Los amantes de Latmos

Por Carlos Castro Castillo

Habes somnum imaginem mortis eamque cotidie induis.

Cic., Tusc., I, XXXVIII, 92.

Hospital Latmos, 4 p.m.

—¿Familiares del señor Endimión?— gritó una enfermera desde la entrada de terapia intensiva.

Una bella joven se levantó al instante. —¡Soy yo!—, anunció mientras se acercaba a la enfermera. —Dígame, ¿cómo se encuentra Endimión?— preguntó un tanto inquieta.

—Lamento mucho informarle que no hay mejoría en su familiar, su estado de salud —prosiguió diciendo la enfermera— es el mismo de ayer, de antier, de hace un mes… el mismo que presentó cuando llegó a este hospital. Lo siento mucho.

Selene, desconsolada ante tal anuncio, miró pasmada a la enfermera un instante y se fue a sentar a la primera banca que encontró, echándose a llorar. La enfermera, arrepintiéndose un poco por haber sido un tanto fría en su anuncio, la intentó consolar dándole unas leves palmadas de ánimo en la espalda.

—Tenga fe —dijo la enfermera—, ya verá que el día menos pensado el señor Endimión despierta. Mientras tanto, nosotros seguiremos cuidándole y a usted la mantendremos informada de cualquier cambio en el estado de salud de su familiar.

—Muchas gracias —gimoteó Selene—, en este lugar han sido muy buenos conmigo y con mi esposo Endimión, no sé qué sería de nosotros sin su ayuda.

—Es nuestro deber —respondió la enfermera—, nada que agradecer; ahora entre a verlo, le hará bien a usted y a él que, aunque no la ve, sin duda la sentirá.

Selene se animó un poco y sin dudarlo se deslizó hacia la habitación 238. Al entrar en el cuarto, lo primero que vio fue el electrocardiógrafo que registraba una actividad normal en el corazón de Endimión, después su mirada se centró en el jarrón con flores que, una semana antes, ella misma había llevado para alegrar un poco la vista de ese lúgubre recinto. Las flores, ahora marchitas, permanecían cabizbajas e inmóviles como si evitaran estar en presencia de aquel ser dormido, tendido y marchito, tanto como ellas mismas. Selene al notarlo decidió quitar el jarrón de aquel mueble de madera que lo sostenía. Lo puso en el piso y dirigió su vista hacia Endimión. Se acercó a él y en un gesto cariñoso, acarició las manos de Endimión con la yema de sus dedos.

—¿Cómo estás, amor mío? —la bella joven lanzó la pregunta al aire— Hace tanto tiempo que nos reunimos aquí en este cuarto de hospital, no recuerdo cuánto llevo viniendo, parecería de toda la vida… ¿Sabes? Hoy quería leerte un poco, iba a traer una tragedia griega, se llama Edipo Rey; pero después pensé que para tragedias… —se detuvo como pensando bien lo que diría y, gesticulando una sonrisa un tanto irónica, cambió lo que tenía en mente—. Desistí en traerla porque pensé en lo mucho que te gusta presenciar el desarrollo de una obra de teatro puesta en escena, siempre decías que una obra de teatro sabe mejor si se cuenta desde el escenario de un teatro. ¡Ah, qué Endimión! —rememoraba Selene suspirando y besándole una mano— tienes que despertar, no sabes cuánto he deseado el día en que tus ojos vuelvan a abrirse y que yo sea la primera persona a la que veas. ¡Eso sí que sería bueno!

Selene, después de un breve silencio, continuó:

—También pensé en traer un libro de Milan Kundera, se llama El libro de los amores ridículos. Preferí también dejarlo y ¿sabes por qué?— volvió a preguntar al aire y, clavando sus ojos en los párpados de él, argumentó: —Porque nuestro amor no le pide nada a ninguno otro. El nuestro tiene de todo, desde alegrías y tristezas hasta momentos de éxtasis y momentos ridículos. ¿Recuerdas cuando nos conocimos? Era una noche muy bella, un cielo estrellado y sin luna; seguramente la muy condenada paseaba por ahí, en alguna calle, esperando encontrar algo inesperado y excitante.

Recuerdo que esa noche estabas recostado sobre la banca de un parque, lucías muy cómodo, parecía que estabas soñando y a juzgar por las palabras que balbuceabas, se me antoja que era un sueño placentero; repetías una y otra vez: Eres muy bonita, eres muy bonita…

Súbitamente Selene detuvo su recuerdo y limpió sus lágrimas ante la interrupción de una enfermera que abrió la puerta y le dijo:

—En diez minutos finaliza la visita, señorita— Cerró al instante la puerta. Selene no prestó atención al mensaje de la enfermera, regresó su mirada a Endimión y continuó con su remembranza.

—No quise despertarte, desde ese momento supe que mi corazón te pertenecía, era como si presintiera que más adelante estaríamos juntos. Y mira lo que son las cosas, quién me iba a decir que te encontraría desde entonces, cada noche, por aquel parque, en la banca o cerca de la fuente, incluso en el césped, durmiendo plácidamente. Recuerdo que una noche estaba en el parque buscándote, miraba hacia todos lados, procurando estar alerta ante cualquier movimiento, y te encontré; estabas dormitando sobre el pasto y en mi intento por contemplarte de más cerca, me encaminé sigilosamente, buscando no hacer ruido; pero qué torpe fui al no ver esa rama tirada, trastabillé y caí sobre ti, interrumpiendo tus sueños. ¡Vaya forma de hacer el primer contacto!

En ese momento, Selene vio de reojo un movimiento muy leve en los dedos de la mano izquierda de Endimión y lo miró con ojos esperanzadores, se alegró y no pudo contener su emoción, tanto que avisó de inmediato a los doctores por aquel repentino movimiento. Un puñado de doctores entró al cuarto a la carrera, observando a un paciente en estado de coma, igual que en todas las veces que habían entrado ahí. Su gesto de sorpresa se tornó malhumorado, solicitando a la bella joven que no los sacara de sus tareas por cuestiones tan burdas como un movimiento nervioso de alguna de las extremidades del interno, le explicaron que esos movimientos eran normales y se repetían esporádicamente. En otras palabras, eran simples movimientos reflejos del sistema nervioso y nada más.

Selene se sintió apenada por el breve momento tan emotivo para ella y tan pesaroso para los médicos que les ofreció disculpas y volvió a colocarse cerca de Endimión. Los doctores abandonaron la habitación, dejándolos solos nuevamente en su tiempo y espacio.

Selene contempló cuidadosamente a Endimión y lo halló muy delgado, ya no tenía ese cuerpo atlético con el que lo conoció, sus extremidades eran huesos con una leve capa de piel morena que las recubrían. Conectadas a sus venas, unas agujas rompían los monótonos brazos e insertaban suero que alimentaba por momentos al débil cuerpo. Un poco más de la mitad de su rostro demacrado era cubierto por una mascarilla de oxígeno que lo mantenía respirando. Tanto tiempo había pasado que su cuerpo presentaba ya algunas yagas por el roce constante entre su piel y las telas. Ante este cuadro tan desolador, Selene desesperada lo abrazó fuertemente, los huesos crujieron debajo de las sábanas y ella, aferrándose a los hombros de Endimión, lo besó como la primera vez que lo hizo; la escena era similar: él con los ojos cerrados y ella con los ojos abiertos, observando todos los movimientos de su amado. Sin embargo, esta vez Selene sintió los labios de Endimión muy fríos. Alarmada, dirigió su mirada al electrocardiógrafo que seguía sin cambio alguno, esto la calmó un poco y decidió volver a acomodar el cuerpo de su amado en la posición en la que estaba antes de su arrebato amoroso. Alejó sus manos del cuerpo de Endimión y, acercándose a sus oídos, le susurró —Mañana vengo a verte, ¿está bien, amor? Haz un esfuerzo, despierta y volvamos a amarnos allá afuera, ¿quieres?— y no aguantando el llanto, lo soltó abiertamente y elevó la voz —¡Por favor, despierta!

Selene salió de la habitación llevándose consigo las flores muertas, dejando detrás de sí a un Endimión roído por el tiempo y la inmovilidad. Cerró la puerta, clausurando así también sus esperanzas vanas con un ligero movimiento de sus labios buscando los labios amados y buscando los besos que nunca más volvería a sentir, encontrando solamente vacío.

Unos momentos después, el electrocardiógrafo dejó de registrar la actividad eléctrica del corazón de Endimión, abriendo paso al sonido chillón de aquella máquina pesarosa.

Eran las 5:17 p.m., Endimión dormía el sueño eterno. Afuera el sol se vestía de ocaso, perdiéndose entre los montes de Caria, y la luna, derramando su luz desde las alturas, lo contemplaba todo.

Los amantes
Los amantes

Carlos Castro Castillo (Distrito Federal, 1988). Colaboré en la desaparecida revista electrónica CoyoteTV.

Correo: incubo_carlos@hotmail.com

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Esperanza dice:

    Se nota que sabe sobre mitología griega, toma el.mito y lo reinventa.

    Me gusta

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