Moscas

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Mosca

Por Angel Soto H.

1

―¡Se lo están comiendo las moscas!

―¿A quién?

―¡A Anastasio! ¿A quién va ser?

―¿Lo viste?

―¿Cómo lo voy a ver? ¡Oí a la vieja gritar!

Agapito salió detrás del pequeño Celso. La idea de que las moscas llegaran una vez más como símbolo de la muerte lo emocionaba, él mismo había nacido un día en que los insectos visitaron Tequixtán. Agapito vino al mundo el mismo día en que trajeron a su abuelo, el viejo Nabor, con un hoyo en el estómago que le habían hecho cuando regresaba de la raspa de maguey por el camino que conduce al pueblo vecino, San Miguel. Nadie sabe qué fue lo que le ocurrió al estómago del viejo Nabor, nadie tiene certeza de lo ocurrido, lo único cierto es que el doctor venido de San Miguel encontró pequeñas espinas y restos de penca en medio del boquete del vientre del viejo Nabor. “Un bayonetazo de penca de maguey”.

Esa tarde, el anafre de Carmen la curandera, producía un calor sofocante dentro de la choza en la que se velaba al viejo Nabor, el humo se elevaba rápidamente y se estrellaba en el techo de paja y hoyos. Las plegarias de la vieja se confundían con el incesante susurro de los asistentes y los gritos ensordecedores de Eudocia a punto de parir con un sudor frío que no dejaba de caerle por las sienes. Las piernas y los brazos del viejo Nabor colgaban fuera del desgastado cajón de madera que Tomás trajo de su carpintería al enterarse de que el cadáver había llegado envuelto en una sábana ensangrentada, encima de la cual Eudocia gritaba de dolor. Tomás estaba parado junto al difunto con la resignación en los ojos y la certeza de que no recibiría un quinto partido por la mitad a cambio de  la caja.

―No se preocupe, Eudocita, para eso somos los amigos, ya me pagará usté cuando pueda o cómo pueda― ensayaba Tomás con una sonrisita.

Como a las doce de la noche Carmen logró traer al mundo a Agapito. De inmediato, los gritos del bebé opacaron los de Eudocia. El pequeño fue cubierto con la sábana ensangrentada y alimentado con la escasa leche que salía del pecho de su madre. A Nabor le seguían colgando las manos y los pies fuera de la caja, pero ya nadie lo notaba, toda la atención la recibió Agapito. En Tequixtán siempre era más fácil maravillarse de la vida que de la muerte.

Poco después, las moscas hicieron su arribo. Se escuchó una especie de zumbido distante que rápidamente se fue haciendo insoportable, los asistentes decidieron retirarse a sus respectivas chozas, no querían tener un encuentro con esos insectos infernales, aunque hasta ese día nadie lo había tenido, al menos nadie que pudiera contarlo. Un encuentro con las moscas no se daba en este mundo.

Eudocia, aún adolorida, se cubrió con la sábana e hizo lo mismo con el bebé que descansaba entre sus brazos, se encogió en un rincón sin moverse, rogando que Agapito no comenzara a llorar. Fue así como escuchó a las moscas entrar a la choza y llevarse el cadáver agujerado del viejo Nabor, en medio de un zumbido espeluznante que la dejaría casi sorda por el resto de su vida, escuchando la caja brincar violentamente sobre el suelo. Después, llegó el silencio, las moscas se habían ido sin dejar rastro. Eudocia salió de debajo de la sábana con Agapito en los brazos y observó que de la caja seguían colgando parcialmente los pantalones y las mangas  vacías de la camisa del viejo Nabor.

Agapito creció rápidamente y con una inusual normalidad en medio de carencias, de tierra del camino y esferas de paja empujadas por el viento vespertino de Tequixtán. Siempre soñó con poder alcanzar una desde que era muy pequeño, le intrigaba saber a dónde iban a parar, si es que alguna vez se detenían. Para ello permanecía agazapado junto a Celso y otros niños que se turnaban los días de la semana para acompañar su obsesión, detrás de las nopaleras que flanqueaban el camino que conducía a San Miguel, esperando mientras jugaban con un palillo de madera entre sus dientes. Esperaban a diario por horas enteras hasta quedarse irremediablemente dormidos, mientras las esferas desfilaban frente a sus cuerpos anestesiados y cobijados por el sopor del sol al ocultarse. Despertaban cuando la penumbra de la noche comenzaba a caer sobre los campos abiertos y la última esfera recién había pasado. Entonces se desperezaban tallándose los ojos y soñaban que al día siguiente lograrían alcanzar una. Pero las tardes de Agapito y Celso transcurrían una tras otra de forma rutinaria, con ellos agazapados entre las nopaleras, jugando con el palillo en los dientes, con el sol de la tarde sofocando la tierra y el sueño venciéndolos irremediablemente, sueño que nunca pudieron hacer realidad porque jamás alcanzaron una esfera en toda su vida.

2

Cuando Agapito, con los pies enlodados, llegaba a su choza por las noches, tenía que esperar a que Anastasio saliera, lo hacía porque así se lo había ordenado Eudocia y porque le provocaba asco lo que el cochino viejo le hacía a su madre. Lo aborrecía tanto que sólo esperaba el día en que las moscas visitaran nuevamente el pueblo para llevárselo, sólo así sería feliz. Aunque entonces, ya no tuviera nada más que comer.

Anastasio se había hecho rico gracias al negocio de los palillos de madera que había fincado en Tequixtán, lo cual consiguió, por pura casualidad, una tarde en que una espina de pescado se le atoró entre los dientes. Anastasio se revolcó de dolor durante horas intentando encontrar algo con qué sacarse la espina sin poder lograrlo. Al caer la noche salió de su casa y se encaminó, en busca del único dentista de la región, por el camino que conduce a San Miguel en medio de una oscuridad abrazadora. Caminó por espacio de media hora sin distinguir luz alguna en las cercanías, con el dolor taladrándole la mejilla y las lágrimas que empezaban a salir de sus ojos. De pronto, cayó en una gran zanja de esas que hacen los tractores al arar la tierra, la caída le abrió una herida en la pierna al contacto con las piedras, cuyo dolor lo dejó por fin inconsciente. Despertó con el amanecer, cuando el sol se elevaba sobre las montañas del este y el dolor había regresado a su boca. Fue entonces cuando descubrió que su pierna mostraba una herida de quince centímetros que empezaba a escocer, sin embargo, el dolor de la espina resultaba más intenso. Anastasio logró salir con mucha dificultad de la zanja,  al encontrarse tumbado a la orilla, descubrió un pequeño trozo de madera que se asomaba  debajo de la tierra removida, la tomó y con ella pudo sacar por fin la espina. Anastasio estaba tan contento que olvidó por completo la herida en su pierna, se dirigió a su casa haciendo cálculos y pensando en las posibilidades que había descubierto en un pequeño trozo de madera aparentemente inservible. Anastasio se internó en uno de los bosques que rodeaban Tequixtán a la mitad de la noche de ese mismo día, acompañado de un puñado de hombres sin rostro. Llevaba un hacha en la mano y en la otra un bastón de caoba con el que ayudaba a su pierna abierta para poder caminar. Al día siguiente nadie se dio cuenta de que faltaba un árbol en el bosque, el primero de muchos en el futuro. De ese tronco que Anastasio robara sin ningún miramiento, se obtuvieron millones de palillos y se llenaron con ellos miles de pequeñas cajas que vendió en todos los pueblos vecinos, en las grandes haciendas e incluso en la gran capital. El único lugar donde Anastasio no pudo vender un solo palillo fue en Tequixtán, porque nadie tuvo necesidad de ello.

Con el tiempo, Anastasio logró crear un verdadero imperio en el negocio de los palillos. Su pequeña cabaña, ubicada a orillas de Tequixtán, se convirtió en una lujosa e inmensa mansión que se levantó muy por encima de las casas del pueblo y llegó a ocupar un gran número de hectáreas extendidas hacia el camino que conduce a San Miguel. Anastasio se volvió huraño, déspota, y tomó por amante a Eudocia tras la muerte del viejo Nabor. Casi no salía de su palacio y se le veía sólo cuando volvía de la choza de su amante por las noches, regresaba por el mismo camino que antaño lo viera caer y abrirse la pierna la noche que descubrió el negocio que lo hiciera rico. La espera de Agapito finalmente terminó cuando las moscas visitaron de nueva cuenta Tequixtán una noche del octavo año después de su nacimiento y de la muerte del viejo Nabor. La lluvia intensa refrescó los campos desde temprana hora, pero para la noche los gruesos nubarrones habían desaparecido por completo y la luna brillaba con una inusual fuerza sobre la hacienda de Anastasio. Los gritos de la vieja Carmen habían empezado temprano, justo cuando la tormenta comenzaba. De su anafre se elevaba una nube de humo con olor a incienso, copal y oraciones macabras que más bien parecían alaridos que se podían escuchar de lado a lado del pueblo. Anastasio estaba tendido en su cama de la que ya no pudo levantarse siete días atrás, la herida se le agusanó con los años y los calores de cada verano. Nadie se dio cuenta de la ausencia de Anastasio esa última semana, nadie a excepción de Eudocia, que por fin había descansado del peso de aquel cuerpo obeso y sudoroso y de su aliento a bebida rancia. A ella no le extrañó que el viejo dejara de ir por las noches, sabía que no lo vería más desde la última vez en que Anastasio a duras penas pudo arrastrarse desde la puerta hasta la cama y subirse en ella. Sabía que esa sería la última vez, cuando lo vio irse de bruces al salir de la choza maldiciendo la pierna ya inútil y el bastón roto, era sólo cuestión de horas para que las moscas, nuevamente, visitaran Tequixtán. Las moscas fueron atraídas por el hedor que emanaba del techo de la recámara donde Anastasio agonizaba y por el vómito con el cual por fin se ahogó. Poco después de la media noche se empezó a oír un zumbido en la lejanía que se convirtió en algo insoportable una hora después, las moscas cayeron sobre la hacienda sin piedad mientras la vieja Carmen emitía espantosos alaridos que se confundían con la columna de humo de su anafre.

En las cercanías de la hacienda se oyó el zumbido por espacio de media hora y el golpeteo de las patas de la cama contra el suelo. Después, sólo quedó el silencio que las moscas dejaron detrás, abandonando sobre la cama las ropas húmedas de Anastasio y el bastón sobre el suelo.

Poco antes, Eudocia permanecía en su choza atenta al zumbido con Agapito a su lado, fue entonces cuando el pequeño Celso entró:

―¡Se lo están comiendo las moscas!

―¿A quién?

―¡A Anastasio! ¿A quién va a ser?

―¿Lo viste?

―¿Cómo lo voy a ver? ¡Oí a la vieja gritar!

Angel Soto H. (Ciudad de México, 1974). Ha colaborado en la revista Trilogía periodística y en Grupo Dimas Ediciones.

Email: jeanlhou@hotmail.com

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Daniela Ortegon dice:

    Interesante cuento, me atrapo… Pensar que lo más obvio al morir suele ser desagradable y espantoso así mismo un preámbulo para liberar a Eudocia.

    Me gusta

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