Nada, casi nada

Por Marco Julio Robles

Al principio no le di importancia al hecho de que los fines de semana se marchara temprano y volviera muy tarde; pero después, terminó por preocuparme. En la frontera abundan los vivales, los que no buscan trabajo sino dinero, y a lo grande. Y Rosario, si uno la sabía tratar, era una mujer confiada. Debo confesarlo, me dio miedo que le sucediera algo lamentable, pero también temí por la seguridad de mi casa. Rosario se encargaba de todo cuando yo no estaba, y si llegaba a conocer a alguien y le permitía entrar o le daba una copia de mis llaves, no sé… Ese solo pensamiento bastó para decidirme a hablar con ella.   

Una noche la esperé en la sala. No pudo reprimir un brinco de sorpresa cuando, al abrir la puerta, me encontró despierto y la llamé. Se imaginó que me disponía a reprenderla o, peor aún, a despedirla. Sólo quiero prevenirla, le dije, de quienes buscan sacar ventaja de la gente honesta. Le aclaré que a mí no me importaba lo que hiciera con su tiempo libre, pero que estaba preocupado por ella.

¡Ah! se trata de eso, suspiró aliviada.

Tal vez hubiera sido mejor que yo la detuviera antes de que ella depositara en mí la confianza suficiente como para relatarme los detalles. Pero no lo hice en el momento adecuado y conforme lo que me iba contando se volvía más complicado, me fue imposible pedirle que callara. También es cierto que al principio la historia me pareció trivial; mientras ella hablaba yo rogaba en silencio que no se pusiera a llorar, pues nunca he sido bueno consolando gente. Después, la verdad sea dicha, sentí curiosidad y escuché hasta el final.

Los fines de semana Rosario no tenía vida social ni se hacía la loca dando vueltas por los bares esperando que alguien la abordara. Ella andaba en línea recta hasta llegar al final de las calles, después daba vuelta en una esquina y luego en la siguiente. Se metía en los barrios bajos, en las zonas de clase alta, en el centro, en las orillas de la ciudad, husmeaba por todos los rincones. En ciertas ocasiones seguía sombras femeninas, pero cuando la luz de una farola, los rayos de neón o un foco encendido de repente en una casa, iluminaba las facciones de la mujer que ella perseguía, Rosario volvía sobre sus pasos; cansada, sí, pero alegre. Rosario era así, llenaba de vida los rincones de la casa con sus vestidos de colores chillones donde, a veces, una rosa gigante devoraba a un alcatraz entre los pliegues de su falda.

Pronto cumpliría ocho años de haberse marchado con una mano adelante y otra detrás, buscando a su hija. La noche que huyó prometió mantenerla al tanto de su viaje. A los dos meses se comunicó con ella por última vez, le dijo que estaba trabajando en un fábrica de telas en Hidalgo, pero después de esa llamada Rosario no volvió a saber nada de ella.

Martha, así se llamaba su hija, se había marchado con la esperanza de llegar a la frontera y cruzar al otro lado; hacer dinero para después volver al país y establecer en algún otro pueblo de la costa un negocio en toda regla, con mesas amplias y una barra de bebidas bajo una palapa.

Estoy arrepentida de no haberme ido con ella. Para qué tanto apego a las pocas cosas que teníamos, me dijo, las cosas eran eso, pocas cosas. Al decir esto se quedó pensativa, miraba las palmas de sus manos. Tal vez esperaba la pregunta y yo la formulé fingiendo desenfado: Rosario, ¿por qué se fue tu hija?

Rosario me miró como si estuviera leyendo en mí los datos que hacían falta. Me respondió: Martha sólo fue una mirona…, a partir de ese momento comencé a preocuparme porque noté cómo temblaban sus labios.

Me pidió permiso para sentarse y continuó hablando sin temor ni titubeos. Para mí todo, en ese momento, estaba claro: Rosario dedicaba sus días libres a buscar a una hija que se había ido del pueblo donde vivían con la intención de cruzar la frontera. En ese instante debí concluir la conversación, decirle que le deseaba suerte y que si necesitaba algo estaba dispuesto a ayudarla. Pero Rosario continuó diciéndome que el gringo llegó como llegan todos los turistas, de improviso. La mayoría admiran el mar una par de horas, beben algo y se marchan para siempre, hacia allá… donde hay muchas tiendas, calles limpias y restaurantes lujosos.

Llegó como los otros, pero no se fue al caer la tarde. A pesar de hablar mal el español se las arregló para platicar con los lancheros, las mujeres de los pescadores y con casi toda la gente del pueblo. Permaneció durante varios días y sólo se fue cuando hubo inspeccionado los predios cercanos a la costa.

Volvió. Con él vino un mexicano de sonrisa amable. Los vimos, continuó Rosario, hacer planes, medir, inventar paredes en el aire; los vimos hablar tirados bajo el sol, y marcharse una tarde sin decirle adiós a nadie. Cerca del mar las cosas son así, la gente llega, anda por el muelle, come, luego sus caras desaparecen y uno no sabe si se fueron de regreso o si la furia del mar los devoró. Se desvanecen.

A los pocos días, el mexicano (le decían Ramírez) regresó con una cuadrilla de trabajadores montados en camionetas repletas de material para construcción. Entonces lo supimos: el gringo sería nuestro vecino; se haría una casa grande, ventilada, alejada de la población, ubicada en una zona a la que llamábamos la “colina del viento”, no sólo porque estaba cerca del mar y también del cielo, sino porque aquel lugar era el más alto de la zona.

¡Qué bonita quedaría su casa! Yo me la imaginaba blanca, Rosario sonrió antes de continuar, aunque al final al gringo le vino en gana pintarla de un café muy claro y por eso, a lo lejos, ni siquiera se veía. Pavimentó un buen trecho de camino por la parte de atrás; cercó todo el terreno con estacas, muy pegadas unas a las otras para que los niños no se asomaran.

Pasaron los meses. Todo andaba con naturalidad. El mismo sol. Las olas. Las moscas en el muelle. Lo único que entonces nos preocupaba eran los peces: escaseaban. Los lancheros se arriesgaban cada vez más en altamar para encontrar mercancía fresca. El mar, no sé si usted lo sepa, precisó Rosario, es celoso, traicionero, a veces se porta suave, pero hay días en que es como una bestia. Desgarra la madera, los cordeles. Cuando quiere se lo lleva todo, lo revuelca y lo arrastra lejos.

Mi esposo era pescador. Mi hijo siguió a su padre en el oficio. Un día salieron antes del amanecer y nunca regresaron. En mis sueños veo a mi hijo cerca de la casa, el sol está saliendo y él lo mira con sus ojos negros, sin miedo ni rencor, y yo lo miro a él, recargada en la puerta de la casa, y no le digo nada, nada…

Mi hija y yo, al quedarnos solas, nos dedicábamos a vender comida entre los pocos turistas de la playa, pero el dinero nunca era suficiente. Y una tarde que me sentí muy triste, que tenía ganas de abrir mis piernas y orinarme sobre el mar como las lombrices de agua que habían cagado los restos de mi hijo, estaba tan desesperada que le grité al mar que yo seguía siendo su madre aunque él se lo hubiera tragado. Esa tarde, cuando ya estaba un poco más calmada, iba caminando cerca de la costa y lo encontré. Estaba sentado sobre una roca. Al ver su espalda y su pelo rubio, se me ocurrió hablarle para pedirle trabajo. Yo no sé ni para qué quería el empleo, supongo que para ocuparme en algo, hacer dinero y largarme con mi hija para otra parte. Tal vez me vio chaparra, muy negra y desganada, no lo sé. La cuestión es que aunque el gringo sí necesitaba ayuda, deseaba gente joven, ágil. Se me ocurrió hablarle de mi hija… A ella no me costó trabajo convencerla, las dos estábamos cansadas de pasarnos las horas friendo pescadillas que apenas se vendían. Así fue como entró a trabajar con Mr. Evans.

Cuando zumbaba en el cielo el helicóptero sabíamos que otra vez habría fiesta. Al otro día llegaban los invitados a bordo de camionetas y autos de lujo. Eran hombres mayores y de buen aspecto. Casi todos extranjeros, pero una que otra vez aparecían mexicanos. Las sirvientas, me contó Rosario, tenían prohibido subir a las plantas superiores durante la estancia de los invitados.

Bebidas, bocadillos, comidas, cenas, cigarros, vasos, ceniceros. Mr. Evans era exigente y lo deseaba todo al punto y sin demora. Era bajo de estatura, tenía la piel muy blanca y en algunas partes de su rostro manchas rosadas por encima de la carne fofa. Sus ojos de un azul muy claro y la boca larga, delgada.

Señor Jorge ―Rosario seguía llamándome señor a pesar de que llevaba varios meses trabajando en mi casa―, era una auténtica masacre encerrarse en la mansión cuando afuera estaba el aire tibio, las olas, la arena, las palmeras y el muelle. Había hasta una pequeña isla frente a la costa, la isla Sagrario. Pero los invitados de Mr. Evans ni siquiera se paseaban por la zona.    

Las paredes del tercer piso estaban cubiertas con naipes de baraja. Me enteré de eso, aclaró Rosario, porque cuando las fiestas terminaban y la casa se quedaba vacía, entonces sí, las sirvientas debían subir y limpiarlo todo. En el centro de un salón grande había una pasarela cubierta de cristales, con reflectores en el piso. Alrededor, sillones forrados de piel negra. Y en los pasillos un montón de puertas que daban a las habitaciones donde los invitados se dormían.

Los días en que Mr. Evans recibía a sus invitados mi hija se marchaba de la mansión a eso de las diez de la noche. Lo único que escuchaba antes de abandonar aquel lugar, era una música muy suave. Pero si uno se acercaba a eso de las dos de la mañana a la “colina del viento”, oía que la música sonaba a toda marcha.

Como dicen, me dijo Rosario mirándome a la cara, pero hablándose a sí misma, la curiosidad mató al gato. Mi hija se quedó más tiempo del debido. Se asomó por la cortina para ver en qué se entretenían los viejos… Ella nunca supo si el gringo la había visto espiando a las niñas que lloraban; pero se asustó, salió corriendo de la casa y en la madrugada abandonó el pueblo.

Para Rosario su hija huía del gringo, yo pienso que también huía de las luces en el contorno de aquellos cuerpos.

Mr. Evans las obligaba a exhibir sus ocho años en trajes de lentejuela; siete, seis, hasta cuatro, quizá menos… Todas llevaban un número pegado cerca del ombligo, menos el niño de Mr. Evans, a él lo cargaba entre sus brazos. Un niño de ojos grandes y una boca como fresa dividida y entreabierta. Martha le contó que Mr. Evans llevaba al niño vestido de color verde. Disfrazado de soldado.

Rosario y su hija guardaron todo el dinero que tenían ahorrado en una bolsa, prepararon una maleta y fueron a la estación de autobuses. A las cinco de la mañana su hija se marchó. Cuando el gringo la mandó a llamar para que le dijera por qué no había vuelto su empleada, Rosario inventó que una tía suya se había enfermado de gravedad. No querían levantar sospechas. Más adelante, cuando Martha tuviera trabajo y las cosas se calmaran, Rosario iba a alcanzarla en donde estuviera. La última vez que hablaron le dijo que pronto le mandaría dinero para el pasaje; se oía contenta. Poco después el gringo se fue del pueblo. No se supo si vendió la casa o la abandonó. Y Rosario, cansada de esperar, se fue a buscarla. Eso era todo.

Nos quedamos en silencio. No sabía qué responderle, ni siquiera estaba seguro de que fuera necesario decir algo. Lancé un suspiro para romper la tensión y lo único que en ese momento me atreví a decirle era lo que pude haberle dicho desde el principio, cuando me enteré de que buscaba a su hija: que si en algo podía ayudarla…

Meses después de aquella conversación Rosario conoció a una mujer que aseguraba haber visto a su hija en Laredo, y ella, sin detenerse a pensar si era cierto o sólo se trataba de una mentira o, cuando menos, de una lamentable equivocación, metió todo en su maleta y se marchó hacia donde le dijeron que podría encontrarla. Cuando me lo dijo estuve a punto de decirle que lo pensara bien, quizá sólo era una falsa alarma. ¿No era mejor volver a su pueblo y esperar noticias? ¿Qué pasaría si su hija intentaba comunicarse? Pero, como incluso se atropellaba con sus propias palabras mientras intentaba explicar lo que le habían dicho, decidí callarme.   

A veces imagino a Rosario en una de esas ciudades repletas de comercios que tienden la ropa afuera, en las fachadas de los edificios. La veo buscando tienda por tienda, mirando atenta las caras de las muchachas que atienden a los clientes, observando a las mujeres que, detrás de una cortinita improvisada, se prueban las prendas. No sé por qué pero desde que Rosario se fue me obsesiona su paradero. El último día que estuvo aquí le pedí que me mantuviera informado, quería saber si eran ciertos los datos que le habían dado. No sé, me hizo ilusión el reencuentro. Hasta me puse sentimental y saqué una buena cantidad de dinero de mi cartera y se lo puse en la palma sin hacer caso a sus resistencias. Tal vez por eso no me miró al salir, por la vergüenza… Quizá fui víctima de uno más de esos vivales a los que tanto temor les tenía y, al final, fue Rosario la que me enredó en sus asuntos chuecos…

Un día encontré una pequeña maleta debajo de su cama. Recordé que el día de su llegada la traía consigo. La dejé sobre una repisa en el cuarto de atrás, el que está cruzando el patio, por si Rosario volvía en alguna ocasión. Pasó el tiempo y no recibí ni llamadas de su parte ni indicio alguno de que volvería. La abrí sólo por ver lo que estaba dispuesto a tirar a la basura. Un cepillo de dientes con las cerdas desviadas, un frasco de Nescafé con pasadores para el cabello, una libreta, unos CD’s… Nada. Me acordé de que Rosario me dijo que las cosas eran eso: pocas cosas, casi nada.

Casa en la playa
Casa en la playa

Marco Julio Robles Santoyo, (Puebla, 1983). Licenciado en filosofía por la Universidad Autónoma de Puebla. En 2014 obtuvo una beca por parte del CONACYT para obtener el grado de Maestro en filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha colaborado en el suplemento Numen; en las revistas Luvina y Clarín.

Es autor de Diario camaleón (Textofilia, 2015), obra que presentó en la librería Elkar en Vitoria, España, y en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. En marzo de 2016, Diario Camaleón fue la obra elegida por el Museo de Arte Contemporáneo del País Vasco, para la celebración del Día del Libro, vinculando pintura y literatutra a partir de los cuentos que componen dicha obra, en el marco de un Club de Lectura dirigido por Concha Rubio.

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