Salir del clóset feminista

el

We_Can_Do_It!

Por Linda Rodríguez

Soy feminista. E inmediatamente he dado pie con ello a que mucha gente cercana, o no, a mí descalifique mis acciones llamándolas extremistas, pese a no ser así.

Si para una misma es difícil asumirse feminista, salir del clóset y portar la etiqueta, lo verdaderamente complicado, más allá del prejuicio de la sociedad, es la deconstrucción que esa postura conlleva. Reconocemos la violencia y sus manifestaciones y aprendemos a identificarlas, oponiendo todavía un poco de resistencia, porque también nosotras reproducimos esas violencias aprendidas, la simbólica, el micromachismo, hasta la competencia —tan promovida por la sociedad y contra la que el feminismo lucha tanto en favor de la sororidad— llega a presentarse de forma imperante entre nosotras, descalificando a otras feministas, cargando el feministómetro, valorando el verdadero feminismo del falso… la interiorización del sistema.

Todos seríamos feministas si naciéramos en un mundo feminista, tristemente aún no es así, la norma es el patriarcado, la violencia contra la mujer, contra las minorías, y reproducimos todavía manifestaciones de esa norma, lo importante es trabajar en la deconstrucción.

Somos humanas y, por eso, tenemos contradicciones, porque finalmente llega un momento en el que no somos parte del sistema, sino que el sistema es parte de nosotras: lo interiorizamos, nos configura, se vuelve columna a la que poco a poco, tras cuestionarnos y comenzar el cambio, le vamos quitando bloques para sustituirlos con feminismo, pero ¿qué pasa cuando tocamos o intentamos mover ese bloque pilar del patriarcado —como la heterosexualidad o el amor romántico— y comenzamos a cuestionarlos? Difícilmente podremos sustituir el bloque, si lo hacemos no será sin dolor, sin temblores, quizá hasta se derrumbe toda esa columna construida por el patriarcado y podamos comenzar a reconstruirnos. Es entonces cuando nos volvemos radicales, según ellos.

Ni el feminismo es una mala palabra como tampoco son malos los caminos que toman los distintos feminismos; el radical es el más criticado, creo que precisamente por pelear desde la raíz contra el problema de la violencia de género: la apropiación del cuerpo femenino. No se depila, no hace dietas, se pinta los vellos de las axilas, menstrua y exhibe su sangre y sus cuerpos con estrías y sobrepeso, se lesbianiza porque a muchos no les ha quedado claro que las únicas propietarias de nuestros cuerpos somos nosotras mismas, que somos seres autónomos, libres de imposiciones, capaces de decidir y que a nadie dañan dichas decisiones.
No son ellas, las “malas feministas”, quienes dan mala imagen del feminismo: todas las luchas son válidas, así como sus medios de expresión. El feminismo no ha matado a nadie por el sólo placer de hacerlo y aun así lo señalan, lo condenan, lo reprueban y lo juzgan.

Nos declaramos feministas y nos dicen que ya nos pasamos, que ya estamos rayando en el extremo, porque piensan que les seguimos pidiendo permiso para quejarnos un poquito sobre la violencia que ejercen sobre nuestros cuerpos y nuestras psiques, que nos están permitiendo protestar pero que no abusemos, que una cosa es pedir respeto y otra muy distinta es incomodarlos con nuestros cuerpos obesos, menstruantes y velludos.

El feminismo está tan mal visto por ser feminismo y ya. Creen aun que pueden venir a invalidar nuestras múltiples maneras de luchar y decirnos cómo hacerlo para ser tomadas en serio, para no dar una mala imagen, ¿que no entienden que no buscamos complacerlos? Está tan mal visto que me han pedido que no lo mencione cuando voy a una entrevista de trabajo, a una comida familiar, a un bar, a una salida con algún chico, ¿entonces dónde voy a hablar de feminismo si es justamente a esos espacios a los que debe llegar?

Hablar de feminismo con feministas es hermoso y muy gratificante, son grupos, colectivas y amigas que realmente apoyan y donde se siente un amor sincero, porque nos une la misma injusticia, somos compañeras de lucha desde el momento en que nacimos en desventaja en un sistema que nos oprime a todas, sin importar si ella es extremadamente bonita según el estereotipo y yo fea, porque ella está cosificada y yo devaluada: ambas somos violentadas.

Se debe hablar de feminismo todo el maldito tiempo, en cualquier circunstancia sin importar los espacios porque el sistema, el patriarcado, está en todos lados. Porque al momento de pagar una cuenta a pesar de haber sido yo la que dio el dinero en las propias manos del cajero, le entrega el cambio a él; porque cuando voy a un bar en grupo, el extraño que se acerca le pregunta a él si puede invitarme a bailar; porque cuando quieren ligarme le preguntan a él si puede intentarlo.

Usualmente después de asumirnos feministas, nos miran desde arriba y preguntan, a pesar de ser evidente: “¿cuáles son mis privilegios masculinos? ¿cuál es ese sistema que te violenta? ¿cuáles son esas violencias que vives?”. Porque quiero que tú, declarada feminista, me lo digas, nomás para quitarte tiempo y que me sirvas, porque no tengo ningún interés en cuestionarme, y además lo refuto terminando mis frases con un “pero bueno, ¿cuándo nos vemos?” ¿en serio? Ahora dudo de cada invitación a salir, ¿por qué necesitan una charla en vivo sobre mi feminismo? ¿por qué mi feminismo en la red no es válido? ¿por qué se excusan con el supuesto problema de la distancia virtual para decir que no nos estamos entendiendo? Lo que digo en la red lo sostendré en vivo, ¿en verdad lo quieren escuchar, añadido el tono, en toda la cara?

Yo me declaré feminista y las provocaciones de pronto llegaron. Publico algo y adivinen quiénes son los que me dejan la tarea de leer sus comentarios: les amigues machunes que tengo entre mis contactos. Antes de salir del clóset feminista, exhibía alguna agresión, usualmente acoso callejero, y las muestras de apoyo y de empatía eran abundantes: solidaridad y repudio a los infelices agresores; de pronto digo “feminista” y, ¿qué rayos pasó con esa solidaridad?, repentinamente pierdo apoyo, aparecen burlas, comentarios sexistas, cuestionamientos o minimizaciones de la misma violencia contra la que se sentían empáticos antes de mi salida del clóset. No es una violencia directa hacia mí en la que me culpen, pero justificar el contexto de la agresión, como la hora, el lugar y el mismo machismo en sí (me han dicho incluso “vivimos en una sociedad machista, no te arriesgues”) es violencia al fin. Permanece, claro, el apoyo y la empatía de las otras chicas, las feministas, la manada, pues, y tenía que mencionarlas.

A veces nos cuesta trabajo aceptarlo pero una ideología, una postura política, un modo de vida, sí te aleja de quienes piensan distinto, con suerte les despertarás algo, les sacudirás un poco de su estructura y, aunque sigan moviéndose como machos progres o declarados, seguro alguna vez te citarán porque te quedaste ahí, en su pensamiento.

Muchas mujeres son feministas y no lo han reconocido por el prejuicio que carga esa palabra o porque no se han dado cuenta de que salirse de una relación violenta, por ejemplo, es feminista. Salir del clóset te permite vivir con libertad, puedes hacer lo que has querido hacer, decir lo que has callado y de inmediato decir “porque soy feminista”, seguirán burlas y provocaciones pero ¡rayos!, si esas personas siguen conviviendo contigo es su problema.

Cuando te das cuenta de toda la gente que pierdes y que no necesitas, y de todos los espacios en los que es importante hablar de feminismo de pronto piensas: “soy feminista sólo cuando es importante, lo que es todo el maldito tiempo”… y no regresas al clóset.

Linda Rodríguez (Ciudad de México, 1989). Es feminista, editora y correctora de estilo. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Participa en la página Manual para la señorita decente.

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