Remedio para los bebedores de meñique parado

el
Decada Podrida
Década podrida de José Ángel Balmori, Editorial Moho.

Por Thania Aguilar

Tres años antes de que terminara la década de los noventa, una voz robotizada se encargaba de describir la vida adulta: todo consistía en comer bien —renunciar a las cenas de microondas y a las grasas saturadas—, dormir bien —sin pesadillas—; en ser más sano, más feliz, más productivo. Era la descripción de una vida bien llevada: esa que los papás tanto nos dijeron que debíamos tener.

En Década podrida, libro más reciente de José Ángel Balmori (Moho, 2015), los dieciséis textos siguen un ánimo similar: la crítica involuntaria, en este caso aderezada con humor negro y hasta escatológico, del artificio que terminó siendo la vida. Son textos en forma de anécdotas, cuentos y hasta monólogos que bien se desarrollan en los noventa o se refieren a ellos como la década que se murió antes de empezar.  

Hay un dejo de marginalidad autoimpuesta en los relatos que conforman el libro; una suerte de actitud irreverente que no sólo se conforma con gritar lo que considera políticamente incorrecto, sino que también se encarga de aterrorizar a los bebedores de meñique parado: toda señora, señorita o señor que aboga por las buenas formas.

Por eso los personajes de sus cuentos y anécdotas son transgresores de lo socialmente aceptado. Muchos de ellos son el adolescente noventero que entregó, devotamente, su vida al desmadre pesado. Otros más son el mismo adolescente noventero que, veinte años después, concluyó que la vida sí es tan mierda como se la imaginaba y que, aun así, se ha resignado a vivirla. Son los representantes de la generación que no creía todo lo que le decían y que no necesariamente es la que nació en los ochenta.

Balmori se apoya en una prosa limpia, desenfadada y mordaz para relatar situaciones incómodas y morbosas: desde un tampón flotando en la alberca hasta el discurso de un vándalo antes de agarrar a batazos a la ex de un amigo. Los relatos fluyen gracias al ritmo ágil de las voces narrativas: todas rescatan las marcas de oralidad propias de quien vive en chinga o, en palabras del autor, de quién quiere ser más rápido que la mierda.

El libro, que celebra los veinte años de la editorial Moho, también incluye recursos visuales que, si bien ayudan a introducir la atmósfera general —como la tira cómica de Abrahám Díaz—, al final se convierten en una selección fotográfica —y, pareciese, azarosa— con la imagen del autor.

En algunas entrevistas, Balmori ha  dicho que su principal materia prima para armar el libro fue internet: ese cúmulo de información absurda que circula en las plataformas digitales como Twitter, Facebook o YouTube. También ha mencionado que es un libro que habla de la muerte en muchos sentidos: el final de la adolescencia o de la niñez. Sin embargo, si hay un tema que le cohesiona al libro, éste se encuentra condensado en la siguiente frase: “Vas a construir una casa arriba de la de tus padres, y la vocecilla de mierda que vive en tu interior dirá: eso es el éxito”.

Década podrida es un repaso a los tiempos perdidos. Un recuento de los momentos que te llevan a ser lo que terminas siendo. Es un letrero con luces de neón que reza intermitentemente: «Bienvenidos al año dos mil: ¡Vaya época de mierda para ser jóvenes!».

Thania Aguilar (Villahermosa, 1990). Estudió Comunicación en la UNAM. Ha colaborado en publicaciones como Frente y Tierra Adentro. Piensa que la vida es una serie de eventos ridículos.

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