Las sonrisas, esas cicatrices luminosas

Por Ernesto Reséndiz Oikión

Me declaro un lector entusiasta del libro Chulos y coquetones. Conversaciones con protagonistas del mundo gay, escrito por Antonio Bertrán Rodríguez, publicado por Edisciones B en 2015; tanto es así que he asistido a las cuatro presentaciones de la obra en la Ciudad de México. Cada una se convirtió espontáneamente en una celebración gozosa, en el reconocimiento de la homosexualidad como una fuerza creativa y de transformación social en el país. Mucha gente llegó para escuchar al reportero fundador del periódico Reforma y autor de la columna “Nosotros los jotos”, en el diario Metro, con distribución en Guadalajara, la urbe sodomita tapatía.

Chulos y coquetones es un repertorio de doce entrevistas realizadas durante seis meses a varios de los protagonistas no heterosexuales de la vida pública mexicana; son artistas, creadores, activistas, especialistas en joterías, cuyas obras han enriquecido la cultura y la sociedad del país. Presenta las historias contadas en primera persona por quienes se atrevieron a vivirlas en el ejercicio pleno de su libertad, sin amedrentarse ante la homofobia, la violencia y la estupidez. Voces en primer plano, de personas que reclamaron su dignidad a gritos, se rieron de los problemas a carcajadas, contaron sus secretos en murmullos, dijeron el nombre de sus amores con claridad, lloraron con la voz quebrada a sus muertos y se levantaron con decisión ante los golpes aciagos.

El título es uno de los muchos aciertos del libro, porque recupera y resignifica los versos que acompañaron los grabados de José Guadalupe Posada sobre la redada del baile de los 41, en 1901: “¡Aquí están los maricones/ muy chulos y coquetones!”. Antonio Bertrán explica que sus entrevistados son chulos en “figura y obra” y coquetones porque “supieron seducir a un destino adverso”. Los lectores también somos seducidos por estas vidas ejemplares y por la pluma ágil, directa y amena que nos ofrece un retrato sugerente y entrañable de cada una de las catorce personalidades elegidas. En estricto orden de aparición: el crítico de literatura Antonio Marquet; la actriz Coral Bonelli; la Supermana, una de las Hermanas Vampiro, encarnada por Daniel Vives; el flautista Horacio Franco; el médico Jorge Saavedra; el bailarín y coreógrafo José Rivera; el activista Juan Jacobo Hernández; el sexólogo y activista Luis Perelman; el escultor Reynaldo Velázquez; el antropólogo y activista Xabier Lizárraga; el diseñador de modas Macario Jiménez; el arquitecto Fernando Raphael; el pintor Nahum B. Zenil y el comerciante Gerardo Vilchis.

La selección fue propuesta con buen tino por el editor Rodolfo Naró. Aquí están catorce maricones de lujo, incluyendo a una actriz trans y a una adorada superheroína, todos los que están son, aunque no todos los que son están. Esto último es comprensible, porque resultaría una tarea imposible tomar el testimonio de todos los jotos que contribuyen destacadamente con su quehacer cotidiano a nuestro país. De este hecho podemos sentirnos orgullosos; por lo visto, en la llamada minoría, hay una multitud excepcional.

Antonio Bertrán ha dicho que este proyecto estuvo marcado desde el principio por la “generosidad” de sus entrevistados. El periodista honra con su ética profesional la confianza que cada quien depositó en él, porque sabe que está trabajando con un material valiosísimo, único y muy frágil: la memoria y la identidad de sus protagonistas. Bertrán tiene el talento de la simpatía, que le sirvió como una llave maestra para entrar a los claroscuros más fascinantes de los chulos y coquetones. El reportero no escatima en recursos para ofrecernos los rasgos, los gestos y las experiencias que resultan iluminadoras y pintan de cuerpo completo a sus personajes. El resultado es un caleidoscopio que nos muestra sus facetas públicas, y, además, con preguntas incisivas, explora las vidas privadas e incluso íntimas. El autor pone en práctica la consigna feminista que afirma que lo personal es político. No teme lanzar interrogantes que remuevan momentos dolorosos, porque es consciente del poder catártico de la palabra: hay que hablar de lo que nos duele y fijar en palabras nuestras dichas, placeres y desventuras. La escritura como un invaluable soporte para trascender nuestra mortalidad. Tampoco se detiene ante chismes e indiscreciones que considera valiosos para describirnos cada perfil; ya el escritor Salvador Novo, en sus memorias homoeróticas La estatua de sal, nos enseñó que la divulgación de los secretos es una poderosa forma de resistencia ante el silencio que pretende anular la existencia homosexual. El silencio es un clóset, afortunadamente, roto en mil añicos.

Antonio Bertrán
Antonio Bertrán

Leí Chulos y coquetones de un tirón en una tarde de diciembre. Fue una lectura que me hizo reír, sonreír y conmoverme. El libro me recordó varios momentos de mi vida como hombre gay, algunas de las personalidades son personas entrañables para mí y otras, aunque desconocidas, con trayectorias que me parecieron encantadoras.

Recordé aquel día cuando compré el libro ¡Que se quede el infinito sin estrellas!, de Antonio Marquet, que entonces se convirtió en una guía para mis propias pesquisas literarias. Saber que estudió en el Centro Escolar Revolución me hizo sonreír, porque en ese lugar se erigió la Cárcel de Belem, donde el cronista Heriberto Frías retrató en 1895 a La Cubana, La Turca y Víctor Alemán, un jotillo de 12 años de edad, quienes, a pesar de la prisión, supieron encontrar la libertad en el deleite de sus cuerpos. También recordé cuando conocí en persona a La Supermana, durante la presentación de otro libro de Antonio Marquet, El coloquio de las perras, análisis lúdico, lúcido y lúbrico sobre el perreo de Las Hermanas Vampiro.

Me vino a la memoria aquella vez que, durante la firma del disco Primero Bach, le confesé, a manera de provocación, al flautista Horacio Franco que me gustaban sus fotos, en las que salía desnudo. Recordé la mirada franca de Horacio, que me siguió cuando me despedí. También regresó al presente aquella tarde dorada, con un novio, cuando disfrutábamos un concierto de Horacio en el Zócalo. La música, la felicidad de este mundo.

Reviví la emoción que me provocó el documental Quebranto, de Roberto Fiesco, ese diamante con destellos en sepia, sobre la vida formidable de la actriz Coral Bonelli y su relación casi simbiótica con su madre, Lilia Ortega. La entrevista a Coral es la más hilarante de todas y en ella Antonio Bertrán deja hablar en forma desbordada a la estrella de cine: “¡Chinguen a su madre los vecinos, yo no trago de ellos!”.

Mi memoria también refrescó una función de La Cebra Danza Gay en la UNAM, a cargo de José Rivera. Recuerdo que el látigo de Pepe Rivera me asustaba y a la vez me gustaba. Su cuerpo en movimiento era una preciosa estatua viva. Otra noche, La Cebra daba función en la explanada del Centro Cultural Universitario, yo había ido a verlos, pero terminé escabulléndome entre el pedregal y la maleza, donde un amigo me masturbó. Me emociona saber por Chulos y coquetones que José Rivera está escribiendo sus propias memorias. Considero que será un testimonio valioso para recrear las peripecias homoeróticas de las últimas décadas.

Mis años universitarios también me permitieron conocer a Juan Jacobo Hernández. Un fin de semana, con mis amigos del grupo Udiversidad, visité sus oficinas del Colectivo Sol. La personalidad de Juan Jacobo se mostró decidida y congruente, fue generoso con su tiempo y claro con su labor. Nos mostró que el activismo no era un negocio de ocurrencias, sino una vocación de trabajo a contracorriente. La tarea de Rosa Luxemburgo florece con el empeño de todos los días.

De todos los personajes, con quien me identifiqué más fue con Luis Perelman. Él, al igual que yo, estuvo muchos años dentro del clóset y supo de ese infierno insufrible. Al igual que él, también fui un chico bien portado, hasta que un día entendí que sólo yo era responsable de mi vida. Perelman es un hombre dulce, su lucha al interior de la comunidad judía me emociona.

En algún catálogo de las exposiciones de la Semana Cultural Lésbica Gay, del Museo del Chopo, había visto la obra de Reynaldo Velázquez, pero no sabía nada de él. Antonio Bertrán ofrece un rico diálogo con el escultor. La entrevista tiene la virtud de abrirnos perspectivas sobre el proceso creativo de Velázquez, quien recordó a los niños desnudos bañándose en el río de su memoria.

Sonreí con la entrevista de mi maricónica abuela Xabier Lizárraga, quien además de ser un activista y un antropólogo fuera de serie, siempre ha sido un hombre generoso conmigo. Su amistad alegra mis días. Las tardes florecidas en su casa son un regalo que atesoro.

También recordé aquella tarde de 2011, cuando fui a un puesto de periódicos en Reforma por la revista Quién, que, en su portada, por primera vez, mostraba un matrimonio gay: “Macario Jiménez y Fernando Raphael, felizmente casados”. Gracias a Antonio Bertrán supe que Macario, quien es tapatío, pasó su infancia en Zamora, Michoacán. Soy un chico zamorano que conoce las alegrías y desventuras de ese terruño michoacano donde muchos machos mochos se acuestan con hombres.

La última plática con Nahum B. Zenil y Gerardo Vilchis es una de las más emotivas. Los esposos recibieron a Antonio Bertrán en su caserío en Tenango del Aire. La infancia de pobreza y acoso que padeció el pintor Nahum B. Zenil no pudo ensombrecer sus autorretratos cachondos, con pinceladas de ternura y humor.

En mi opinión, de todas las entrevistas, la mejor, por el significado político que entraña, es la del médico Jorge Saavedra, quien abiertamente habló sobre su experiencia como seropositivo cuando era funcionario del gobierno federal en el sexenio de Fox. Las decisiones que se tomaron desde el gobierno en materia de políticas públicas para la respuesta al sida se impulsaron, en parte, por el trabajo de Jorge Saavedra. Este tipo de testimonio, el de los gays en el poder, es muy útil como fuente primaria para los historiadores del futuro que escribirán esa historia de los homosexuales en México.

Chulos y coquetones se puede entender como un fruto alegre de un trabajo en equipo. Ojalá que todas las personas, sin importar sus deseos o identidades de género, se acerquen a disfrutar de esta obra que reúne las voces de personas cuyas sonrisas son también cicatrices luminosas.

Chulos y coquetones de Antonio Bertrán, Ediciones B.
Chulos y coquetones de Antonio Bertrán, Ediciones B.

Ernesto Reséndiz Oikión (Zamora, Michoacán, 1988). Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Es ayudante de profesor en la FFyL y becario de investigación en el Programa Interdisciplinario de Estudios de la Mujer, en El Colegio de México. Co-coordina el Seminario de Literatura Lésbica Gay en la FFyL. Ha colaborado en la página “Rebeldía”, del Guía. Semanario Regional Independiente, de Zamora y en el libro La memoria y el deseo. Estudios gay y queer en México, publicado por la UNAM en 2014.

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