Gozosa jotería, joyería de la poesía

Por Ernesto Reséndiz Oikión

La poesía tiene, desde hace algún tiempo, un nuevo César: César Cañedo, con un poderío verbal y una imaginería torcida deslumbrantes. Nuestro César, al igual que el emperador romano es un seductor, un conquistador absoluto. Sobre Julio César se decía algo que puede aplicarse al poeta: es el “hombre de todas las mujeres y la mujer de todos los hombres”. César Cañedo es así, pertenece a sus lectores: mujeres y hombres por igual; porque su poesía, abiertamente maricona y en muchos momentos homoerótica, puede ser disfrutada tanto por mujeres, varones y/o quimeras. Poesía para todas las personas sensibles.

Felizmente, la editorial Mantra ha publicado este año el primer poemario de Cañedo bajo el título de Rostro cuir, con ilustraciones de Mauricio Castilla. Por cierto, una de las viñetas, que se encuentra en la contraportada, es una bellísima verga durante la explosión de una potente eyaculación.

El libro Rostro cuir consta de diecisiete poemas que son la invitación a una propuesta poética que se antoja de largo aliento. Si ahora recibimos poemas de una orfebrería meticulosa con el lenguaje, lo que viene en los próximos años es muy emocionante. Algunos de los poemas no son desconocidos para el público de César Cañedo, que quizá ya los había descubierto en recitales, lecturas en voz alta, reuniones de comadres o revistas literarias en papel y en línea. Por ejemplo, once poemas aparecieron antes en las siguientes publicaciones: Rio Grande ReviewCírculo de poesíaOpción, El mollete literario y Generación alternativa.

En cambio, otras creaciones ven por primera vez la luz. Me refiero, en especial, al último de los poemas, “Fragmentos de una ausencia amorosa”, que, incluso para mí, lector privilegiado de la creación de César Cañedo, resulta novedoso y sugerente en ecos autobiográficos.

Rostro cuir 1
Presentación de Rostro cuir en Voces en Tinta

Rostro cuir abre con un poema homónimo. Éste es un espejo a la vez cóncavo y convexo. El poeta hace una declaración de principios con resonancias al manifiesto “Hablo por mi diferencia”, de la cronista marica chilena Pedro Lemebel. Si en aquel texto Lemebel escupía su dignidad contra la homofobia de la izquierda en América Latina, ahora César Cañedo proclama su rabia contra la homofobia internalizada de los homosexuales que humillan a sus iguales, por ser diferentes. Los primeros versos de Rostro cuir tienen el reflejo de los últimos de aquel manifiesto. Lemebel escribió: “Hay tantos niños que van a nacer/ con una alita rota/ y yo quiero que vuelen compañero/ que su revolución/ les dé un pedazo de cielo rojo/ para que puedan volar.” Cañedo es uno de esos pollos que disfrutan de la polla: “Hay pájaros que nacen/ con el pico en la cola,/ con el nido en los huevos,/ con el vuelo en reversa./ Yo nací, además,/ con el rostro torcido/ y la cicatriz abierta./ Éste es mi cuerpo/ que será derramado/ por vosotros”.

En esta manifestación orgullosa hay una postura poética: una estética de la desviación que expone una ética encuerada. El significado político apunta con vehemencia a vivir como se quiere y hacer de nuestro culo, un culto del papalote en libertad. Así, el poeta le dice a Javier en el poema “J”: “Por todo eso y lo que se me olvida, Javier,/ te invito a que no guardes ni ocultes esta J/ sino que la vueles como papalote,/ la degustes como algodón de azúcar,/ la proclames como el evangelio”.

En el poema “Próxima estación”, la voz poética se divierte con un recorrido subterráneo de deseos en el metro de la Ciudad de México, ese inmenso falo de naranja mecánica. El último vagón del tren es un espacio por excelencia de homosociabilidad, donde se reproducen discriminaciones por género, clase, edad y otras imposturas. Los encuentros efímeros, intensos y azarosos en el metro expresan una sexualidad atravesada por el poder, así lo afirman los versos: “lo bueno de la oferta y la demanda/ es que en cada estación juega la suerte/ de los escaparates renovados”. El metro, una gran vitrina del mercado de los cuerpos, donde la mayoría queda excluida de los cánones del régimen heteronormativo, en especial, las viejas maricas: “dos hombres ya mayores se comparten/ en sesenta y pico de fallidos sueños/ y son la hidra altanera entrelazada/ en el recuerdo del terror del tiempo/ y, cual Gorgona, congela más su vista/ que la estatua de sal que tú esperabas”.

Por primera vez en la poesía mexicana asistimos a la irrupción de dos viejos homosexuales amándose. La tradición de la poesía gay había privilegiado los textos amorosos entre un hombre mayor y un efebo, donde la edad y el atractivo físico significaban una relación de poder y seducción, que la poética de Cañedo dinamita en clara provocación.

Otra innovación es la presencia performática del vogue en el poema “Lets have a Kiki”. Los recursos del poeta recrean el perreo duro del vogue, en donde la pose es un amaneramiento político. Por cierto, el vogue es una de las actividades que el poeta realiza con singular alegría. En este poema, hay una proliferación de ingeniosos neologismos esdrújulos que recuerdan al mejor Abigael Bohórquez: “con mirada Chanel manocintúrica/ que vaivena un final risaperreante./ Congratulo el sabor de arrasaposa/ con ritmo de las cuerpas abiertónicas/ torciendo lacios pasos taconidos”. Cada verso se transforma en una portentosa “taconamística el andar de pato”.

“María y Magdalena” es un poema lésbico que recupera en la poesía mexicana la tradición olvidada que inauguró en 1916 el poeta Efrén Rebolledo con “El beso de Safo”. Aquí, César Cañedo actualiza la poética modernista, resignifica la plegaria católica y desactiva sus cargas misógina y lesbofóbica, para regodearse en el goce de los cuerpos eróticos. Ésta es una constante de la poética de César: la reapropiación de la riquísima imaginería religiosa para revestirla y travestirla de una mística erotizada y dichosa. Es el sexo revivido como credo: “La misericordia me llegó del culo/ y me encendió las noches”.

Las formas clásicas de la poesía son conocidas y dominadas por el autor. Por ejemplo, el poema “Para un perfil de Manhunt.net” cumple a cabalidad con la estructura de un soneto, aunque su contenido homoerótico y humorístico descarnados recuerda la mejor escuela de Salvador Novo. Cañedo reivindica la tradición homoerótica como propia y afirma: “un amor que desde hace mucho dice su nombre y/ canta”.

De la misma forma, “El maratonista de los ojos negros” hace un eco explícito con el famosísimo poema “El seminarista de los ojos negros”, de Miguel Ramos Carrión. En esta actualización invertida, la voz poética participa de una divertida maratón sexual con un atleta. El deporte, por cierto, es otra de las pasiones de Cañedo. La competencia, por supuesto, importa más que la meta: “Pero mi desgracia va cronometrada/ y el hombre que corre no cesa su marcha/ ya ha vuelto la cara, ya nada le espanta/ y se me hace un punto allá en lontananza/ el maratonista de los ojos negros”.

Los cinco poemas de la jota constituyen una serie de jotería esplendorosa; me refiero a: “J”, “J mazatleca”, “J cartagemida”, “J canadiense” y “J neoyorika”. Los gentilicios de cada una dibujan un mapa con distintas latitudes deseantes y trazos autobiográficos. La jota viajera recorre espacios y culos en una frenética aventura sexual, por muchos momentos escatológica. La voz jotricia afirma: “Jota del reino,/ J nazarena,/ Jota de tu inicial y mi desvelo/ Ángel primero cuyo urgente sieno/ elevo a cáliz de sagrado anhelo.// Canto con otra Jota, la impostada/ voz dadivosa de poesía preclara/ para darte en el alga de tu verde musgo/ la salomónica esencia de mi tanga elefantada”.

El inicio de “J mazatleca” parodia con buen humor los primeros versos de nuestro tesoro del canon poético Muerte sin fin: “Lleno de ti,/ sitiado entre mis nalgas,/ esa espuma que rompes de Pacífico,/ lecho adulterio de mi mar abierto/ donde aprendí a nadar cuando era niño/ y del nocturno ahogo adolesciento”. Este poema resulta particularmente entrañable, porque el autor evoca amorosamente su terruño sinaloense. Otros de los autores de la constelación literaria de Cañedo son sus paisanos sinaloenses, Inés Arredondo y Óscar Liera, a quienes convoca en los versos: “óleo de oscuridad que nutre el Duero./ Río subterráneo de mi amor versátil” y “la uses, como tu cuenta de Grindr,/ la desarrolles como la confianza,/ la actúes como el teatro de Óscar Liera”.

En este momento, propicio para las confesiones, debo decir que “J cartagemida” es uno de mis favoritos y me provocó una erección: “Deleital jugosístico de lulo/ la carne urgente con el mar de fondo/ me entrego arrecho al colombiar columpio”. El poeta se entrega al deseo desbordado de su mar y afirma: “y yo me quedo con el gusto en cuatro/ ano nadado de gemir historia”.

El último poema “Fragmentos de una ausencia amorosa”, con una clara referencia a la obra de Roland Barthes, el filósofo francés que vivió un romance con el escritor cubano Severo Sarduy, cierra el poemario con un tono entristecido distinto a la mayoría de los poemas que oscilan entre la furia y el homoerotismo. El autor consigue una forma apropiada para expresar los fragmentos restantes del desamor con versos que se interrumpen abruptamente.

En los poemas de Rostro cuir hay lugar para la ternura, la risa, la provocación, la evocación, el sexo y, sobre todo, para la gozosa jotería, joyería de la poesía. Felicito a Edgardo Mantra y al autor por la edición de Rostro cuir. Auguro a nuestro poeta un camino de estrellas diamantinas.

Rostro cuir de César Cañedo, Editorial Mantra.
Rostro cuir de César Cañedo, Editorial Mantra.

Ernesto Reséndiz Oikión (Zamora, Michoacán, 1988). Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Es ayudante de profesor en la FFyL y becario de investigación en el Programa Interdisciplinario de Estudios de la Mujer, en El Colegio de México. Co-coordina el Seminario de Literatura Lésbica Gay en la FFyL. Ha colaborado en la página “Rebeldía”, del Guía. Semanario Regional Independiente, de Zamora y en el libro La memoria y el deseo. Estudios gay y queer en México, publicado por la UNAM en 2014.

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