Clarice Lispector y el personaje gris

Por Jaime Tzompantzi Cruz

Cuando leí La hora de la estrella de la escritora brasileña Clarice Lispector, supe que estaba leyendo la novela que siempre quise que existiera. Es decir, la historia de un personaje que me parece que existe y ha sido invisible a los ojos de los artistas.
Sin embargo, exagero, no hay un grupo homogéneo en el que pueda abarcar a este “tipo” de persona (me ha dado por llamarlo “tipo”, ¡qué injusto soy!), se trata más bien de una serie de características que al adquirirlas repelen a las personas de un posible protagonismo en todos los ámbitos, ficticio o real.

Porque es evidente ¿no?, para que queramos ser amigos de alguien, dicha persona debe tener algo atractivo para nosotros implícito en su descripción. Incluso para el odio, necesitamos algo que odiar, algo que sea imposible no notar. Habiendo tantas personas en nuestras escuelas o en nuestros trabajos, son sólo algunos los que roban nuestra atención y sólo sobre algunos nos ponemos a pensar. Los divertidos, los elocuentes, los misteriosos.
Cuando leemos, también nos gusta hacerlo sobre personas interesantes: asesinos o intelectuales atormentados, hombres o niños lanzados a la aventura; sobre detectives, marineros, yonquis, divas, espías, poetas, fantasmas, elegidos; acciones en potencia; monólogos internos; sobre algo decididamente vivo.

En La hora de la estrella no hay nada de eso. El personaje es una chica fea, “aburrida” y sin nada qué decir. Es la historia de “una miseria anónima”, de una persona que ni siquiera sabe que no es feliz, porque nunca se lo ha preguntado. Se llama Macabea y viene del norte de Brasil a Río de Janeiro para trabajar como secretaria en una oficina, puesto que obtiene por influencia de su tía y que logra conservar casi sólo por lástima. La narración no la hace ella, eso sería imposible. El narrador es un escritor de nombre Rodrigo S. M., quien se muestra obsesionado por la muchacha y siente una especie de responsabilidad por contar su historia:

“Como la norestina, hay millares de muchachas diseminadas por chabolas, sin cama, ni cuarto, trabajando detrás de mostradores hasta la estafa. Ni siquiera ven que son fácilmente sustituibles y que tanto podrían existir como no. Pocas se quejan y, que yo sepa, ninguna reclama porque no sabe a quién. ¿Ese quién existirá?”*

Por lo que hasta ahora se ha dicho, parece que estamos ante una obra completamente deprimente. No es así, Clarice Lispector pone en la voz de su narrador una serie de observaciones que hacen de las sencillísimas vivencias de su personaje un asunto hilarante y divertido por lo absurdo y hasta tierno de su parquedad. Macabea también tiene placeres pequeños, casi invisibles, pero que, a pesar de todo, son los minúsculos hilos que la atan a la vida y no le permiten rozar ni por un momento la idea del suicidio.

Incluso cuando posee estos micro-rituales de felicidad, el absurdo y el rostro de la vida como amenaza aparecen en algún momento y será una última y ridícula esperanza la que le impedirá a Macabea existir hasta el fin con la resignación gris con la que hasta entonces había vivido. Una novela que resulta irónicamente divertida, se vuelca hacia el final en una serie de imágenes y reflexiones perturbadoras.

Éste fue el último libro que escribiría Clarice Lispector antes de morir víctima de un cáncer de ovario a la edad de 56 años. Tiene 11 títulos además del que aparece en la portada, son los siguientes: La culpa es mía, Que ella se apañe, El derecho al grito, En cuanto al futuro, Lamento de un blue, Ella no sabe gritar, Una sensación de pérdida, Silbido en el viento oscuro, Yo no puedo hacer nada, Registro de los hechos precedentes, Historia lacrimógena de cordel y Salida discreta por la puerta del fondo. Seguramente, una lectura bajo cada uno de los títulos dará por resultado una nueva significación.

De La hora de la estrella podrían discutirse muchas cosas, podría hablarse sobre la perspectiva que Lispector deja ver en su obra acerca de la etnicidad, de la pobreza, de la otredad o de la feminidad; podría reflexionarse acerca de todas los comentarios que meditan sobre el acto de escribir, sobre la imposibilidad para escribir legítimamente lo que uno quiere y siente. Sin embargo, sobre lo que quiero llamar la atención en este artículo, es en el cuidado que Lispector da a un tipo de carácter que puede parecernos de facto eliminado de la literatura. Para mí ha sido uno de los personajes más entrañables y originales sobre los que he podido leer, y, la novela en general, me ha parecido una verdadera lección de sensibilidad de esta genial escritora brasileña.

*Clarice Lispector. La hora de la estrella. Madrid. Siruela. 2012. pp. 15-16.

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Jaime Tzompantzi Cruz, (México, D.F., 1994). Estudia la Licenciatura en Lengua y literaturas hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Twitter: @Paul_Herz
Correo electrónico: horrocrux256@hotmail.com

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