Centro Cultural Olympia

Centro Cultural Olympia
Imagen: Facebook

Por Israel Sandoval

Una iluminación inusual se filtra a través de las cortinas improvisadas con materiales para pintar que no alcanzan a cubrir los ventanales completos. A pesar de lo precario de la situación (estamos acostados sobre la cama superior de una litera con camas de una sola plaza) el lugar resulta cómodo, acogedor, gracias a la limpieza de la habitación que acabamos de reestrenar, a las decoraciones hechas a mano por talentosos artistas formados en este mismo edificio y al color blanco general de las paredes, las sábanas, las almohadas y los ventanales. El reloj marca las 7:43, es domingo y vamos despertando de una noche de sábado que no planeamos pasar en Cuernavaca. Alejandra y yo decidimos que es conveniente dormir más; una alarma a las 9:00 nos despertará. Nuestro autobús hacia la Ciudad de México sale al medio día. Tendremos el tiempo justo para tomar un baño juntos con agua apenas tibia en las regaderas aún no acondicionadas –donde se podrían asear sin problema unas diez personas al mismo tiempo, o con el sólo problema del pudor, pues no existen las divisiones que separarán una regadera de la otra–, de despedirnos de los dueños del hostal y desayunar en la fonda que está en la siguiente esquina antes de emprender el regreso.

Ayer llegamos a Cuerna con ánimos de turistear durante el día para después dirigirnos hacia el Centro Cultural Olympia a la presentación del más reciente número de la gaceta Río Arriba. Contábamos con aproximadas cinco horas para “sabadear” alejados del mal clima del Distrito Federal. Además de un buffet en el que comimos hasta el hartazgo, hemos visitado decenas de locales en los que se venden artesanías, algunas de ellas muy interesantes y con un gran valor estético, otras tantas producidas en serie y con un valor apenas reconocible, que llegan más a lo grotesco que a lo sensual. En algún momento se volvió inevitable la comparación: el centro de Cuernavaca no ofrece al chilango mucho más que una combinación del centro de Coyoacán hace algunos años y del centro de la Ciudad de México, condensando Zócalo, zona de bares de Regina-San Jerónimo y Garibaldi al mismo tiempo.

Cerca de las 16:30 nos acercamos a la calle Motolinía, tentamos el terreno con anticipación. Por fuera, el recinto tiene la pinta de una casa transformada en centro cultural, únicamente algunas lonas impresas y los colores llamativos con los que está pintada la fachada nos indicaron que ese era el sitio. Un poco de indiferencia e incluso decepción se instalaron en mi persona. “Definitivamente esperaba encontrarme con un lugar distinto”, pasaba por mi mente en ese momento, todavía no sabía que me equivocaba al juzgarlo con tal prontitud. Todavía faltaban dos horas y media para el evento, era tiempo de seguir recorriendo las laberínticas calles de la colonia centro, hasta encontrar una nevería donde poder saciar nuestra sed y nuestro antojo más que del helado, del hielo bajando por la boca, por la garganta y despertándonos del letargo de la tarde y de la digestión…

18:55. Decidimos entrar. Nada fuera de lo normal. Un salón de eventos preparado para la ocasión. Mesas redondas, manteles, un escenario, y un tablón sobre el que ya se encuentran instalados los ejemplares de Río Arriba al lado de las botellas de tinto listas para el brindis. Ahí nos espera un excelente evento cultural, rodeados de grandes artistas y actores culturales de Morelos. Un evento rematado por la música de Alejando Nájera y de las extraordinarias Galletas de Mr. Esqueleto, recién llegadas de su presentación en Guanajuato dentro del marco del Cervantino.  Nada más allá de lo normal y lo visible, fuera de la diferencia que implica realizar un evento de esta naturaleza alejados del Distrito Federal, lejos de las costumbres de la comunidad artística capitalina, de sus modismos y limitaciones. ¿Nada más allá del inesperado impacto? Bueno, hay que aceptarlo, todo fue un poco más allá de lo normal y esperado. La diferencia de sentir ser comunidad artística en un lugar como Cuernavaca a serlo en la capital es enorme y muy gratificante. Porque no se trata de una afortunada casualidad o de la buena suerte y buena disposición por un día. En Cuernavaca pasan cosas, cosas distintas y muy refrescantes, el arte independiente lucha por sobrevivir de una manera diferente, realmente sin dependencia y en comunidad.

Casi termina la presentación de Río Arriba, el ambiente se inunda de sentimientos revolucionados por la música y experiencias estéticas inesperadas; las Galletas de Mr. Esqueleto nos llevan a nadar entre los sonidos del clarinete, las guitarra y el bajo. Claudio Vázquez, editor de Río Arriba, me ha llamado fuera a la plática con Sergio Osorio, director, y Patricia Vázquez del Centro Cultural Olympia. La razón, proponerme ser uno de los primeros inquilinos del hostal que forma parte del recinto. Después de un apresurado y exitoso viaje a la terminal de autobuses para cambiar los boletos de vuelta por unos para el día siguiente, decido, junto con Alejandra, pasar la noche en Cuernavaca. Las Galletas terminan con su música. Se subasta una ilustración de la autoría de Juan Machín donada por el artista para la causa de la gaceta, la misma ilustración sin título que aparece en la portada que se acaba de presentar. Es tiempo de hacer relaciones públicas para después salir a recorrer el centro con el equipo de Río Arriba y sus acompañantes. Nuestro destino es un restaurante en el que todos menos Alejandra y yo, aún hartos del buffet, comerán cecina, llegaremos a él tras haber acompañado a Sergio a instalarse con su esposa en el hotel Bajo el volcán, exhogar de Malcom Lowry…

La noche es tranquila, el clima un poco menos que delicioso. Son cerca de las 00:30 del domingo. Acabamos de regresar al Olympia. Ya todo está oscuro y tranquilo. Sólo quedamos yo y Alejandra. Nos dirigimos a la habitación donde dormiremos esta noche. Siguen llamando mi atención, aun a estas horas, los cuadros distribuidos por todas las habitaciones. Me pregunto acerca de lo que se necesita para mantener un lugar como este. Rafael Degar y Patricia Vázquez lo han dejado todo. Incluso ocupan la planta superior del lugar como vivienda, puesto que le han sacrificado la renta del espacio propio a este fabuloso monstruo, casi mitológico, que cuenta con un auditorio enorme donde se puede tanto proyectar cine o montar teatro, entre muchas otras posibilidades; con los espacios para habitación, los espacios para talleres, el salón para eventos y un patio de tamaño considerable. Todo eso lo mantienen con trabajo y, sobre todo, voluntad. Eso me resulta poco menos que imposible en la escena del arte contemporáneo mexicano. Si mis ojos no estuvieran viendo en este momento los cuadros sobre el fondo blanco de los muros, me parecería un proyecto fantasioso.

El edificio tiene historia. Abrazo a Alejandra para combatir su miedo a fantasmas y otros fenómenos paranormales. Espacios como este se construyen de dos maneras: Una sobre los cimientos físicos y otra sobre los narrativos, cada historia es un ladrillo. El Centro Cultural Olympia es tan enorme en un sentido como en el otro. Por la noche nos han platicado sus principales vidas pasadas. Comenzó como auditorio del sindicato de textileros del estado de Morelos y, alrededor de la mitad del siglo pasado, se consolidó como un centro de cultura: el cine Olympia. Después de eso, no fue más que un lugar en abandono anunciado en la parte de clasificados del periódico para su renta.

Al rescatarlo y dotarlo de nueva vida, Patricia y Rafael han tenido que realizar una limpieza profunda. Los muros blancos, la tranquilidad del lugar, una sensación general de calidez, acogimiento y comodidad, fueron construidos por la narrativa alrededor del la cultura que han desarrollado en el Olympia. Incluso un ritual de limpia espiritual se permitieron realizar para el recinto completo, ayudados de copal y ciertos mágicos métodos que en este momento no recuerdo muy bien y que, sin embargo, me gustaría detallar profundamente. Pero no puedo. Aun así, esa es mi principal arma para tranquilizar a Alejandra mientras caminamos por estos pasillos. Tampoco quiero tranquilizarla demasiado, así seguirá muy cerca de mí hasta encontrar la cama nueva de una plaza que nos espera al final del pasillo. Afortunadamente entre nuestro equipaje, que consiste en prácticamente nada, tenemos nuestros cepillos dentales, los aprovechamos y nos dirigimos a la habitación intentando ser silenciosos, ebrios de arte, de Cuernavaca y del contacto de su cuerpo con el mío.

Después de un fallido intento de ocupar la cama inferior subimos las escaleras. El día ha terminado. Estamos a una palabra de distancia. Entre las sábanas desnudas y vírgenes espera mis caricias. Su piel es tan lienzo como los muros. Mis manos son ideas que intentan plasmarse en ella, como se plasma la historia en la memoria del recinto. La inestabilidad de la cama es emocionante, pero demasiado peligrosa. Frente a la litera hay una silla, me incorporo, salto al suelo y la llevo cargando hasta ella. Es lúbrica, como el clima general de Cuernavaca. La noche es lúbrica como ella y como mi piel líquida de la excitación del día. Nos esperan espasmos caóticos e irreales, como los colores de los murales en el auditorio y en las habitaciones. Dos citronelas colocadas a los lados de la litera por Patricia para ahuyentar los mosquitos de la habitación aromatizan nuestra noche. Nuestras sombras se proyectan como nuevas obras en plena ejecución sobre el suelo. Una iluminación inusual se filtra a través de las cortinas improvisadas con materiales para pintar que no alcanzan a cubrir los ventanales completos…

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Blankis Ortiz dice:

    Ea el lugar más hermoso que conozco, es mi infancia resumida en un solo lugar

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