Vivir en una calle llamada Venezuela

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Por Nérvinson Machado

Ahora que me toca vivir en una calle llamada Venezuela, aquí en el extranjero, y que puede convertirse en un oasis o en el espejismo de un oasis, el insomnio de nuevo me ataca y salen algunas reflexiones. Aquí van:

El que le colocó el nombre a la calle nunca se enteró que siempre fue un mal chiste de los españoles que, gustosos de oro y carne fresca, se dieron la tarea de descabezar todo lo que pudieron y a falta de otras cabezas que seguir cortando y ya aburridos, y así hasta el infinito, se les ocurrió que no se iba significar Pequeña Venecia, como nos chantajearon en la escuela –luego de que te llamaran por tu apellido y después por tu nombre–, sino la Vene-zuela. Es decir, la Venecia jodida. Nadie niega la mala voluntad de esos españoles que vinieron a conquistar, ¿cierto? Nadie niega, tampoco, esa versión un tanto morbosa y futurista del nombre, ¿cierto?

¿Alguien negará la mala voluntad de esos maestros que enseñaron que Venezuela significaba “Pequeña Venecia”?

Y aprovechando el espacio, que a nadie se le ocurra, con esa sed nacionalista venezolana, llamar a alguien mujerzuela creyendo que le está diciendo algo dulce. No, por favor. No se convierta en una versión del maestro venezolano de mi infancia. Y justo ahí, si es posible, pare, stop, ponga el freno de mano, apague el motor, saque la llave, cierre la puerta y olvídese donde estacionó el auto de la estupidez y piérdase para siempre de ahí (la delincuencia siempre es buena excusa para decir que algo importante se le perdió. Pero no se preocupe, nadie lo notará).

Por fortuna el sufijo “–zuela” ya casi entra a esa dimensión rara y poco aprovechable, donde también se fueron todos esos conquistadores, llamada arcaísmo.

Lo bueno de todo esto es que cada vez que me tope en una calle cercana a un xenofóbico (o como le llaman ahora, moderna o posmodernamente –no sé–, “amante de la patria” (de ahora adelante un ADLP) y me diga: “Por qué no te regresas a tu país, maldito extranjero” –y ya en ese punto seguro es difícil explicarle a un ADLP que nadie “tiene” un país, sino que los países lo tienen a uno, nos “secuestran”–, no quede más que sonreír, levantar un dedo, apuntar a la calle de al lado, tal cual lo haría E. T., con la diferencia de que no señalaré al espacio, sino una cuadra más allá (disculpen ustedes, las nuevas generaciones, que no tienen, por fortuna, un alien con cara de viejo con cirrosis como ídolo infantil. No les explicaré lo del dedo rojo ahora, ya sería demasiado obsceno). El paso siguiente, por supuesto, es caminar con ese paso copiado de Chaplin, para disimular que estás ebrio y perderte en la esquina siguiente al centro del pueblo. No me gusta el cine, no me gusta mucho E. T., aunque a veces lo dudo, pero también a veces pienso que Steven Spielberg es una maravilla a pesar de sus siglas tan parecidas a los ADLP.

Me gustaría que todos tuvieran una calle con el nombre del país que los botó a la mano para evitar a un ADLP. Porque todos los ADLP tan parecidos, todos tan juntos, todos tan iguales, tan chavistas y antichavistas, todos tan de derecha con su otra derecha más a la derecha todavía, me hacen acordar a todos esos venezolanos revolucionarios y militaristas y tan conservadores, peleando contra otros que son todos tan revolucionarios y militaristas y tan conservadores, por su cuota de poder. Todos tan iguales, que hasta en los gustos se parecen, y se puede comprobar. Por ejemplo, entre usted al baño de cualquier venezolano que se identifique con la oposición o con el chavismo y puede testificar que no tienen espejos para no verse el trasero y notar que lo tienen embarrado todavía. Y prefieren –he aquí otro punto común a los dos bandos– echarle la culpa de sus males a los migrantes colombianos. Ya lo dije, todos tan parecidos, todos tan juntitos, todos tan conservadores, amén.

Me preocupa también despertar a media noche en esa calle e imaginar que Maduro podría estar dando otro de sus discursos incontrolables, heredado de un descontrolado mal discurso de su santo dios padre, aquí en el extranjero, donde vivo en una Venezuela incrustada en un pedazo de este pueblo. Me aterra imaginar que veré esa misma calle llena de militares en algún momento. Me aterra pensar que habrá un grupo llamado Oposición que a lo único que se opone es a no estar recibiendo millones y millones de petrodólares en sus cuentas corrientes y tengan que criticar a otros con esos mismos millones y todos estén de acuerdo en seguir subiéndose el sueldo de político y en hablar en nombre de los demás; hablar en nombre de todos esos que creen que uno u otro bando los salvará y que nada han tenido que ver con lo mal que les huele el trasero a los que están en el poder.

Estoy seguro de que el que colocó el nombre a la calle no sabía que un venezolano (por lo menos de pasaporte) iba a vivir asustado de asomarse a la puerta y creer que iba a ver caras frenéticas gritando a favor de una derecha o una izquierda que se parecen tanto que mejor prefería regalarles una corona de flores a ver si de una vez por todas se velan ellos mismos en su funeral.

Nérvinson Machado (Caracas, 1976).

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