Dos días, una noche: la rama que cruje

Por Erick O. Hernández Morales

En un breve descanso, en medio de su viacrucis para conservar su trabajo, Sandra (Marion Cotillard) exclama: “Me gustaría estar en su lugar”, refiriéndose a un pájaro que canta. La mujer desesperada y abatida tiene razones para desear parecerse al animal del que dice Salvador Díaz Mirón: “canta aunque la rama cruja / como que sabe lo que son sus alas”. Bajo sus pies, cruje el soporte en el que el ser humano funda su bienestar en el mundo contemporáneo: el económico.

Dos días, una noche (Deux jours, une nuit, 2014) de Jean-Pierre y Luc Dardenne muestra el drama de una mujer en cuyos hombros cae el peso de algo que la sobrepasa infinitamente, a ella y a cualquier persona: el modelo económico global, en cuya lógica de competencia por los mercados difumina la individualidad para convertirla en un costo. Tras una ausencia de Sandra por problemas de salud, la empresa donde trabaja ha descubierto que puede prescindir de ella o, mejor dicho, de emitir su sueldo, sin mermar su productividad. Ante la irrebatibilidad de ese hecho, el patrón sólo deja una alternativa que le permitirá compensar el gasto que le provocaría conservar el sueldo de la mujer, al mismo tiempo que desentenderse de la responsabilidad del recorte: dejar que los empleados decidan en una votación si conservar el puesto de su compañera con la condición de renunciar a un bono de mil euros.

Esos antecedentes, expresados en pocos minutos, establecen las condiciones del drama. La protagonista tiene dos días y una noche para buscar a sus compañeros y convencerlos de votar a su favor. De esta manera, desde un macro contexto apenas referido, el foco de atención del filme aterriza en la comunicación, expresión medular de las relaciones interpersonales. El drama se va a desarrollar en una sucesión de diálogos en los que tanto el tiempo (el fin de semana) como el espacio (los domicilios de los interlocutores) determinan unas circunstancias que se salen de la cotidianeidad en la que normalmente se da la convivencia entre los compañeros, es decir, la rutina del trabajo donde cada uno desempeña las tareas correspondientes a su puesto pero no desenvuelve su propia persona y donde las relaciones humanas muchas veces se ven limitadas a una cordialidad funcional. Eso, sumado a la gravedad del asunto a discutir, desatará los que tal vez sean los primeros actos de comunicación reales entre conocidos, de los que no sabemos desde hace cuánto tiempo lo son.

Dos días, una noche de Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne
Dos días, una noche de Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne

Los argumentos de Sandra básicamente son tres: se encuentra en buenas condiciones para trabajar, no es ella la culpable de que su permanencia en la empresa implique la pérdida del bono para los demás y, en último término, quiere estar con sus compañeros.

Las respuestas negativas giran en torno a una razón predecible: la necesidad del dinero. Esto genera un impasse en la comunicación representado en el plano visual a través del encuadre, que reiteradamente separa a los interlocutores por una línea divisoria que no se traspasa y que deja a la protagonista del lado más estrecho, como un reflejo de la fragilidad de su posición. Entre los elementos que cumplen esa función divisoria, el que más se repite es el uso del marco de la puerta. También resulta el más significativo; Mireille, por ejemplo, se sostiene de él mientras habla, como aferrándose a la frontera entre su espacio y el de la visitante, haciendo ver la presencia de ésta como una invasión. Así impone a la comunicación un límite espacial al que se suma otro temporal debido a la prisa con que se ve obligada a tratar su asunto. Pero la negativa más dura para Sandra es la de Nadine, quien se niega a recibirla, cancelando totalmente la posibilidad de comunicación.

Sin embargo, el intercambio comunicativo no siempre es estéril y en ocasiones provoca un cambio en la posición de los interlocutores. Es el caso de Timo, quien acepta de inmediato votar a favor de Sandra mientras rompe en lágrimas, una reacción externa que denota la superación interna de la tensión entre el problema económico y la empatía por un semejante. Un ejemplo más es el de Alphonse, quien primero argumenta en contra, no por la necesidad del bono, que en su caso sería mínimo, sino por la inestabilidad de su situación laboral, que lo obliga a cuidarse de molestar al capataz para obtener una renovación de contrato. La línea divisoria (representada visualmente por una serie de burbujas pintadas en la pared de la lavandería donde se encuentran) se rompe cuando Sandra le hace ver que comparten la misma situación de debilidad y temor ante la figura de autoridad. En este caso, la comunicación lleva a una verdadera identificación con el otro.

Si la comunicación entre dos es tensa, la que involucra a un tercero desata conflictos. Así pasa con dos compañeros, padre e hijo, el primero de los cuales está dispuesto a ponerse del lado de Sandra, mientras que el otro es totalmente intransigente. Lo mismo sucede en el caso de Anne, una mujer que en un primer momento responde con una negativa, sometiéndose al arbitrio de su marido, pero luego decide cambiar de opinión y, de esa manera, no sólo es fiel a su postura, sino que actúa por primera vez con libertad, independiente del hombre que la somete.

La alternancia entre el apoyo y el rechazo de sus conocidos provoca un desequilibrio en el estado emocional de la protagonista. Pasa por una crisis que en su punto álgido la lleva a un intento de suicido. De menor intensidad, pero constantes, también vemos signos de optimismo que, en concreto, se expresan por elementos musicales, como si se tratara de una forma del canto que comentábamos al principio. Éstos aparecen ligados a la compañía de sus seres más cercanos. Los más obvios son las canciones que canta en el auto junto a su esposo Manu (Fabrizio Rongione), pero también podríamos mencionar un teclado de juguete en la habitación de sus hijos.

El resultado de la votación final desfavorece a Sandra, pero se le ve más fuerte cuando le comunica la noticia a Manu con ojos lacrimosos y unos labios que intentan sonreír. La rama cede, no obstante, la mujer no se derrumba. En la última secuencia la vemos alejarse, mientras se escucha un canto de aves que permanece durante los créditos. La mujer ha descubierto sus alas.

¿Quieres ver la película? Haz click aquí.

Erick Onoffre Hernández Morales (1987, Estado de México). Estudió la carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha colaborado en la publicación independiente Pájaro azul. Es parte de la redacción de la Gaceta Digital FI.

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