Nuevos proverbios del Infierno

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Diablo. Lotería.

Por Genaro Ruiz de Chávez O.

El Diablo y yo éramos buenos amigos. Sentía una profunda simpatía por él, por todo su trabajo realizado en los últimos siglos. Al parecer, él también me extendía su amistad de manera desinteresada.

Fumaba un cigarro detrás de otro y me aconsejaba con su voz de Tom Waits (voz de botas de cuero viejas, atropelladas por un tráiler en alguna carretera del desierto). Mientras esperábamos la salida del pesero, nos burlábamos del cacharpo que le daba discretos golpes a su hitter cargado de marihuana panteonera o nos enternecía el carnicero que seducía a las amas de casa ofreciéndoles pura punta de aguayón de la mera buena.

En la mesa del café, decía cosas impertinentes mientras clavaba sus ojos en las piernas de las meseras: «No seas cabrón» -comenzaba siempre sus enseñanzas. «Todos tenemos el derecho a cagarla, pero la obligación de limpiarnos», o «Patear enanos es una añeja tradición de la humanidad. Nunca te avergüences de ella como si fueras un puritano más». Reíamos, y él seguía tomando su frapuccino con leche deslactosada light mientras veía a la gente pasar.

A veces nos emborrachábamos, y en algún punto entre su séptimo y octavo gin n´ tonic comenzaba: «¡Dios mío! Ya me cansé. Que la maldad la haga otro pendejo que ya me cansé. No puedo más. Debería estar haciendo otra cosa…» Yo lo escuchaba y le decía que aguantara otros milenios más, a ver qué pasaba. Que no todo podía ser tan malo. Él se seguía quejando y continuaba tomando hasta que se emborrachaba tanto que yo debía acompañarlo a su casa. Así eran esos días en los que se pedían exorcismos como si fueran taxis.

El Diablo tenía sus momentos en los que la sabiduría le brotaba como una fuente, entonces decía cosas atinadas como: «Hay dos clases de gente joven emancipada: los que creen que la vida será como un episodio de Friends y los que hacen de ella un Trainspotting». Acto seguido íbamos a conectar algo para calmar nuestra sed licantropical. Visitábamos un par de tugurios, tugurios, tugurios hasta quedar bien tundidos; y luego nos disponíamos para ir a trabajar. Me han dicho muchas cosas en la vida; “lúcido” nunca ha sido una de ellas.

Así pues, éramos amigos el Diablo y yo, y aprendí bien sus cosas, hasta que un día le dije: «Diablo, ¡a la merga los pastores, se acabó la Navidad! Yo lo que quiero es tener familia, y una casa, y juntar dinero para pagar el enganche de un automóvil, y un perrito para pasearlo y tener que limpiar su boñiga, y darme de alta en el IMSS y hasta en Hacienda también. Eso es lo que quiero y no otra cosa».

En el acto, el Diablo se levantó de la mesa, puso su garra peluda sobre mi hombro y dijo: «Eres cínico pero conciliador. Genaro, eres de los míos. ¿Sabes? nos parecemos bastante»… y el hijo de puta se fue sin dejarme dinero para pagar su cuenta.

Desde ese día no he visto al Diablo, pero sospecho que en sus ojos azafranados aparece de vez en cuando una chispa de aceptación cuando me agacho para recoger la caca del perrito. A fin de cuentas, todavía nos guardamos mutua simpatía.
Genaro Ruiz de Chávez O. (Ciudad de México, 1984)

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