Best of enemies o del debate como una tradición sangrienta

Por Pedro Montes de Oca

Estudiante: “Sr. Buckley, ¿piensa que

las minifaldas son de buen gusto?”

W. F. Buckley: “Creo que en ti lo son”.

Los debates son parte de la tradición política estadounidense. Contrario a lo que ocurre en México, donde el nivel oratorio de los candidatos y el formato de las discusiones tiende a ser pobre, con los vecinos del norte estos acontecimientos pueden encumbrar o derrumbar carreras. Sin teleprompters, tomas amañadas, censuras, tapujos, ni preguntas simplonas que cualquier preparatoriano sería capaz de responder, dichos sucesos políticos, al menos en Estados Unidos, se pueden definir como “la guerra”. Y, como se sabe, cualquier acontecimiento bélico tiende a atraer los reflectores que alimentan al showbiz.

Durante uno de los últimos encuentros que sostuvieron Hillary Clinton y el senador Bernie Sanders, éste expuso un argumento controvertido que cumple con todos los paradigmas que el público gusta ver en sus pantallas:

“No cabe duda que los derechos de las mujeres están bajo un ataque feroz alrededor del país. […] Tenemos candidatos republicanos a la presidencia diciendo ‘Odiamos al Gobierno, el Gobierno es el enemigo’. Pero cuando se trata de la decisión personal de una mujer [respecto al aborto], en este caso mis colegas republicanos aman al Gobierno, y quieren que el Gobierno tome esa decisión por cada mujer en Estados Unidos. Si eso no es hipocresía, entonces no sé qué lo es”.

The B
Best of enemies

No sólo del lado Demócrata las cosas han sido candentes, los Republicanos también han expuesto argumentos tan polémicos como para llamarla atención de una persona desinteresada en este tipo de asuntos. En la trasmisión organizada por CBS en Carolina del Norte, Donald Trump y Ted Cruz tuvieron un jaloneo verbal que incluso,  Trump dixit, será llevado a la corte, pues asegura que Cruz sólo lo difama.

Sí, es verdad, los debates son una pieza del mecanismo político norteamericano, cuyo origen se remonta a lo encuentros entre Abraham Lincoln y Stephen Douglas en 1858. Ya en el siglo XX, a mediados de los cuarenta y durante todos los cincuenta, la radio era la encargada de llevar los enfrentamientos cara a cara entre candidatos a los hogares de la gente. Pero, ¿de dónde se remite el formato actual?

Era la década los 60.    Palabras como Vietcong, Guerra Fría, feminismo, Woodstock, LSD y contracultura poblaban la atmósfera no sólo de Estados Unidos, sino de la mayoría de las capitales cosmopolitas, la Ciudad de México incluida. El primer debate que se televisó durante una carrera presidencial fue el que entablaron John F. Kennedy y Richard Nixon en septiembre de 1960. Aproximadamente 70 millones de personas lo vieron, cifra nada despreciable si se meditan las condiciones de la época y se les contrasta con los 60 millones de telespectadores que tuvieron Barack Obama y Mitt Romney hace unos cuantos años. Desde ese día la televisión no volvió a ser la misma.

En 1968 la cadena ABC, siempre en tercer lugar tras NBC o CBS, contrató a Gore Vidal y William F. Buckley, dos intelectuales conocidos por su antagonía política; uno progresista y cercano a Kennedy, el otro conservador y allegado a Ronald Reagan; uno conocidamente homosexual, otro abiertamente católico. La diferencia entre las posturas es más que evidente. El motivo para juntarlos era sencillo: hacer diez mesas de discusión para cubrir la Convención Nacional Republicana, en Miami, y la Convención Nacional Demócrata, en Chicago; en cada programa, en teoría, se pondrían a discusión los tópicos que se tocaran durante cada jornada de ambas convenciones. El tablero estaba listo.

Como afirma Richard Brody en su columna de crítica cinematográfica en The New Yorker: “No se es spoiler al describir el momento crucial en Best of enemies. Brody tiene razón, basta con ir a Youtube y teclear “Vidal vs Buckley” para saber de lo que se está hablando, es decir, el momento en el que Vidal llamó a su contrincante cripto-nazi, a lo que Buckley, perdiendo toda la elegancia y clase tan característica en él, respondió: “Escúchame, maricón. Deja de llamarme cripto-nazi o te daré un puñetazo en la maldita cara”.

Gore Vidal, sonriente, supo que había ganado el debate al momento que Buckley perdió el control. Pero no fue el único feliz. Tras el altercado, los ejecutivos de la ABC no pudieron estar más contentos. Al público le encantó ver a dos figuras públicas tan respetables ensuciarse las manos con las sangre del enemigo. No era común encontrar en la televisión a dos hombres de clase alta, veteranos de guerra, y de buenas maneras batirse en un duelo semejante. Quizá eran escenas que sólo se veían en los lujosos salones de la élite política anglosajona, pero nunca ante los ojos de la masa. La emisión logró su objetivo: el rating llegó a las nubes.

Acaso el discurso que ambos intelectuales plantean a lo largo de las diez emisiones de la ABC no resulte del gusto de personas que opten por la argumentación puramente lógica, pues durante el debate es evidente cómo ambos emplean un arsenal nuclear de falacias ad hominem. Tanto les gustaba descalificar al rival que Gore Vidal solía investigar cada texto, cada conferencia, tal vez hasta la basura de Buckley, para poder atacarlo sin piedad. Lo que es un hecho es que Vidal y Buckley se enroscan en una batalla de egos donde la anécdota –buenísima, por cierto– es superior a las sutilezas ideológicas.

Best of enemies, documental que llegó a México gracias a la misericordia de Netflix, revive una polémica olvidada entre dos de los más populares líderes de opinión de la década de los sesenta. A pesar de que Buckley y Vidal estaban en polos opuestos, ideológicamente, los dos formaban parte de la élite norteamericana. Será que en verdad estaban dispuestos a compartir y convencer a los demás de que sus ideales eran los óptimos; o bien, sólo buscaban denostar al enemigo y con ello favorecer los intereses de los grupos a los que cada uno pertenecía.

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