Normalización e invisibilidad de la violencia de género

Por Linda Rodríguez

“Mi primer acoso”, enunciado como mi primer beso, mi primera vez, como el primer acercamiento a la sexualidad, ha evidenciado que la primera violencia que viviremos será la pedofilia. ¿Cuántos silencios, de quienes nos fueron arrebatadas y de quienes aún guardan su abuso como un secreto, siguen escondidos?

Ante tan abrumador silencio, sólo queda procesar que se trata del primer abuso y que habrá más; vendrán de personas que no conoces, de personas que sí, de personas que incluso quieres y de las que creías que nunca te lastimarían, a quienes después de violentarte seguirás viendo.

En un mundo machista que legitimiza, justifica y encubre el abuso que  comienza y se resguarda en el sagrado seno familiar, ¿cómo vamos a creer que este buen hombre que es tu tío, tu primo, tu vecino, tu padre, abusó de ti? Seguro andabas de puta provocándolo, por algo ha de haber hecho lo que dices que te hizo, si es que lo hizo, porque seguramente has de estar inventando; a lo mejor hasta te gustó y por eso no dijiste nada hasta ahora, ¿cómo vamos a creerte si eres una escuincla y a tu edad los niños dicen cosas para llamar la atención?

“Ahora resulta que a todas las han acosado” ¡Pues sí! Que no se haya hecho evidente hasta Mi primer acoso sólo demuestra lo avalada que está la violencia machista, la desigualdad salarial, la precarización de la mujer en las labores domésticas, la infrarepresentatividad en los espacios de poder, la exclusión, la prostitución, la violencia psicológica y física en relaciones amorosas, la penalización del aborto, la venta de mujeres y niños, la violencia obstétrica, la discriminación de las mujeres trans, indígenas y negras, y otras manifestaciones más. Por eso el pasado 24 de abril marchamos reclamando alto a las violencias machistas.

Juntas salimos a gritar que no estamos solas y que si tocan a una responderemos todas. Marchamos gritando “¡Vivas nos queremos!”‬ porque esta vez fue por nosotras, las mujeres; porque el machismo, a diferencia del narcotráfico y otros problemas de seguridad nacional, nos afecta a todos y tiene al menos una víctima en cada hogar: las mutiladas, secuestradas y violadas, las muertas de Juárez y de Ecatepec, las madres solteras, las prostitutas, las mujeres golpeadas que duermen con su pareja porque “es la última vez” (y esa última vez aún no ha llegado), la niña obligada a sentarse en las piernas del tío, la que no puede abortar, las que no tienen voz porque están muertas. Fue por todas ellas, por ti y por mí, aunque no te asumas feminista.

Una foto publicada por Adrián Asdrúbal Galindo Vega (@asdrubahl); tomada de Instagram. https://www.instagram.com/p/BEtF8LjGfgx/?taken-by=asdrubahl
Una foto publicada por Adrián Asdrúbal Galindo Vega (@asdrubahl); tomada de Instagram. https://www.instagram.com/p/BEtF8LjGfgx/?taken-by=asdrubahl

Luego del despliegue de buena organización realizado por miles de mujeres que protestaron por una sola causa, las rabietas y críticas llegaron. Que si los periodistas o que si la pinta en el antimonumento de los 43. ¿Qué pasó con la solidaridad y con la empatía hacia la movilización? Ni los periodistas ni los otros hombres “excluidos” de la marcha ni mucho menos la izquierda progresista indignada por una pinta entendieron la trascendencia del evento histórico: la primera movilización en México de convocatoria nacional contra el machismo.

¿Por qué la atención son estos “hombres” que “sufrieron violencia” por parte de las “feministas radicales”? Los agredidos se acercaron a fotografiar a las chicas en topless sin su consentimiento. ¿Por qué invadieron si se decían solidarios? Los medios que respetaron nos fotografiaron y grabaron a todas como manada desde las orillas, no a una sola, en topless y sin su autorización ¿Por qué es tan difícil entender la enorme diferencia? Bajo esas circunstancias, la agresión por parte de las compañeras fue autodefensa, pero entonces salta el mundo a decir que fue exageración. No imagino a Yakiri, la chica que fue encarcelada por matar a su violador y a quien le dijeron que fue exceso de defensa, pidiendo a sus violadores que por favor respetaran su cuerpo y no la violaran.
Los hombres que se sintieron excluidos y amenazados por un grupo de mujeres, ¿en serio estaban en peligro? Nadie niega a los hombres la posibilidad de viajar en los vagones exclusivos para mujeres, pero cuando alguna de ellas se siente incómoda con que un hombre viaje en un espacio no mixto y logra bajar al sujeto ¿en serio lo está discriminado? ¿No está más bien exigiendo el respeto del espacio reservado para ella y su seguridad? Pues bien, lo mismo en la marcha: los hombres podían solidarizarse y marchar con nosotras —y tenían un lugar que desde la organización se contempló y reservó para ellos, jamás se les excluyó— pero asunto distinto es hacerse las víctimas de una autodefensa.

¿Por qué la insistencia en desacreditar una organización, una causa y un movimiento? ¿Por qué después el centro de atención fue la pinta que hicieron al antimonumento? Paradójicamente, de una marcha contra las violencias machistas se ha desprendido un montón de ataques machistas, que van desde comentarios clásicos contra las “feminazis” hasta las amenazas explícitas de muerte contra la chica que pintó el monumento.

La página de Guerrilla Comunicacional México compartió y expuso información personal de nuestra compañera y luego se deslindó diciendo que lo único que hizo fue desaprobar la pinta. ¿Recuerdan cuando quemaron la puerta del Palacio Nacional diciendo “Es sólo una puerta”? Yo también exijo que se esclarezcan los hechos y se castigue a los responsables de la desaparición forzada de los normalistas, pero ¡vamos! Amenazar de muerte a una mujer, que esta vez sí tienen bien identificada gracias a la difusión de GCM, enviándole mensajes de odio, amenazas de muerte y fotografías de mujeres asesinadas en botes de basura como respuesta a una pinta en una movilización contra las violencias machistas ya ni siquiera es irónico, es cinismo puro. Lo único que deja ver el hecho es que ni como oprimidos estamos unidos, porque a la izquierda progresista de GCM, que no nos incluye en su lucha, le importa más llorarle a un monumento que a las 7 mujeres asesinadas diariamente, porque nuestros 43 hombres desaparecidos desde hace 19 meses son la única causa que ha de importarle a la izquierda y es la única lucha que se tiene contra el Estado.

La pinta fue el llamado de atención para que esa izquierda se indigne con la misma rabia por nuestras muertas. ¿Por qué no son sus muertas? Se habla de Ni una menos y ni siquiera tienen nombre. No somos Ayotzinapa porque desde dónde nombramos los feminicidios de todo un país, ¿todos somos México, Ecatepec, Ciudad Juárez? Hablar de un colectivo en el que todos somos alguno de estos lugares vuelve a invisibilizar el problema social del feminicidio, porque tenemos tantos problemas que bien podría tratarse de narcotráfico, crimen organizado o inseguridad sin que nadie repare en que se trata de la violencia de género. Decir que No somos Ayotzinapa es decir que no sólo somos 43, somos más, muchas más, y ¿quién lucha por nosotras? ¿Por qué hasta en la protesta estamos excluidas?

¡Qué más da la hombría de unos cuantos vulnerada por un grupo de mujeres que se defendía en manada! ¡Qué más da una pinta en un pedazo de metal que ya fue restaurado! El 24 de abril salimos y marchamos juntas. Yo marché a lado de mujeres con las que empecé a ver que el feminismo no es sólo una ideología, sino un modo de vida, una revolución que te cambia la vida, que te la jode, porque una vez que comienzas a cuestionarte te das cuenta de que esas personas que quieres, que son tus amigos, familiares, parejas, son o reproducen conductas machistas, que muchos de ellos siguen justificando y reproduciendo esas conductas y que además atacan el feminismo porque los cuestiona. Todos crecimos y nos construimos en este sistema y por eso todos somos machistas, pero a algunos nos llega el feminismo, nos salva o nos jode, pero siempre nos transforma.

Estos días he estado reflexionando sobre la violencia que recibo y sobre la que ejerzo y me cuestiono por qué no tenemos relaciones afectivas libres de violencia, por qué la violencia está tan naturalizada y sólo nos sorprende cuando alguien la denuncia. La violencia siempre ha estado ahí, somos parte de ella, la ejercemos y la sufrimos, la promovemos; lo importante es deconstruir nuestro ser en el mundo para evitar reproducirla y heredarla, debemos romper el silencio ante cualquier injusticia, aunque no simpaticemos, aunque no sea nuestra lucha, aunque no seamos víctimas. Por mí, por ti, por todas: ¡alcemos la voz!

Linda Rodríguez (Ciudad de México, 1989). Es editora y correctora de estilo. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM.

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