A veces nos habitan

Archivo 29-02-16 9 31 21 a.m.
Granero

Por Teresa Navarro

                                                   A  mi querido amigo Carlos M. Cruz

Desde pequeña he oído a los demás hablar del mañana con la naturalidad del que posee algo de dinero y tiene la certeza de que le alcanza bastante bien para ir y comprar algo en la tienda, pero lo único cierto es que el mañana no es más que una representación de nuestra necesidad por permanecer en el mundo, de la constante negación de ser algo menos de lo que somos hoy. Nadie piensa con honestidad que mañana pueda morir a menos que sea un desahuciado, un “defensor de la justicia”, un peligroso capo o un suicida indeciso; pero tampoco sabemos cuándo nos volveremos unos asesinos, ¿acaso tú lo has pensado?

En continuas pláticas he oído a más de una persona que cree que en las condiciones necesarias podría volverse un asesino, yo también lo creo, pero la mayoría asume que será algo así como un héroe, defendiéndose a sí mismo, salvando a un ser amado o hasta cumpliendo con el deber de un buen ciudadano si un inocente se halla en peligro, pero pocas son las veces que alguien asume abierta y públicamente su deseo profundo de matar al vecino, al compañero de trabajo, al marido de la ex esposa, a la amiga “baja-novios”, al maestro que nos reprobó en la secundaria, etcétera; porque es muy distinto pensarlo que hacerlo, la mayoría de los humanos que lo hacen responden más a un instinto animal motivado por el estímulo de una discusión, de una borrachera, de una escena de celos salida de control, que a una clara y evidente necesidad de hacerlo a la que muchos psicólogos encajonan en alguna enfermedad mental de nombre a veces impronunciable. Yo soy de ésos y hasta hace poco ésta era mi historia:

Nací en el seno de una familia a la que muchos llamarían funcional e incluso modelo. Mi madre era una maestra que jamás ejerció porque se casó a pronta edad con su vecino, el chico más guapo de la colonia; él era como pocos, un joven clasemediero de una familia venida de lo ínfimo de la sociedad pero que había ascendido a costa de muchos sacrificios y esfuerzos, estudió una carrera de ingeniero y gracias a su inteligencia, carisma y notable atractivo había podido colocarse en una prometedora carrera a lado de la política de nuestro país. Mi madre provenía de una familia de provincia, fue religiosa hasta la “mochez”, amaba su vanagloriosa posición de ama y señora del hogar, era la venerable madre del vecindario, de esas mujeres que hacen a un lado sus sueños personales a favor de una familia ejemplar.

Yo crecí de entre todos los nietos, como la preferida por el hecho de ser la única mujer, precedida por primos varones y con un hermano menor que falleció en un accidente que no recuerdo muy bien, porque él y yo éramos lo bastante pequeños como para que yo aún lo tuviera presente en la memoria, un vago accidente donde mi hermano creo que quedó encerrado en un almacén que había en el rancho de mi familia mientras jugábamos a las escondidas; esta puerta, al parecer, se cerró accidentalmente al caer la tranca dejando a mi hermano imposibilitado para salir y él, en la desesperación, fue agotando el aire de la pequeña habitación. Pasaron días antes de que lo hallaran, cuando lo hicieron, era bastante tarde, había muerto por la falta de agua y comida.

Todo el amor de mi madre, padre y abuelos se volcó en mí, crecí llena de mimos y atenciones, asumo que pensaban que la muerte de mi hermano sería un duro golpe que superar; yo ni siquiera lo recuerdo, o a caso es algo de lo que me quise olvidar. Como lo dije antes, fui la preferida por todos, nada hubo en la vida que yo pidiera y no me fuera dado, estudié una carrera como ingeniero agrónomo y fui talentosa como pocas, la número uno de mi clase, la mejor recomendada, de las primeras mujeres en ser reconocida entre los ingenieros más notables de mi generación. Es entonces que me pregunto, ¿desde pequeños aprendemos lo que debemos hacer para eliminar los baches del camino? Ahora lo entiendo, yo siempre lo hice, lo malo es que detrás de estos muros me queda claro que un buen trabajo no admite reclamaciones.

A mis 25 años tuve el dinero suficiente para invertir en la crianza de ganado, tenía una extraña fascinación por ver a dos toros luchar entre sí, escuchar el crujir de los cráneos al estrellarse sin hacerse añicos, ver cómo se tensaba la musculatura de animales de media tonelada y admirar el sudor que tornasolaba el pelambre de tales bestias; sin embargo, evitaba asistir al matadero, la sangre siempre me produjo un enorme desprecio, sentía un insoportable asco cuando un viento traía hasta mi nariz el intenso olor a hierro de la sangre caliente de un animal recién sacrificado, me revolvía el estómago hasta hacerme devolver el desayuno, consideraba innecesario el sobrado sufrimiento de cualquier animal, entonces jamás me hubiese imaginado que sería capaz de hacer algo como lo que me condenó después, pero que a pesar de todo, hoy no me roba el sueño.

Mi rancho en Oaxaca fue de los mejores del sur del país, eso día con día me daba la oportunidad de contratar más y más trabajadores; una mañana llegó hasta las puertas una mujer sin mucha gracia, pero que marcaría significativamente el rumbo de mi vida. Esta mujer se llamaba Xóchitl, nombre pretensioso de un pasado indígena nunca superado pero jamás asumido, era alta y delgada como un junto, de piel morena, de ojos grandes, de cabello corto sin mucho lustre, de labios carnosos y voz intensa, pero no podría decirse que muy agraciada, es por esto que ahora me parece tan extraño que sin razón me irritara de sobremanera su presencia, mi padre la había seleccionado entre varias aspirantes a contadoras, la ignoraba, pero algo en su falsa sumisión me desencajaba, a mí, una mujer que todo lo tuve, fortuna, amor familiar, belleza como pocas, en resumen, exitosa en todo. Y así poco a poco la fui odiando, me alteraba su falsa sumisión, el tono de su voz desafiando muchas de las órdenes que yo daba tan sólo por no ceñirse a los presupuestos por ella recomendados, detestaba sentir que alguien pudiese ocupar el espacio que por derecho era mío, buscaba anular sus participaciones humillándola por el hecho de venir ella de una escuela local y pública, y porque yo había tenido la oportunidad de estudiar en los mejores colegios y haber viajado tanto. ¿Entonces por qué me alteraba su presencia si yo de ante mano la hacía inferior a mí? Las pasiones me arrastraban, a mí, la que siempre tenía una sonrisa amable para los demás, me sentía como uno de esos toros que tanto me fascinaban, pero ésta era una batalla de la que yo saldría ganadora una vez más, lo había hecho antes, no dudaría en hacerlo de nuevo.

Un buen día después de que desafiara de nueva cuenta una de las órdenes por mí dadas, le dije:

–Me esperas hasta tarde, necesito que revises una de las cámaras de congelación, ha estado fallando y hace días te lo reportaron.

Entonces con las palabras más respetuosas pero en el tono más detestable que pudo, me respondió:

–Disculpe que no pueda esperarla, pero tengo algunos asuntos pendientes que resolver que su papá me encargó, de cualquier modo mañana le llamo al técnico.¿Qué puedo hacer yo si no soy más que una contadora de la escuela local?

Tomé el tono irónico de su última oración como una clara provocación que yo no dejaría pasar fácilmente:

–¿Te pregunté si podías? A mí me sonó más a una orden que a una solicitud, ¿estamos?

Para entonces, su rostro desencajado y humillado debería haberme parecido bastante para dejarla ir, pero no era suficiente para mí, ¿cuándo podemos decir que ya lo es? Hacía meses me había propuesto que debería dar una última pero definitiva batalla. Bajamos hasta las cámaras, por la hora, ya nadie circulaba por los pasillos, entonces entramos y le mostré que el termómetro estaba descompuesto y la carne se estaba quemando por el exceso de frío, todo ahí era inferior a -25 ºC, respirar ese aire impregnado de un añejo olor a sangre congelada me repugnaba lo bastante para permanecer por mucho tiempo, pero se me antojaba delicioso para dejar a mi compañera ahí, aún más cuando se atrevió a decirme sin el menor aviso y tacto:

–No importa cuánto haga, yo voy a estar aquí y ninguna niña mimada me va a quitar el lugar por el que tanto me he esforzado.

Me reí en su cara, pero no evité tomarla por los cabellos, yo no era tan alta como ella, pero sí era lo bastante fuerte como para someterla con facilidad, las ventajas que me dejaba la larga práctica de marcar el ganado, la empujé tan duro como pude y cayó estrellando su cráneo contra el suelo, sentí la misma emoción que cuando miraba a los toros golpearse de frente, sólo había perdido el conocimiento por breves instantes, los necesarios para que yo saliera de la cámara y la dejara en el interior. Sabía que era imposible abrir la puerta desde dentro, esta barrera tenía una ventana al infierno, pude mirar desde una pequeña mirilla cómo ella pedía auxilio y suplicaba porque la dejara salir, me sorprendió mi capacidad para sentir piedad por la muerte de las bestias, pero me solazaba en el dolor de Xóchitl, una flor que se quemaba en una tumba fría, sabía que el aire helado se filtraba por sus pulmones y paralizaba su sangre, no tuve tiempo para arrepentirme. La dejé dentro sabiendo que cualquiera podría asumir que accidentalmente ella había quedado atrapada, esta vez ni el agua ni el hambre tendrían tiempo de hacer estragos, la falta de aire cálido haría su tarea. En alguna parte leí que “el mal no es sólo una realidad palpable: es una necesidad filosófica, una exigencia de la razón”. Entonces asumí que yo no estaba loca, que eran razonables mis motivos y por ende, no del todo injustificados.

Caminé tranquila, subí a mi auto y eché a andar a mi casa que estaba en los mismos terrenos del lugar. A la mañana siguiente me dieron la triste noticia del terrible accidente, la familia de ella la había reportado como desaparecida cuando no llegó puntual a casa como era su costumbre; fue hasta las primeras horas del día que uno de los trabajadores halló el cadáver de la ausente, ella seguramente había ido a revisar la cámara dañada y por descuido se le debió cerrar la puerta. Me sentía triunfadora, esperaba el entierro para presentarme con un bellísimo vestido negro, pero maldito es el destino que a veces no te deja salir victorioso dos veces en el mismo asunto, una estúpida pulsera muy exclusiva que me regaló mi madre después de un viaje a Italia fue la soplona de mi crimen, este pedazo de lujoso metal se había atorado en la melena hirsuta de la occisa y sus negros cabellos se habían quedado en los botones de las mangas de mi chamarra, todo esto condujo a la justicia hacia mí, la muerta se vengaba desde su tumba y dejaba a la luz que los monstruos no sólo viven entre nosotros, sino que, también, a veces nos habitan.

Teresa Navarro, (Estado de México, 20 de marzo de 1990). Estudió Letras Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s