La última palabra

Por Israel Sandoval

La violencia de género se ha mantenido como uno de los temas centrales en la discusión mexicana desde el pasado 24A, una discusión en la que se encuentran inmersos muchísimos hombres y detractores del feminismo, no únicamente las mujeres, entre quienes ya era bastante relevante desde mucho tiempo antes. La Primavera Violeta lo ha vuelto visible y se ha colocado como el movimiento social con mayor fuerza entre los que se encuentran en boga. Su influencia se sigue extendiendo de una manera vertiginosa a las diferentes áreas de la vida pública. Ni la política ni los medios de comunicación ni la vida cotidiana han quedado excluídos de sus efectos. Un claro ejemplo de esto son las severas críticas que recibió la medida adoptada por el gobierno de la CDMX para combatir el acoso; otro, la misma existencia de esa medida.

Aunque todavía no se podrían considerar sus logros como avances verdaderos en materia de diversidad y equidad, se ha colocado sobre la mesa, hirviendo, uno de los pendientes más escabrosos por resolver, uno al que nuestra sociedad no se ha atrevido a hacerle frente como una sociedad integral todavía, pero que, gracias al 24A, se encuentra un paso más cerca de lograrlo. Esa es la mayor diferencia entre este movimiento y otros con las mismas motivaciones como las manifestaciones para reclamar justicia por los feminicidios de Ciudad Juárez que a pesar de su enorme importancia no lograron involucrar a su oposición en el debate de la violencia de género y evidenciar simbólicamente que las mujeres no son una minoría.

Dentro de este ambiente envuelto por el calor del enfrentamiento entre las feministas y sus detractores (con todos los matices que cada lado implica, lo que ha vuelto a la discusión mucho más interesante y difícil) Liebre de fuego estuvo presente en el estreno de La última palabra, una inteligente comedia escrita por el actor y dramaturgo argentino Luis Agustoni que explora los límites éticos y los pone en crisis al cuestionar la validez y la necesidad de la autodefensa en casos de violencia marital y de género. Una mujer que asesina porque siente que peligra su vida y la de su hijo ¿cómo debe ser juzgada? Nos lleva a preguntarnos, por ejemplo, qué tan exagerada y abusiva ―como la retrataron algunos periódicos― es la chica que golpeó a su acosador en el metro y cuándo es permisible hacer justicia por mano propia.

Es admirable la capacidad de Agustoni para hacer sentir al espectador implicado dentro de la problemática. Lo logra de una manera impactante al estimular la empatía, no directamente hacia la mujer golpeada que decidió tomar venganza o protegerse y que mató al esposo golpeador (cosa que también hace valiéndose de los relatos en los que se da cuenta de todos los antecedentes), sino hacia los encargados de juzgar los actos de abuso y la reacción de la abusada, quien, después de todo, mató a un hombre. La objetividad necesaria en el Tribunal Superior de Justicia, lugar en el que se sitúa toda la comedia, permite al espectador desarrollar su propia posición ante los sucesos sobre los que se está deliberando y a los actores Adriana Llabrés, Roberto D’Amico, Pablo Perroni y Víctor Hugo Martin representar posiciones encontradas acerca del tema, todas con argumentos válidos y de peso.

La última palabra es una discusión trascendente con repercusiones éticas que no obliga al espectador a estar de acuerdo con sus conclusiones, pero sí a reflexionar al respecto. Las subjetividades hacen su aparición como personajes principales en el drama del juicio, por esta razón queda evidenciada la funcionalidad inexacta de las leyes, así como el desconocimiento de las particularidades a las que se enfrentan los jueces en cualquier caso.

Los cuatro actores que dan vida a la sala de deliberación han tenido excelentes actuaciones. No obstante que la de Víctor Hugo Martin se ha visto opacada por la construcción extremadamente seria que Agustoni hizo del personaje al que él representa, construcción necesaria para plasmar el punto de vista moderado, sereno, equilibrado, pero que le da a su personaje mucho menos fuerza de la que tienen los otros tres.

La intención de mostrar una realidad compleja, alejada del maniqueísmo, permite además construir escenarios complejos en los que es posible que el mismo personaje en el que se representa el acoso sexual dentro del ámbito laboral sea el que mantenga la postura radical de absolver a la asesina sobre la que se delibera. Pablo Perroni merece una felicitación por la representación de ese ser dual, doble cara.

Por otro lado, se debe mencionar las excelentes labores en la producción y la escenografía, que han dotado a la puesta de un realismo capaz de convencer a cualquiera.

Al terminar el estreno, la directora Angélica Aragón mencionó que La última palabra es una muestra clara de que en cualquier sociedad, incluso en una tan violenta como la mexicana, los problemas se pueden resolver desde la conversación. Sin embargo, se trata de una propuesta mucho más inteligente. No se puede decir que los problemas se hayan resuelto sin violencia cuando se está deliberando alrededor de un asesinato. Por el contrario, el autor aboga por una solución violenta, propone al acto fuera de la ley como permisible en los casos en los que las instituciones fallan e, incluso, resultan inútiles (una situación que en México se puede observar en casi todos los casos). Su inteligencia radica en la exposición de la complejidad y en la estimulación del pensamiento propio.

No se pudo escoger un momento más acertado para esta puesta en escena que ocurrió el día 16 de mayo en el Teatro Helénico. La última palabra se suma a todas las manifestaciones en contra de la violencia de género que han aparecido últimamente; la diferencia entre esta y muchas otras, es que nos obliga a dar un paso atrás y a mirar con mejor perspectiva, tomando en cuenta la mayor cantidad de hechos posibles, los problemas que en ese ámbito sufre de manera cotidiana nuestra sociedad.

Las funciones se llevarán a cabo los días lunes hasta el 1ro de agosto a las 20:30 horas en el Teatro Helénico.

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La última palabra de Luis Agustoni

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