convertir en aliados. Habría que darles mayor importancia.

Entonces, ¿qué es ―dejar ir―? ¿Acaso será encimar experiencias a manera de tumba? El infortunio no manda, manda la manipulación del infortunio, la interpretación. Nadie aprende de nadie. Y si bien, portamos banderas de respaldo y llaves de repuesto, es humano saber que no hay olvido, hay perdón y manejo de la información. Memoria y reencuentro.

¿Las playas se van?

¡Imposible!

La tristeza se convierte en alegría y resplandece porque así ha estimulado un arrebato por imponerse, aún sobre sí mismo. Nunca se fue. El camuflaje de “humano” no se aleja nunca. Aunque ya seamos menos humanos.

El amor no se subraya, no se glorifica porque hasta el dolor es un lado flaco del amor. Pertenecer ya es un alto grado de amor. El desconsuelo es un muro infranqueable (no hay muro que alcance el cielo).

Entonces ¿Por qué duele el adiós?…

(si tú lo sabes, dímelo).

 

Ugo Henrique (México D.F., 1985).

ugohenriquetalcual@hotmail.com

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