El barbero de la Donceles

Barbería muro
Barbería muro

Por Lilum

En la vieja calle de Donceles, si eres atento, entre los húmedos edificios coloniales, pide auxilio una peluquería inmemorial que se hunde. Y, sin mover un sólo pelo grueso y retorcido que sale de su oreja, como rama de árbol, está Don Francis con su protuberante panza entre los postes de colores que giran. Está ahí, erguido, orgulloso de su casquete corto y pelirrojo, de su bigote hitleriano, grandote como un ogro con su blanca bata bien puesta acechando la larga cabellera de mi amigo August.

Cuando éramos pequeños Agustito y yo, todavía no íbamos a la primaria, siempre creíamos que aquellos postes eran caramelos gigantes de sabor mora azul, coco y fresa: pasábamos buen tiempo observándolos hasta hipnotizarnos y soñábamos con comerlos algún día. Pero desde que tengo memoria, Don Francis siempre me causó terror. La ocasión en que choqué con su enorme panza retumbé como un gong chino, me caí y sentada en el piso descubrí la realidad de su peluquería: gran variedad de instrumentos de tortura, pincillas oxidadas de punta redonda, de punta picuda, tijeras filosas, tubos de ensayo ordenados por tamaños, matraces como su panza colgando del techo y frascos con cabellos de todos los tamaños, formas y colores, además de ese olor a hospital viejo.

Indudablemente, algo oscuro ocultaba.

Un día en la escuela llegó Sebas al salón de clases sin sus hermosos cairelitos dorados, entonces advertimos el final de su encanto inocente para comenzar con los rudimentarios asuntos y roles de un niño. Pero nada es casualidad, las trillizas del tercero A cuchicheaban que Sebas había desobedecido a la instructora y pegado a una de ellas (eran tan iguales que nunca supimos a cuál exactamente) y que en días anteriores vieron a su madre regañarlo fuera del mercado. Pobre Sebas, desde luego intuí que fue víctima de Don Francis por portarse mal. Esa no es la única historia, también vimos a la niña que nunca hablaba llegar con su pelo en forma de honguito, después de que siempre iba trenzada a la escuela; cuentan que se infectó de piojos.

Así se corrió el rumor de que Don Francis era el carnicero de los cabellos infantiles si te portabas mal o no te bañabas, también que te pinchaba un poco por aquí y un poquito por allá con las tenacillas, que te sentaba en su silla y la subía muy alto para luego dejarla caer vertiginosamente. Se decía que al cortar el pelo, con sus antiguos instrumentos, robaba la infancia de cada niño que entraba a la peluquería y que la guardaba en sus matraces y tubos de ensayo.

Sebas ya nunca fue igual, con la cabeza pelona y el frío invernal solía apartarse y llorar en los baños; August y yo lo consolábamos y le dimos gorritos de lana que tejían nuestras abuelas. “¡Eureka! Iremos a la peluquería, entraremos por esas patas que se le abren a Don Francis por la panzota que tiene y asaltaremos el lugar ¡vamos a recuperar los pelos de Sebas!” dijo August el día en que se le ocurrió ese plan maestro porque nos alargaron el recreo. Llegó el día y el momento de la acción, nuestras mamás se fueron a la Merced y llegarían tan cargadas con las bolsas de mandado que mejor nos dejaron solos. Habíamos decidido que yo sería la primera en entrar y luego Agustito, y así fue: me colé entre las piernas del ogro y luego mi amigo, pero él no tuvo suerte, don Francis lo tomó por los cabellos y lo jaló hasta la banqueta de la peluquería. Por un instante se nubló mi vista ¡qué haría sin mi compañero! El gran zorro había sido capturado y mis piernas temblaban, ¡nada! Corrí por la escoba que estaba en el rincón y empecé a golpear los matraces del techo, como cuando le daba a la piñata. Aluciné que mis amigos me gritaban “dale dale dale no pierdas el tino”. Entonces vi cómo se desprendieron unos vapores mágicos de las botellas, eran de varios colores, púrpura, azul ultramar, verde olivo, pero todos con destellos brillantes, como polvos de hadas. Todo ese vapor etéreo se empezó a condensar y deshacer en líquido que corrió por el suelo entre los cristales rotos hasta formar una acuarela de matices, parecía un hermoso vitral, ¡pero pronto don Francis se dio cuenta! Y cuando vio correr los líquidos ¡ah qué horror! presencié como espectadora la escena más delirante de mi vida: comenzó a secarse como flor marchita y derretirse después como vela, mientras gritaba en un extraño idioma. Sólo quedó un charco grisáceo y la bata blanca que solía ponerse. August y yo corrimos de la peluquería hasta cansarnos, casi nos atropellan en Tacuba, pero logramos llegar hasta el mausoleo y nos detuvimos, nos miramos a los ojos, estaban desorbitados; respiramos y después de un tiempo prometimos no contar nada a nadie, ni a nuestras madres cuando regresaran del mercado. Esa noche cené chocolate y pan de yema, tranquilamente me fui a dormir para despertar de la pesadilla, al día siguiente, en la escuela, yo sabía que vería más contento a mi amigo Sebas.

Lilum (Ciudad de México, 1990)
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM
Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura
Escritora de cuentos y poemas desde pequeña, sus más grandes influencias, claramente, son Borges y Cortázar. Viajera por curiosidad y maga por naturaleza, extrae de todas sus vivencias alrededor del mundo la quintaesencia para configurar sus escritos.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Excelente,corta narrativa, transportable y tangible. Calidad amiga.

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