Tocata y fuga

Buzo
Buzo

Por Ana Laura Coronado Chiw

El silbato de la tercera vigilia sonó para nosotras por última vez. Sobre la plataforma una noche sin estrellas giraba en su bóveda infinita. Los guardias de piso hacían el rondín confiados en el efecto del sedante. Sólo el módulo de enfermería obstaculizaba la entrada al pasillo circular cuyas escaleras bajaban a la base. Nuestra celda curvilínea era un suelo de plata y postes recubiertos con fibra de vidrio. Bajo la luz selenita toda aquella estructura era un enorme esqueleto de tarántula con largas patas que parecían hundirse en la oscuridad del mar. Entre cada columna las ráfagas de viento rasguñaban la piel descubierta. Quinientos metros abajo podían verse las olas romper contra el enmarañado metálico de aquella particular prisión.

Ella lucía diminuta, casi infantil en su traje de buzo; para mi sorpresa no se resistió a usarlo. Supuse que la camisa de fuerza la había condicionado a vestir lo que le impusieran. Me reconoció, quise pensar que así fue. Era lógico que el rigor de la vigilancia no iría a ser el mismo después del experimento, al menos eso supuse, ni del conejillo ni de mí tendrían ya cuidado. Aun así no les convenía que escapáramos. Faltaban un par de días para entregar mis observaciones, por lo que tampoco sospecharon que la mano derecha del neuropsiquiatra fuese también la hija del conejillo. Es que el parecido entre ambas manos era impresionante, salvo que yo estuve todo el tiempo del otro lado del espejo; en la parte siniestra que impulsa a desobedecer al padre, dándome cuenta de que nada por el bien de mi madre se estaba llevando a cabo en ese extraño laboratorio.

Ella gimió un poco cuando le di a sorber el antídoto contra el somnífero. Sus ojos aún vagaban discordantes. Se dejó guiar hasta la orilla del módulo. Éramos dos sombras apenas resbalándose entre los postes. Luego de identificarme con el código de mi pupila, las puertas de enfermería se abrieron a nuestro paso. Descendimos círculo tras círculo de aquella vertiginosa espiral de peldaños. Faltaba un solo piso para llegar a la base cuando las alarmas se encendieron sobre nosotras con su juego de luces estroboscópicas.

Casi irresistible a mis oídos, la “Tocata y fuga” de Bach traspasó a mi madre con sus vibraciones. Supe entonces que todo estaba perdido. No bastó el antídoto, la identificación de retina, ni el robo de los trajes de buzo. Ella seguía bajo los efectos del experimento. Aunque nos apresuramos piso tras piso, cada esfuerzo se tornaba inútil. El negro de sus ojos se dilató hasta cubrir de tinieblas sus globos oculares. Fue inevitable que sucumbiera al magnetismo lunar. Al tiempo en que la marea se elevaba, crecían en el conejillo las alucinaciones, los discursos delirantes, la paranoia; cada síntoma agudizado con la música, la sustancia reactiva y, sobre todo, la perturbación que en ella ejercía aquel satélite natural. Quedamos situadas entre el último nivel y el primer grupo de guardias armados con sus bastones de electroshocks. Abajo, un mar con apariencia de asfalto, revolvía su alquitrán en espera de nuestros cuerpos.

De la parte inferior de la base a la superficie del agua eran aproximadamente unos cincuenta metros, el desfiladero dificultaba la precisión de un clavado. Era saltar o seguir en cautiverio. La entrada en escena del neuropsiquiatra resolvió la disyuntiva. Ante su presencia mi madre temblaba. Un chispazo de cordura la hizo tomar una decisión. Leí un esbozo tierno en su rostro y una mueca en su gesto me señaló el abismo. Nos lanzamos asidas una de la otra, dejando arriba aquella mano que se estiraba y que por tan sólo tres centímetros de distancia no había logrado alcanzarnos.

Caímos. Por el impacto estuvo desmayada unos segundos mientras yo la sujetaba del cuello con un brazo y con el otro me forcé a flotar. El mar de obsidiana se hacía pesado a cada movimiento de mis extremidades. El cansancio comenzó a abatirme muy cerca de la cabina de boyas, a unos metros del muelle. El vigilante Iluminó con su linterna nuestras siluetas y a punto estuvo de sonar su silbato cuando se percató de aquella ternura en el rostro de mi madre que, agitada por el oleaje, volvía en sí. Nos dejó nadar a través del enmarañado; pero era muy tarde. Los guardias ya corrían a lo largo del muelle. No tuve más fuerzas para alejarnos de aquella trampa. Uno de los soldados llegó a la orilla por la que tratábamos de escapar y extendió su bastón. Inmersas en el agua, mi madre y yo nos abrazamos mientras el hombre descargaba sobre nosotras más de cinco mil voltios de electroshocks.

Ana Laura Coronado Chiw (Ciudad de México, 1978). Egresada de la Escuela de Escritores de la SOGEM. Ha participado con poemas en las revistas Tílde y BalabardOs. Colaboró en dos ocasiones en Radio Sogem dentro del Programa “Los hijos locos”. Ganó el primer lugar en el XVIII Concurso Internacional de Cuento Navideño, Súbito, Breve y Electrónico. Email: anacoronadochiw@hotmail.es

 

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